A las 9:00 de la mañana, en el hemiciclo del Congreso Nacional de Honduras, comenzó formalmente la toma de posesión del presidente electo Nasry Juan Asfura Zablah, un acto que inauguró su mandato para el período 2026–2030 y que se distinguió por la sobriedad y el énfasis institucional.

El maestro de ceremonias, Nahum Valladares Valladares, dio la bienvenida a los invitados y anunció el ingreso de los caballeros cadetes, mientras la Bandera Nacional era portada por alumnos de la Escuela Francisco Morazán, acompañada de los honores de ordenanza. La escena marcó el tono de una ceremonia que privilegió el simbolismo republicano por encima del despliegue protocolario.
La ceremonia incluyó una oración a cargo del pastor Gerardo Irías, presidente de la Confraternidad Evangélica de Honduras, y del sacerdote Carlo Magno, representante de la Iglesia Católica. Irías invocó bendiciones para el país, el presidente, su gabinete y el Congreso, subrayando que “nos debemos a Dios”.
Magno, por su parte, pidió sabiduría para que las autoridades actúen en favor del país y no de intereses partidarios, cerrando con un Padre Nuestro.
Tras la oración, la Banda de los Supremos Poderes interpretó el Himno Nacional, un momento que reforzó la solemnidad del acto y el llamado a la unidad cívica.
A las 9:22 de la mañana, el presidente del Congreso, Tomás Zambrano, tomó la promesa de ley al nuevo mandatario. Al concluir el juramento, Asfura pronunció la frase “Honduras, para servirte estamos” y recibió la banda presidencial, emblema de la autoridad constitucional y los valores de la República.
En simultáneo, desde el Cerro Juana Laínez, se escucharon 21 cañonazos en saludo a la asunción presidencial, un gesto tradicional que marcó el relevo del poder Ejecutivo.
Posteriormente, fueron juramentados los designados presidencialesMaría Antonieta Mejía, Carlos Flores y Diana Herrera Portillo, completando el cuadro institucional del nuevo gobierno.
Más allá del ritual, la ceremonia envió señales políticas claras: austeridad, centralidad del Congreso como escenario de legitimidad y un discurso que apela a la responsabilidad y el servicio en un contexto de mandato estrecho y expectativas altas. Con ello, la administración Asfura inicia su gestión bajo el escrutinio de un país que demanda resultados tempranos y consensos duraderos.



