En un país donde la violencia institucional se ha convertido en rutina y el respeto a la democracia es una pieza de museo empolvada, el espectáculo ofrecido por la presidenta Xiomara Castro en Guanaja fue, por decirlo con suavidad, una burla grotesca.

No solo por lo que dijo —sino por la manera en que lo dijo— carcajeándose de la agresión verbal que sufrieron las consejeras del Consejo Nacional Electoral (CNE), como si se tratase de un chisme de vecindario y no de un atentado directo contra la institucionalidad.
¿Dónde quedó la dignidad presidencial? ¿La investidura de jefa de Estado? Quizá extraviada entre los aplausos de los colectivos que, casualmente, son los mismos que irrumpen en instituciones públicas como comandos de película mala, sembrando miedo, destruyendo puertas y gritando consignas que suenan más a amenazas que a ideales democráticos.
Julieta Castellanos lo dijo con la seriedad que el momento exige: no es un show, es un atentado contra la democracia. Pero mientras la exrectora intenta sostener el hilo de lo que queda del tejido institucional, la presidenta se muere de la risa. Así, tal cual.
Porque en este gobierno, los colectivos no son desautorizados ni por accidente. Son los escuderos de un poder que prefiere la fuerza al argumento, el garrote al consenso.
Y si la Policía Nacional actúa, es para custodiar a los agresores, no a las víctimas. Como en un cuento donde el ladrón se va libre y el honesto queda esposado. ¿Qué más da si los colectivos tienen vía libre? Después de todo, son parte del decorado oficialista. Más útiles que cualquier funcionario, más obedientes que cualquier asesor.
Pero no nos confundamos. Esto no es simple torpeza política. Es estrategia. Es el uso sistemático del miedo como herramienta de control. ¿Quién se atreverá a opinar cuando ya saben que los gritos, empujones y amenazas pueden llegar a la puerta de su oficina… o de su casa?
El proceso electoral de 2025 no puede ser la víctima silenciosa de esta farsa. Porque mientras en Libre se reparten a carcajadas los pedazos del país como si fueran botín, la democracia —esa señora tan maltratada— camina sola, herida, esperando que alguien recuerde que aún vale la pena defenderla.
Y usted, presidenta… puede seguir riéndose. Pero recuerde que cuando la historia pase la factura, no habrá risas que la salven de ser recordada no como una estadista, sino como la jefa de orquesta de un caos disfrazado de revolución.