Olanchito, Yoro. — Restos de enormes montículos de tierra que hasta hace algunos años existían entre la colonia Rosa Luque y el sector de Las Jaguas podrían constituir uno de los pocos vestigios físicos de una de las historias menos documentadas —pero más debatidas— del pasado local: la presencia de los llamados “Negros de Argolla” en el Valle del Aguán alrededor del siglo XVII.

De acuerdo con investigaciones sustentadas y defendidas por escritores e intelectuales olanchitos como el Dr. Juan Fernando Ávila (QDDG) y el profesor Favio Bernardino Cárcamo, esta comunidad de afrodescendientes habría llegado a asentarse entre las márgenes de los ríos Aguán y Uchapa tras huir de los sistemas de esclavitud impuestos en Trujillo, donde eran obligados a cumplir trabajos agrícolas forzados luego de haber sido traídos desde las costas occidentales de África durante el auge del comercio esclavista en América.
Según la tradición oral recogida por historiadores empíricos, el asentamiento pudo haberse producido hacia el año 1600, pocos años después del ingreso documentado de aproximadamente 300 esclavos negros a puertos hondureños, quienes posteriormente fueron distribuidos en ciudades como Comayagua, Gracias, San Pedro y Trujillo.
Aquellos que lograron escapar del sometimiento colonial habrían encontrado en las planicies del Aguán un espacio de aislamiento deliberado donde sobrevivir y reconstruir su vida lejos del dominio esclavista.
La sociedad colonial de la época habría denominado como el “Barrio de los Negros” al sector donde residían, distinguiéndolos por el uso de argollas metálicas que pendían de la nariz o eran fijadas a los tobillos como mecanismo de castigo ante intentos de fuga.

Esta práctica dio origen a la antigua leyenda local que con el tiempo identificaría a este grupo como los “Negros de Argolla de Olanchito”.
Con el paso de los siglos, los montículos de tierra sobre los cuales habrían construido sus champas —y que algunos habitantes asociaban con antiguas tumbas— fueron desapareciendo gradualmente debido al crecimiento urbano.
Sin embargo, investigadores como Cárcamo sostienen que la presencia de esta etnia no solo dejó huellas en el paisaje, sino también en los rasgos físicos que aún se observan entre pobladores de Olanchito, como parte del mestizaje que define la identidad cultural del municipio.

Aunque persisten vacíos en el estudio científico de esta narrativa, su permanencia en la memoria colectiva plantea nuevas interrogantes sobre el origen de ciertas expresiones culturales, sociales e incluso rítmicas presentes en la región, cuya raíz podría vincularse con estos primeros asentamientos afrodescendientes en el corazón del Valle del Aguán.
Como parte de este legado transmitido a lo largo de generaciones, diversos estudiosos locales sostienen que no resulta inusual observar entre los olanchitanos nativos ciertos rasgos físicos que podrían asociarse a ese antiguo mestizaje, tales como el cabello rizado o “muzuco”, la piel trigueña y facciones como la nariz ancha, entre otros elementos fenotípicos que algunos investigadores vinculan con posibles aportes de origen africano en la conformación étnica de la población del Valle del Aguán.


