En las calidas, pero fertiles tierras del sur de Honduras, entre potreros y caminos polvorientos que comunican a Río Grande con Nacaome, todavía se cuentan historias de un hombre que marcó una época en la política y en la vida de la zona. Se llamaba Pedro Martín Molina, un reconocido ganadero y líder nacionalista nacido en Pespire, Choluteca, pero arraigado profundamente en el municipio de Nacaome, donde su nombre se convirtió con el tiempo en sinónimo de carácter, lealtad y palabra.

Décadas después de aquellos años en que el ganado marcaba la vida en el sur del país, dos de sus nietos han alcanzado posiciones de enorme influencia en la política hondureña: Tomás Zambrano Molina, actual presidente del Congreso Nacional de Honduras, y Juan Carlos Molina, quien recientemente asumió la presidencia de la Asociación de Municipios de Honduras (AMHON).
Aunque provienen de municipios distintos y sus trayectorias políticas han seguido caminos propios, ambos comparten un mismo origen familiar y una herencia política que se remonta al patriarca del nacionalismo en aquella región del país.
Pedro Martín Molina no fue solo un ganadero reconocido en Río Grande; fue también un hombre de profunda convicción política y de valores firmes que inculcó a sus hijos y nietos el amor por los ideales del Partido Nacional.
Fue padre de una extensa familia integrada por Juana, Esther, Irma, Arnulfo, Rafael, Bertín, Luz, Alejandro, Ramon y Margarita Molina. En sus últimos años, Pedro Martín procreó con Ángela Galo a sus hijos Ángela, Magdalena, Irma, Maura, Pedro y Juan Francisco Molina Galo.

Entre ellos destacaron Ángela Molina, quien años más tarde también ocuparía la alcaldía de Nacaome y Juan Francisco Molina, quien llegó a ocupar una diputación por el departamento de Yoro bajo la bandera del Partido Nacional. Iniciando así la presencia de la familia en la vida pública.
La historia familiar que conecta directamente a estas actuales figuras políticas.
Tomás Zambrano Molina es nieto de Pedro Martín Molina por línea materna, hijo de Maura Molina, mientras que Juan Carlos Molina es hijo de Juan Francisco Molina, lo que los convierte en primos hermanos, herederos de una tradición política y de valores y amor al trabajo cimentada en el nacionalismo sureño.
Entre las anécdotas que aún sobreviven en la memoria de quienes conocieron a Pedro Martín, una destaca por su carga de honor y amistad. Durante la época del gobierno de Tiburcio Carías Andino, la familia Callejas —vecinos de la zona— se vio obligada a partir al exilio hacia El Salvador, dejando abandonadas sus propiedades y ganado entre Jícaro Galán y Río Grande.

Durante 16 años, Pedro Martín cuidó aquellas tierras como si fueran propias, registrando cada gasto, cada ingreso y cada movimiento del ganado en libros detallados que conservó con total disciplina.
Cuando la familia Callejas regresó del exilio, se encontró con una sorpresa inesperada: la propiedad no solo seguía intacta, sino que había crecido. Como muestra de gratitud, Rafael Callejas Valentine quiso regalarle cien cabezas de ganado. Pedro Martín, sin embargo, rechazó el obsequio. “Fue un favor de amigos”, respondió. Aquel gesto selló una amistad que perduró hasta la muerte de Callejas Valentine.
Hace unos días entre el bullicio de su empresa y el ritmo de su trabajo, Mauricio Arnulfo Molina, nieto de Pedro Martín Molina e hijo de doña Olga, Primo de Juan Carlos y Tomas recuerda a su abuelo como un hombre profundamente solidario. Según relata, uno de los rasgos que más lo distinguía era su disposición permanente para ayudar a los vecinos de Río Grande.
“A mi abuelo le gustaba ayudar a la gente, eso era algo natural en él”. Ese don con las personas, dice, fue un valor que los abuelos inculcaron con fuerza dentro de la familia Molina.

Mauricio también destaca que el respeto entre los miembros de la familia era una norma heredada directamente de Pedro Martín. Ese mismo trato familiar —señala— es algo que hoy identifica en dos de los nietos del viejo patriarca: Tomás Zambrano Molina y Juan Carlos Molina, quienes pese a ocupar cargos de alto nivel en la política nacional mantienen una relación cercana con los descendientes de la familia Molina.
Entre las historias que aún circulan dentro de la familia hay una anécdota que ilustra el carácter y la autoridad moral de Pedro Martín. En una ocasión, recuerdan, el entonces niño Rafael Leonardo Callejas llegó a la hacienda y, con la espontaneidad propia de la edad, le dijo: “Pedro, ensíllame ese caballo”.

La reacción fue inmediata. Su padre lo corrigió de inmediato frente a todos: debía dirigirse a él como Don Pedro. Aquella escena, que pudo parecer simple en su momento, terminó convirtiéndose con el paso de los años en una pequeña lección de respeto que el propio Callejas evocaría posteriormente en algunos discursos de campaña.
Con su mirada perdida en una computadora Mauricio nos relata “Que se iba a imaginar mi abuelo que aquel niño que alguna vez fue corregido por su padre terminaría siendo presidente de Honduras. Y que iba a pensar también que dentro de su estirpe tendria a dos nietos que hoy ocupan espacios determinantes en la política del país”.

Ese legado de honor, marcó profundamente a su familia. Hoy, décadas después, los caminos de la política hondureña vuelven a converger en dos de sus descendientes.
Desde el Congreso Nacional en Tegucigalpa y desde el liderazgo del municipalismo hondureño, Tomás y Juan Carlos ambos primos representan nuevas generaciones que, a su manera, continúan la historia iniciada por aquel ganadero del sur que anotaba cada movimiento en sus viejos libros de cuentas.
Sus carreras políticas han estado marcadas por momentos de ascenso y. desafíos, como suele ocurrir en la vida pública. Pero también por una persistencia que hoy los coloca en posiciones de liderazgo nacional. Para muchos en el sur del país, su trayectoria simboliza algo más que éxito político: es la continuidad de una historia familiar que comenzó en los potreros de Río Grande y que hoy se proyecta en los centros de poder de Honduras.

Y así, quienes recuerdan a Pedro Martín Molina, sus nietos representan una especie de retorno simbólico de aquel viejo cacique nacionalista cuya influencia, nacida en el campo y en la palabra, sigue sonando en las historias que aún se cuentan de el.

