Vilma Morales de Bautista, la maestra que educó generaciones y sembró valores en Olanchito

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Olanchito, Yoro – En la historia educativa de Olanchito hay nombres que no figuran en placas oficiales ni en grandes monumentos, pero que viven en la memoria de generaciones enteras. Uno de ellos es el de la profesora Vilma Rosario Morales Fúnez de Bautista, una educadora cuya vida estuvo marcada por la vocación docente, el servicio silencioso y una profunda formación ética y espiritual.

Nacida el 26 de diciembre de 1948, en el Olanchito, Vilma Rosario creció en el seno de una familia reconocida por su honorabilidad y compromiso con la educación y la fe.

Fue hija de Celedón Morales y María Fúnez Herrera, ambos ya fallecidos, quienes inculcaron en sus hijos principios sólidos que marcarían el rumbo de su vida. Su padre, recordado catedrático del entonces Instituto Colón —hoy Instituto Guillermo Moore—, fue una influencia determinante en su amor por la enseñanza.

Desde temprana edad, la profesora Morales Fúnez mostró una inclinación natural por el estudio. Realizó su educación primaria en la Escuela Mixta San Jorge, y posteriormente cursó sus estudios secundarios en el Instituto Colón, donde obtuvo el título de Maestra de Educación Primaria.

Su deseo de superación la llevó más tarde a Tegucigalpa, donde se graduó como Maestra de Educación Secundaria con especialidad en Ciencias Sociales, en la Escuela Pedagógica Nacional Francisco Morazán.

Durante su estancia en la capital, contrajo matrimonio con el abogado y notario Oger Selvi Bautista Uclés (QDDG), con quien formó una familia de cinco hijos: Oger Rafael, Iván Alexei, Vilma Rosario Mayarí, Carlos Arturo y Carlos Fernando Bautista Morales. A pesar de las responsabilidades familiares, nunca abandonó su vocación docente.

De regreso a Olanchito, inició una trayectoria que la convertiría en referente educativo del municipio. Fue catedrática del Instituto Francisco J. Mejía, donde impartió Estudios Sociales en ciclo común, así como Historia, Geografía e Historia de la Cultura en bachillerato.

Más adelante, también ejerció como docente del Instituto Guillermo Moore, continuando la tradición familiar de servicio educativo.

Su liderazgo quedó marcado cuando fue nombrada primera directora del Instituto Rosa Amalia, un reto que asumió con firmeza y compromiso. Asimismo, fue socia fundadora del Instituto Minerva, institución en la que también se desempeñó como catedrática, consejera y subdirectora, contribuyendo a su consolidación académica y administrativa.

Más allá del aula, la profesora Vilma Morales de Bautista tuvo una activa participación en la vida cívica y religiosa de Olanchito. Fue miembro del Comité de la Semana Cívica (COSECIO), ocupando cargos de responsabilidad como secretaria de actas, y mantiene una participación constante en la Iglesia Católica San Jorge, donde ha realizado obras de caridad de forma discreta, fiel a los valores cristianos aprendidos en casa.

En su juventud, también destacó como jugadora de baloncesto durante su etapa estudiantil, demostrando que la disciplina y el trabajo en equipo eran parte integral de su formación.

Hoy, ya jubilada del magisterio, la profesora Vilma Rosario Morales Fúnez de Bautista continúa dedicada a su familia y al servicio de la Iglesia, manteniendo viva la esencia de una vida entregada a formar ciudadanos íntegros.

En tiempos donde la educación enfrenta desafíos profundos, la figura de la profesora Vilma Morales de Bautista recuerda que enseñar no es solo transmitir conocimientos, sino formar carácter, sembrar valores y construir comunidad. Su legado no se mide en títulos, sino en generaciones que aún la recuerdan como “la maestra”.

En www.elcomejamo.com creemos que los pueblos no se construyen solo con obras, sino con vidas entregadas al servicio, la enseñanza y los valores. Por eso destacamos y honramos a las mujeres y hombres que, como la profesora Vilma Rosario Morales Fúnez de Bautista, hicieron de Olanchito su vocación, sembrando conocimiento, fe y humanidad en generaciones enteras. Recordarlos y reconocerlos es mantener viva la memoria colectiva y reafirmar que el verdadero legado de una ciudad se escribe en el corazón de su gente.