Mar-a-Lago no es una invitación cualquiera

Opiniones

Cuando Donald Trump invita, no invita al azar. Y cuando lo hace desde Mar-a-Lago, la señal es aún más clara: no se trata de una cortesía social, sino de un acto político con peso propio. Por eso, la invitación extendida a Nasry Asfura merece leerse con lupa y contexto. Porque Mar-a-Lago no es una casa; es un centro de poder.

Desde la reelección de Trump, Mar-a-Lago se ha transformado en algo que Washington conoce bien, aunque ahora esté a cientos de kilómetros de la Casa Blanca: una capital informal donde se cruzan intereses, ideologías y negocios. Allí han pasado al menos 16 multimillonarios, líderes y funcionarios de ocho países, gobernadores, senadores, congresistas y buena parte del gabinete en formación.

No es exagerado llamarlo el “Winter White House”, porque las decisiones, alianzas y guiños que nacen allí suelen proyectarse mucho más allá de Florida.

No es casual que figuras como Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg o Tim Cook hayan desfilado por sus salones. Tampoco lo es la presencia de jefes de Estado, primeros ministros y líderes ideológicos afines a la visión trumpista. En Mar-a-Lago se escucha, se observa y, sobre todo, se mide quién cuenta y quién no en el nuevo mapa del poder global.

En ese escenario, la invitación a Nasry Asfura trasciende lo protocolario. Es un reconocimiento político, una señal de que Trump —y el ecosistema que lo rodea— ve en él a un actor relevante para Honduras y la región. No significa respaldo automático ni alineamiento cerrado, pero sí una validación simbólica: estar en Mar-a-Lago es estar dentro de la conversación, no fuera de ella.

Para Honduras, el mensaje es doble. Hacia afuera, indica que el país vuelve a aparecer en el radar de una de las corrientes de poder más influyentes del hemisferio. Hacia adentro, plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿quiénes están construyendo puentes internacionales reales y quiénes solo observan desde la orilla?

Mar-a-Lago no es neutral. Es un espacio donde se mezclan política, negocios e ideología sin pedir permiso ni disculpas. Quien entra, entra sabiendo que cada fotografía, cada apretón de manos y cada cena tiene lectura política. Por eso, la presencia de un líder hondureño allí no es menor: es una jugada que habla de ambición, de proyección y de comprensión del momento histórico.

En tiempos donde el poder ya no se ejerce solo desde palacios oficiales, sino desde clubes privados con acceso selectivo, entender Mar-a-Lago es entender cómo se mueve hoy el mundo. Y entender por qué esa invitación no es cualquiera es, también, entender que la política internacional se decide cada vez más donde pocos entran y muchos observan.