Ya no hay eufemismos que valgan. Lo que está ocurriendo en Honduras no es una crisis política, no es un “vacío legal”, no es una “disputa de interpretaciones”. Es algo mucho más grave y mucho más claro: Luis Redondo se aferra al poder y está dispuesto a arrastrar al Congreso Nacional con tal de no soltarlo.

A doce días de dejar legalmente la presidencia del Legislativo, Redondo actúa como quien sabe que perdió… y no lo acepta. Busca atajos, inventa mecanismos, convoca sesiones paralelas, bloquea el acceso al hemiciclo y pretende convertir la Comisión Permanente en un poder absoluto. No gobierna: ocupa.
La elección ya terminó. El Consejo Nacional Electoral, único órgano constitucional con esa atribución, declaró resultados. El país votó. La comunidad internacional observó. La historia quedó escrita. Pero Redondo decidió que si las urnas no le sirven, entonces no valen.
El libreto es burdo y peligroso. Primero se deslegitima al CNE. Luego se amenaza a sus consejeras. Después se intenta que el Congreso haga conteos que no le corresponden. Se fabrican informes sin efecto jurídico y se leen como si fueran sentencias.
Finalmente, se controla el edificio y se impide la entrada de diputados electos. Eso no es política: es fuerza bruta envuelta en discurso revolucionario.
Y no lo dicen solo los “opositores”. Lo dicen abogados constitucionalistas, lo dicen gremios, lo dicen diputados del propio oficialismo. Cuando Rasel Tomé le grita “pará ya”, cuando el Colegio de Abogados habla de intromisión sistemática, cuando expertos llaman esto secuestro institucional, el problema ya no es ideológico: es democrático.

Libre llegó al poder denunciando golpes de Estado. Hoy, algunos de sus dirigentes juegan peligrosamente con el mismo manual que decían repudiar. No se defiende la democracia impidiendo el ingreso de diputados. No se protege la soberanía popular anulando la voluntad del pueblo. No se respeta la ley violándola.
El argumento del “voto por voto” es una farsa cuando aparece solo después de perder y fuera de los plazos legales. Es la excusa del derrotado que cree que el poder es hereditario o eterno. Honduras no es una finca política ni el Congreso un cuartel.
Lo más grave es el precedente. Si hoy se permite que un presidente del Congreso en retirada secuestré el Poder Legislativo, mañana cualquiera podrá desconocer elecciones, bloquear instituciones y gobernar a golpes de decreto y candado.
Redondo aún tiene una última oportunidad: salir con dignidad.
Preparar la transición, entregar archivos, respetar fechas, aceptar la derrota y permitir que el país avance. Si no lo hace, su nombre quedará asociado no a la lucha democrática, sino al intento desesperado de perpetuarse cuando ya había perdido todo respaldo.
La democracia no se negocia.
La Constitución no se manosea.
Y el poder, cuando se acaba, se entrega… no se secuestra.

