En Honduras elegimos diputados como si estuviéramos votando en un reality show: por popularidad, por capacidad económica o por influencia territorial. Rara vez por su solvencia intelectual, su comprensión del Estado o su visión de país. Y luego nos sorprendemos cuando el Congreso Nacional deja de parecerse a un foro deliberativo… y empieza a parecerse a un escenario.

¿Qué pensaría José Cecilio del Valle si escuchara los argumentos que hoy se pronuncian desde la tribuna legislativa? ¿Qué dirían aquellos hombres que, el 29 de agosto de 1824, se reunieron en Cedros para instalar la primera Asamblea Nacional Constituyente, presidida por el doctor Pedro Nolasco Arriaga y con Miguel Rafael Valladares como secretario, si vieran el tipo de iniciativas que hoy ocupan el tiempo del Poder Legislativo?
La más reciente —presentada por el diputado de LIBRE, Bayron Banegas— propone la llamada “Ley Especial para Identificación y Seguridad Vial”, que obligaría a los propietarios de vacas, toros, caballos y otros semovientes que transiten cerca de carreteras a colocarles cintas reflectivas.
Sí, collares reflectivos para ganado.
En un país donde el sistema hospitalario agoniza, donde la infraestructura vial se desploma con cada invierno, donde la educación pública libra una batalla diaria contra el abandono presupuestario, el Congreso discute si las vacas deben usar accesorios nocturnos para no ser embestidas por vehículos.
No se trata de negar que los accidentes provocados por animales sueltos en carretera sean un problema real. Lo son. Pero el debate de fondo no es ese. El debate es la calidad de la respuesta legislativa frente a problemas estructurales. Porque legislar no es improvisar soluciones pintorescas; es diseñar marcos normativos que atiendan causas, no síntomas.
Y aquí es donde la historia cobra sentido.
Quizá los padres fundadores de la República sí imaginaron que algún día el sistema político sería permeado por el espectáculo, por la superficialidad o por el populismo legislativo. Tal vez por eso decidieron blindar el corazón de la Constitución.
El Artículo 374 de la Constitución de la República de Honduras no es un simple tecnicismo jurídico: es una cláusula de supervivencia. Una advertencia escrita en tinta constitucional que impide reformar principios esenciales como la forma de gobierno, la alternabilidad en el poder o la prohibición de la reelección presidencial (aunque ya hubo uno que lo hizo) incluso mediante plebiscito o Asamblea Nacional Constituyente.
De no existir ese candado, ¿quién garantiza que mañana no se intente desmontar —con la misma ligereza con la que hoy se proponen collares reflectivos— los pilares mismos del Estado de derecho?
La República no colapsa de un día para otro. Se erosiona lentamente: cuando la representación se trivializa, cuando la deliberación se convierte en espectáculo y cuando la ley deja de ser instrumento de justicia para transformarse en anécdota viral.
El país queridos lectores necesita diputados que comprendan la magnitud de su mandato.

