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OLANCHITO TIENE LO QUE OTROS MUNICIPIOS SUEÑAN. EL PROBLEMA ES QUE AÚN NO LO SABE VENDER

La ciudad acumula ventajas agrícolas, energéticas y logísticas que ninguna cadena de ropa ni supermercado podrá convertir en desarrollo real

OLANCHITO, Yoro — Hay algo revelador en la forma en que una ciudad decide qué tipo de inversión merece celebrar. Cuando llega un nuevo restaurante de franquicia o una cadena de electrónica a Olanchito, el anuncio circula en redes sociales como si fuera una señal inequívoca de progreso.

Y en cierta medida lo es: hay empleo, hay movimiento económico, hay vida comercial. Pero hay una pregunta que nadie parece querer responder con honestidad: ¿es ese el techo al que aspira una ciudad con tierra fértil, agua abundante, infraestructura energética y acceso directo a un puerto internacional?

La respuesta, si se mira con frialdad, debería incomodar a más de uno.

Olanchito produce leche. Mucha leche. De esa leche sale queso, mantequilla, y una cadena de valor que podría, con la inversión y la visión correctas, convertirse en uno de los motores económicos más sólidos del norte del país. Sin embargo, una parte significativa de esa producción termina vendiéndose a granel a los industriales lácteos de otras ciudades, que agregan valor, empaquetan, distribuyen y se quedan con los márgenes que debería capturar Olanchito.

Mientras eso ocurre, la ciudad celebra la llegada de franquicias que generan empleos reales, sí, pero empleos de consumo: cajeros, despachadores, vendedores. Trabajo digno, necesario, pero estructuralmente dependiente de que haya suficiente poder adquisitivo local para sostenerse. No es empleo que expande la torta económica. Es empleo que la redistribuye dentro de los mismos límites de siempre.

La diferencia no es menor. Una planta procesadora de lácteos, una empacadora agrícola, una empresa de derivados del aguacate o del plátano, no solo emplea: exporta, genera divisas, atrae proveedores, forma técnicos especializados y ancla a los jóvenes al territorio con salarios y perspectivas que ningún supermercado puede ofrecer.

El Valle del Aguán, que Olanchito tiene a su alcance, no es una promesa. Es una realidad productiva con décadas de historia agrícola que, mal administrada políticamente, ha sido más sinónimo de conflicto que de oportunidad. Pero su potencial agroindustrial sigue intacto: suelos profundos, régimen hídrico confiable, conectividad vial hacia la costa atlántica y una posición geográfica que pone a Olanchito a tres horas del Puerto de Castilla en Trujillo, la puerta de salida natural hacia los mercados internacionales.

A eso hay que sumarle algo que pocas ciudades hondureñas de ese tamaño pueden presumir: infraestructura energética. Olanchito cuenta ya con generación hidroeléctrica y producción solar instalada, y en el horizonte cercano se perfila el parque solar más grande de Honduras en su área de influencia.

Energía estable y relativamente limpia es exactamente lo que necesita una empresa agroindustrial para calcular costos, proyectar producción y comprometerse con una inversión a largo plazo.

Todo está ahí. Lo que falta no es geografía ni recursos. Lo que falta es la voluntad política de hacer algo con ellos.

Sería injusto ignorar que Olanchito ha dependido históricamente de la Standard Fruit Company y de la ganadería extensiva, dos pilares que en distintos momentos sostuvieron la economía local pero que hoy resultan insuficientes para absorber a una generación joven que crece, se educa y encuentra que sus opciones son emigrar o aceptar el primer empleo disponible.

Ese modelo no es culpa de ningún alcalde en particular. Es el resultado acumulado de décadas de gestión politica que nunca entendió su rol como promotor activo del desarrollo económico.

Las alcaldías hondureñas, con honrosas excepciones, han operado bajo una lógica reactiva: esperan que el inversionista llegue, cuando deberían salir a buscarlo. La diferencia entre un municipio que crece y uno que se estanca no siempre radica en sus recursos naturales. Radica en si sus autoridades entienden que el gobierno local puede actuar como socio estratégico del sector privado, no como simple cobrador de impuestos y ejecutor de obras menores.

Hay modelos probados en América Latina: municipios que han creado zonas de desarrollo agroindustrial con incentivos fiscales escalonados, que han articulado a los productores locales con inversionistas externos a través de esquemas de asocio público-privado, que han negociado con el gobierno central infraestructura específica a cambio de compromisos de empleo. No son experimentos. Son políticas públicas que funcionan cuando existe la convicción de aplicarlas.

No se trata de rechazar las franquicias ni de romantizar la agricultura. Se trata de entender que una ciudad no puede construir su futuro únicamente sobre el comercio de lo que producen otros. Olanchito tiene materia prima, tiene energía, tiene posición logística y tiene, sobre todo, una juventud que necesita más que un empleo de mostrador.

La pregunta real no es si vienen inversionistas. La pregunta es qué tipo de inversionistas queremos, para qué modelo de ciudad, y si la clase política local está dispuesta a cambiar de norte después de cuarenta años de mirar en la dirección equivocada.

Porque maquillar el municipio con negocios de consumo mientras su mayor riqueza sale sin procesar hacia otras ciudades no es desarrollo. Es, en el mejor de los casos, una demora elegante del mismo problema de siempre.

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