En Honduras, las matemáticas no solo se enseñan en las aulas: también se practican en la calle, en la trucha, en el bus, en la casa… y hasta en la discusión familiar del domingo. Aquí, los números dejaron de ser una ciencia exacta para convertirse en una forma de comunicación cotidiana que desafía cualquier diccionario de la Real Academia Española.

Decir que alguien “anda por la 20” no implica que esté buscando dirección en el GPS, sino que anda perdido. Si “te cayó el 20”, no es que te cayó una moneda, sino que finalmente entendiste lo que te venían explicando desde hace rato.
Y si alguien “la paró en 30”, no necesariamente se trata de una velocidad, sino de una advertencia que llegó justo a tiempo.
La aritmética catracha alcanza su punto máximo cuando alguien confiesa que “tiene que hacer del 2”, una operación que ningún profesor se atrevería a evaluar en una pizarra, pero que todos entienden sin necesidad de fórmula alguna.
Expertos en lingüística popular —también conocidos como vecinos en la esquina— aseguran que frases como “lo hice en 2×3”, “cuento 3 y llevo 2” o “andamos al 100” forman parte de una compleja estructura semántica que permite a los hondureños comunicarse con eficiencia milimétrica sin necesidad de utilizar palabras completas.

Mientras tanto, en otros países aún intentan descifrar si salir con el “Domingo 7” es una cita romántica o un evento que cambiará el curso de la historia familiar.
Por ahora, no hay indicios de que este sistema numérico sea incorporado a los planes de estudio oficiales. Sin embargo, se estima que cualquier visitante extranjero necesitará al menos un semestre de convivencia en el barrio mas popular de Jan Pedro o de la capi, para entender por qué “nos vamos en el 11”… y no precisamente en transporte público.


