Olanchito, Yoro — Los tolupanes, conocidos también como jicaques o tolpanes, protagonizaron una de las resistencias indígenas más tenaces contra los conquistadores españoles en el siglo XVI hondureño, pagando con esclavitud, desplazamientos masivos y un declive poblacional drástico su oposición inicial.

Bajo el liderazgo del cacique Cicumba, combatieron a Pedro de Alvarado en 1536 en los valles de Sula y Ulúa, pero fueron derrotados, capturados y muchos perecieron de hambre o en el tráfico esclavista hacia el Caribe.
Esta etnia precolombina, originaria de la costa atlántica desde Trujillo hasta Sulaco, defendía territorios ricos en recursos frente a la expansión colonial que buscaba mano de obra para minas y haciendas. Tras su subyugación, epidemias y trabajos forzados los empujaron a refugiarse en montañas remotas de Yoro, Olancho y Atlántida —como la Montaña de la Flor en 1609—, donde sobrevivieron como nómadas cazadores-recolectores, cultivando yuca y comerciando maíz y cochinilla.

Los tolupanes mantenían una vestimenta sencilla adaptada a su entorno selvático y montañoso, confeccionada con fibras vegetales como maguey y algodón silvestre. Los hombres usaban taparrabos o calzones cortos de algodón teñido con tintes naturales, complementados con collares de semillas y plumas de aves; las mujeres portaban faldas largas hasta los tobillos, blusas sin mangas y mantas para cargar niños, adornadas con conchas y piedras pulidas.
En ceremonias, ambos géneros lucían tocados emplumados y pinturas corporales de arcilla roja o negra, simbolizando conexiones espirituales con la naturaleza.

Económicamente, se dedicaban a la caza y recolección como base de subsistencia, atrapando monos, venados y aves con arcos, flechas envenenadas y trampas; recolectaban miel, frutas silvestres y larvas.
Complementaban con rozas temporales para cultivar yuca, maíz, frijol y chiles en claros montañosos, usando técnicas de quema controlada.
En la colonia, intercambiaban estos productos por sal, machetes y textiles con mestizos, aunque la esclavitud los forzó a trabajos en minas de plata y ganadería.

Respecto a prácticas médicas o “cirugía”, los tolupanes poseían un conocimiento sofisticado de herbolaria transmitido por chamanes (llamados “ixchel” o curanderos), utilizando más de 200 plantas para tratar fiebres, heridas y dolores con infusiones de corteza de cedro, hojas de guaco y raíces de copalchí.
Realizaban intervenciones rudimentarias como trepanaciones craneales con obsidianas afiladas para aliviar presión por golpes (con tasas de supervivencia notables del 80%, según restos arqueológicos), sangrías con ventosas de cuerno y reducción de fracturas con férulas de madera. El rito incluía cantos invocando espíritus ancestrales para guiar el procedimiento.
Su medicina integraba lo físico y espiritual: para epidemias coloniales como viruela, aplicaban cataplasmas de tabaco y aislamiento ritual, mientras que partos se asistían con parteras expertas en masajes abdominales y baños de vapor herbal.
Esta tradición persiste en comunidades modernas, fusionada con medicina occidental, y ha sido estudiada por etnobotánicos por su efectividad contra infecciones tropicales.

En el siglo XIX, el misionero Manuel de Jesús Subirana intervino en 1862-1864 para obtener títulos de tierras compartidos con los pech, atenuando su exterminio ante presiones ganaderas. Hoy, unos 20.000 tolupanes persisten en 28 comunidades, preservando tradiciones pese a amenazas modernas.
Historiadores como Linda Newson destacan su rol en crónicas coloniales, subrayando cómo su huida montañosa preservó su identidad cultural frente al colapso de otros grupos indígenas en Honduras.

