Bajo la superficie aparentemente tranquila del Caribe hondureño, donde los arrecifes de coral conviven con manglares, pastos marinos y fondos arenosos, una invasión silenciosa avanza sin hacer ruido. No llega con tormentas ni marejadas, sino con aletas venenosas y un apetito insaciable que altera el delicado equilibrio de la vida marina.

Se trata del pez león, una especie exótica originaria del Indo-Pacífico que, tras décadas de expansión en el Atlántico, ha colonizado las aguas de Honduras desde las Islas de la Bahía hasta las costas de Tela, La Ceiba y Trujillo, obligando a científicos y autoridades ambientales a emprender jornadas de caza controlada como medida urgente para proteger la biodiversidad de los ecosistemas marinos del Caribe.
El pez león (Pterois volitans), originario de los arrecifes del Indo-Pacífico, fue detectado por primera vez en el Atlántico occidental a finales de la década de 1980, luego de ser introducido accidentalmente a través del comercio de acuarios marinos. Desde entonces, su expansión ha sido rápida y sostenida, colonizando ecosistemas marinos desde Estados Unidos hasta Sudamérica, incluyendo las costas de Honduras.
Investigaciones científicas han demostrado que esta especie posee una capacidad reproductiva excepcional, liberando hasta dos millones de huevos al año, lo que, sumado a la ausencia de depredadores naturales en el Caribe, ha permitido su proliferación en hábitats sensibles como los arrecifes de Utila, Roatán, Guanaja y sectores costeros del Atlántico hondureño como la Bahía de Tela.

El impacto ecológico es grande. El pez león es un depredador voraz que se alimenta principalmente de peces juveniles y crustáceos, incluyendo especies herbívoras que cumplen funciones clave en el mantenimiento del equilibrio del arrecife.
Al reducir las poblaciones de estos organismos, se favorece el crecimiento excesivo de algas que compiten con los corales por espacio y luz, debilitando la estructura del ecosistema y reduciendo su capacidad de recuperación frente a fenómenos como el calentamiento del océano o la acidificación marina.
Además, su presencia altera las cadenas tróficas y afecta directamente la biodiversidad marina, con implicaciones que van más allá del ámbito ambiental, impactando también actividades económicas como la pesca artesanal y el turismo de buceo.

Por ello, las jornadas de caza controlada que se realizan periódicamente en aguas del Caribe hondureño forman parte de un enfoque de manejo basado en evidencia científica que busca disminuir la densidad poblacional del pez león en zonas críticas.
Estas intervenciones permiten reducir la presión sobre especies nativas y contribuir a la resiliencia de los arrecifes coralinos.
Autoridades ambientales y organizaciones de conservación han reiterado que la participación de la población en estas actividades representa una herramienta clave para mitigar los efectos de esta invasión biológica que, sin control, podría comprometer la estabilidad ecológica de los sistemas marinos del Caribe hondureño.

Aunque el pez león suele asociarse a arrecifes coralinos, estudios marinos han confirmado que esta especie invasora puede habitar una amplia variedad de ecosistemas en el Caribe hondureño, incluyendo zonas costeras como La Ceiba y Trujillo, donde el desarrollo coralino es limitado.
Su alta capacidad de adaptación le permite establecerse en:
• Praderas de pastos marinos
• Manglares
• Estuarios
• Fondos arenosos o rocosos
• Áreas portuarias
• Ambientes de baja salinidad
Esta flexibilidad ecológica amplía su impacto sobre peces juveniles y crustáceos de interés pesquero, incluso fuera de los arrecifes, afectando directamente la biodiversidad y el equilibrio de las cadenas alimenticias marinas.
A diferencia de otras especies, el pez león puede sobrevivir en profundidades superiores a los 100 metros y reproducirse durante todo el año, lo que facilita su rápida expansión en prácticamente cualquier ecosistema marino del Caribe.


