Ormuz, la fractura atlántica y el nuevo tablero de poder

Opiniones

La negativa de varios aliados de la OTAN a sumarse militarmente a la reapertura del estrecho de Ormuz no es un simple desacuerdo táctico con Washington. Es una señal de algo más profundo: Estados Unidos sigue siendo el músculo central de la alianza, pero ya no puede dar por sentado que Europa y otros socios lo seguirán automáticamente en una guerra cuya arquitectura política no ayudaron a diseñar y cuyos costos energéticos, militares y diplomáticos pueden recaer sobre todos.

Reportes recientes indican que Washington quedó cada vez más aislado en esta fase del conflicto con Irán, mientras varios aliados cuestionaron el enfoque unilateral de la Casa Blanca y se negaron a aportar fuerzas.

Desde una lectura geopolítica, la primera consecuencia es clara: Estados Unidos sale más poderoso militarmente que cualquiera de sus aliados, pero políticamente más solo.

Eso tiene un precio. Si Washington concluye que la OTAN lo dejó solo en una crisis estratégica mientras ha sido el principal sostén de la seguridad europea durante años, el vínculo transatlántico entrará en una etapa de resentimiento, regateo y condicionalidad.

No significa el fin de la OTAN, pero sí una relación más transaccional: más presión para que Europa pague más, arriesgue más y acompañe más. La propia evolución del conflicto ha mostrado fricciones con Londres y otros socios, aunque el Reino Unido terminó autorizando el uso de bases británicas por parte de Estados Unidos tras nuevos ataques iraníes.

La segunda consecuencia está en Ucrania. Su pregunta es la más delicada: ¿seguirá Estados Unidos apoyando a Kiev con la misma intensidad? Hoy no hay evidencia de un corte automático, pero sí hay señales de que la guerra con Irán ha distraído recursos, atención política y margen diplomático de Washington. Al mismo tiempo, Rusia ya intentó explotar esa tensión, ofreciendo reducir su apoyo a Irán a cambio de que Estados Unidos frenara la ayuda a Ucrania; Washington rechazó esa propuesta.

Eso sugiere que, por ahora, la Casa Blanca no quiere intercambiar Ucrania por Medio Oriente. Pero también revela que Moscú ya detectó la grieta y tratará de ampliarla.

¿Negociará Estados Unidos con Rusia? La respuesta realista es: sí, probablemente seguirá negociando, pero no necesariamente capitulando. Toda gran potencia negocia incluso con sus adversarios cuando hay varios frentes abiertos. El problema para Ucrania no es una traición inmediata, sino un posible desgaste gradual: menos entusiasmo, más presión para aceptar concesiones y una prioridad creciente al precio del petróleo, la inflación y la estabilidad regional. La subida de los precios energéticos por la crisis de Ormuz ya se ha convertido en un problema político para Washington y para Europa.

En cuanto a Irán, hablar hoy del “fin del régimen” sería una conclusión apresurada. El régimen iraní está bajo una presión extraordinaria: ataques a infraestructura, pérdidas humanas, daño a su cadena de mando y una guerra abierta con Israel y Estados Unidos.

Pero los regímenes no caen solo porque estén golpeados; caen cuando se rompe la cohesión interna del aparato militar, religioso y político. Y eso todavía no puede darse por hecho. De hecho, Irán sigue mostrando capacidad de represalia, mantiene margen diplomático con algunos actores y hasta ha insinuado disposición a permitir el paso de ciertos buques, como los japoneses, bajo condiciones políticas específicas.

Israel, por su parte, puede obtener éxitos tácticos y degradar capacidades iraníes, pero también corre el riesgo de entrar en una guerra sin cierre claro. Cuando una campaña militar escala y el adversario aún conserva capacidad de respuesta, el éxito deja de medirse por los bombardeos y pasa a medirse por la capacidad de imponer un nuevo equilibrio político.

Hoy ese equilibrio no aparece. Israel amenaza con intensificar sus ataques, mientras Washington ya habla de “reducir” o “cerrar” su implicación directa, una señal de que incluso el aliado principal percibe el costo de una guerra prolongada.

Y aquí aparece la dimensión más incómoda para Occidente: si la OTAN no acompaña a Estados Unidos en Ormuz, pero después espera que Estados Unidos mantenga intacto su compromiso en Europa del Este, la alianza entra en una crisis de reciprocidad.

Washington podría no abandonar Ucrania, pero sí recalibrar el nivel, el ritmo y la factura política de ese apoyo. Más que una retirada abrupta, lo que puede venir es una etapa de presión sobre los europeos: “si quieren que sigamos siendo el escudo, compórtense como aliados sinceros”. Ese mensaje aún no está formalizado, pero la lógica estratégica apunta en esa dirección.

Entonces, ¿qué va a pasar ahora? Lo más probable no es un desenlace único, sino una fase de reacomodo duro. Estados Unidos intentará cerrar el frente de Ormuz sin quedar atrapado en una ocupación mayor; Israel buscará convertir el daño militar en ventaja estratégica; Irán tratará de sobrevivir, resistir y negociar desde la presión; Europa intentará evitar pagar sola el costo energético y militar de otra guerra larga; Rusia aprovechará toda fisura para debilitar el frente occidental y mejorar su posición en Ucrania. Nadie está hoy en condiciones de cantar victoria total.

La verdad incómoda es esta: si la OTAN realmente decidió no acompañar a Estados Unidos en un punto tan sensible como Ormuz, el mundo acaba de entrar en una etapa en la que las alianzas ya no funcionarán por reflejo, sino por cálculo. Y cuando las alianzas dejan de obedecer a la confianza y pasan a obedecer al costo, el orden internacional se vuelve más frío, más inestable y más peligroso. Ucrania, Irán, Israel, Cuba y Europa ya no son expedientes separados: son piezas de una misma partida donde cada actor empieza a preguntarse no solo quién es su enemigo, sino cuánto está dispuesto su aliado a arriesgar por él.