El largo invierno político de Irán

Opiniones

En 1979, millones de iraníes salieron a las calles convencidos de que estaban poniendo fin a una era de represión. El régimen del Sha Mohammad Reza Pahlavi, sostenido durante décadas por un aparato de seguridad temido y por el respaldo de potencias occidentales, se derrumbaba ante una revolución que prometía justicia social, soberanía y dignidad nacional.

Pero en medio del colapso del viejo orden, otra estructura de poder —menos visible, pero profundamente organizada— emergía desde las mezquitas, los seminarios religiosos y las redes clericales. A la cabeza estaba el ayatolá Ruhollah Khomeini, quien regresó del exilio para liderar lo que pronto dejaría de ser una revolución plural y se convertiría en una teocracia.

La promesa de libertad fue rápidamente sustituida por un nuevo modelo de autoridad: el velayat-e faqih, o “gobierno del jurista islámico”. Bajo esta doctrina, el poder supremo no recaería en el voto popular sino en la interpretación religiosa de un líder supremo.

El Estado iraní pasó de una monarquía autoritaria a una república islámica con rasgos igualmente restrictivos, donde el pluralismo político fue progresivamente sofocado.

Las mujeres —que habían participado activamente en las protestas contra el Sha— enfrentaron nuevas limitaciones legales y sociales: desde códigos de vestimenta obligatorios hasta restricciones en ámbitos laborales y judiciales. La revolución que prometía emancipación terminó redefiniendo el rol femenino bajo parámetros estrictamente religiosos, con consecuencias duraderas en la vida pública iraní.

Apenas un año después del triunfo revolucionario, Irán se vio envuelto en un conflicto devastador con el régimen de Saddam Hussein en Irak. La guerra Irán-Irak (1980–1988) no solo cobró cientos de miles de vidas, sino que sirvió para cohesionar al nuevo liderazgo clerical.

En nombre de la defensa nacional, el Estado fortaleció su aparato de seguridad, silenció disidencias internas y consolidó instituciones como la Guardia Revolucionaria.

En ese clima de amenaza externa, el discurso de autosuficiencia estratégica ganó terreno. La idea de desarrollar capacidades nucleares —iniciada décadas atrás bajo el propio Sha con fines civiles— adquirió nuevas dimensiones geopolíticas.

Desde inicios de los años 2000, Estados Unidos y sus aliados han intentado persuadir a Teherán para limitar su programa nuclear mediante sanciones, incentivos económicos y acuerdos multilaterales. El más significativo fue el Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA), firmado en 2015 tras años de negociaciones entre Irán y el llamado P5+1.

El acuerdo contemplaba alivio de sanciones a cambio de restricciones verificables al enriquecimiento de uranio. Sin embargo, la desconfianza mutua, cambios de administración en Washington y disputas sobre el cumplimiento de los términos han erosionado sus efectos.

Transferencias financieras, mecanismos de supervisión internacional y rondas sucesivas de diálogo no han logrado disipar las sospechas sobre las ambiciones nucleares de la república islámica.

Cuarenta y cinco años después, Irán sigue siendo un Estado marcado por la paradoja: nació de una revuelta contra el autoritarismo, pero consolidó un sistema donde la autoridad religiosa delimita la vida política y social. La tensión entre soberanía, seguridad y derechos individuales continúa definiendo su relación con el mundo —y, sobre todo, con su propia ciudadanía.