Hay algo más grave que los asesinatos que se repiten cada día en Honduras.
Más peligroso que la violencia misma.
Más devastador que las cifras.
Es el silencio.
Es la forma en la que hemos aprendido a seguir con la vida después de leer que alguien fue ejecutado. La rapidez con la que pasamos la noticia. El comentario corto. El “qué barbaridad”… y luego nada.
Este miércoles, otra mujer fue asesinada. Otra familia destrozada. Otro nombre que se suma a una lista que ya no sorprende. Y ahí está el problema: ya no sorprende.
Nos estamos acostumbrando.
Nos estamos acostumbrando a que la muerte llegue en motocicleta, a plena luz del día, frente a testigos, sin miedo, sin consecuencias. Nos estamos acostumbrando a que matar en Honduras sea fácil… y salir impune, más fácil todavía.
Y mientras eso pasa, el país se va volviendo frío.
Porque cuando la violencia deja de indignar, deja de ser noticia para convertirse en rutina. Y cuando se vuelve rutina, pierde peso, pierde urgencia, pierde humanidad.
No se trata solo de cifras. No son “70 mujeres asesinadas en el año”. Son vidas. Son historias. Son madres, hijas, hermanas. Pero en medio del ruido diario, esas vidas terminan reducidas a un número más en la estadística nacional.
Y eso debería preocuparnos más que cualquier otra cosa.
Porque una sociedad que deja de indignarse ante la muerte… es una sociedad que empieza a perderse a sí misma.
Las autoridades prometen investigar. Siempre lo hacen. Pero la impunidad sigue caminando tranquila por las calles. Y el mensaje que queda es claro: aquí se puede matar… y no pasa nada.
La pregunta ya no es solo quién dispara.
La pregunta es por qué seguimos permitiéndolo.
Honduras no solo enfrenta una crisis de seguridad.
Enfrenta una crisis moral.
Y si no recuperamos la capacidad de indignarnos, de exigir, de reaccionar… entonces el problema ya no será solo la violencia.
Será que dejamos de ser un país que lucha por la vida.

