Un almuerzo, una platica: “Olanchito”

Opiniones

Hay imágenes que no buscan titulares, pero terminan diciendo más que cualquier discurso. No nacen en los salones oficiales ni en los actos públicos, sino en espacios íntimos: una casa, una mesa servida, una conversación sin prisa. Hoy llegó a mis manos una de esas imágenes. Dos hombres almorzando. Dos hijos de Olanchito sentados frente a frente: Juan Carlos Molina y Juan Ramón Martínez y su especial esposa.

La escena es sencilla, pero llena de simbolismos. No hay micrófonos, no hay cámaras oficiales, no hay protocolos. Solo un almuerzo servido, una platica  y el peso invisible de una ciudad que, sin estar presente, parece sentarse con ellos.

Recuerdo cuando Juan Ramón me habló porbtelefono en una ocasion, con esa serenidad que solo dan los años, la experiencia y el deseo de aportar a Olanchito en materia cultural. No hablaba desde la crítica ni desde la nostalgia vacía, sino desde una convicción: que la cultura también construye ciudad, que la identidad necesita manos que la sostengan y que elnestaba dispuesto a tocar puertas para aportar en algo a la cultura de Olanchito.

Sabía, además, que del otro lado había un hombre con capacidad de gestión, con vínculos, con poder político. Y entendía que, en esa convergencia, podía nacer algo importante.

Porque a veces el desarrollo no empieza en un despacho, sino en una platica honesta.

Ese día, Nora —o Norita, como la llaman con cariño— hizo lo que tantas mujeres en nuestros pueblos han hecho durante generaciones: preparar una mesa, un almuerzo no un “almuerzo politico” como diría el extinto Armando Cárcamo, si no un “Almuerzo Cultural” de esos que abren puertas.

Su hogar, impecable como siempre, se convirtió en una imagen de algo más grande que un almuerzo. Cada detalle hablaba de respeto, de hospitalidad, de esa forma tan nuestra de decir “hagamos algo por el pueblo”.

Y sobre la mesa, como un símbolo silencioso pero poderoso, estaban los “guineos” de Olanchito. No como adorno, sino como una narrativa de esas de las que estamos acostumbradosa escuchar de Juan Ramon: somos tierra fértil, somos tierra bananera, somos historia viva. Cultivados en nuestros campos, con las manos de nuestra gente. Asi como se cultivan también las relaciones que realmente importan.

El alcalde, hoy también presidente de AMHON, no solo compartía un almuerzo. Compartía tiempo. Y el tiempo, en la política, es quizás el recurso más escaso y más valioso. Juan Ramón, por su parte, no esperaba en su hogar con reclamos, sino con ideas. Con ese tipo de propuestas que no buscan figurar, sino permanecer en la historia.

Lo que ocurrió en esa mesa puede parecer pequeño. Pero los pueblos no se transforman únicamente con grandes reuniones. Se transforman cuando quienes pueden hacer algo, deciden encontrarse ahi en un hogar cálido y lleno de amor por su pueblo.

Cuando el poder escucha. Cuando la experiencia propone. Cuando la confianza se sirve, como el café, sin prisa genera grandes propuestas y sueños…

Quizás, dentro de algunos años, nadie recuerde el menú de aquel almuerzo. Pero tal vez sí recordemos —si somos capaces de verlo desde hoy— que en una casa de Tegucigalpa, entre risas, recuerdos y un rico almuerzo hecho en casa, comenzó a gestarse una alianza distinta. Una que no nació del cálculo político, sino del amor por una ciudad.

Y eso, en tiempos donde todo parece inmediato y superficial, ya es profundamente esperanzador.

Juan Ramón Martinez me recordó a aquel hijo de Olanchito que un dia siendo un cipote salio del pueblo dispuesto a salir adelante, pero tambien con el deseo de jamás olvidarse de su tierra y hoy en ese espacio que la vida propicio espero en nombre de la cultura y el civismo  nos traiga mucho aporte al pueblo, siii a ese pueblo que tanto amo el ilustre Francisco Murillo Soto.