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Juan Ramón Martínez: columnista, abogado, director de la Academia de la Lengua y Olanchito en ese orden

Nacido en Olanchito en 1941, el director de la Academia Hondureña de la Lengua y Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa lleva más de seis décadas escribiendo sin parar desde que en 1963 salió de su ciudad natal en un viejo DC de la Segunda Guerra Mundial con 60 lempiras en el bolsillo y una beca que no admitía errores.

OLANCHITO, Yoro.— En febrero de 1963, un joven de 21 años subió a un viejo DC de la Segunda Guerra Mundial en el improvisado aeropuerto de El Arrayán, en las afueras de Olanchito, con un baúl de metal comprado por 26 lempiras, sesenta en el bolsillo prestados por su padre peón de la Standard Fruit Company – y una beca de cien lempiras mensuales que no admitía errores: aplazar una sola materia significaba perderla todo y no poder volver jamás a la Escuela Superior del Profesorado.

Ese joven era Juan Ramón Martínez Bardales. Y nunca volvió a Olanchito a quedarse — pero nunca dejó de ser de allí.

Juan Ramón Martínez Bardales nació del amor y del trabajo de dos personas sencillas que le dieron lo único que tenían para darle: ejemplo y valores. Su padre, Juan Martínez Cruz, era peón de la Standard Fruit Company en los campos bananeros de Coyoles Central — un hombre de trabajo duro, silencioso en sus afectos pero generoso en su fe en el hijo que se iba: fueron sus sesenta lempiras los que financiaron el primer día de una carrera intelectual que cambiaría Honduras.

Su madre, doña Mencha Bardales — como la llamaban con el cariño que los pueblos reservan para las mujeres que sostienen todo — guardó una “esperanza sin fisuras” el día que vio despegar el avión que se llevaba a su hijo mayor hacia Tegucigalpa, sin saber exactamente cuándo ni cómo regresaría.

Junto a ellos creció Juan Ramón en aquella vieja casa del abuelo en la calle La Unión, rodeado de sus hermanos: Antonia, Vani Edgardo, José Dagoberto,Ana del Carmen, Ada Argentina y Jorge Abel. Y de las tías Tila y Pimpa, que tanto lo quisieron y que estuvieron en silencio, “al borde de las lágrimas”, el día de la partida. Una familia humilde del Valle del Aguán que apostó todo al talento de uno de los suyos — y no se equivocó.

Hoy, más de seis décadas después de aquel vuelo sobre los techos de zinc de su ciudad natal, Juan Ramón Martínez es el intelectual público más grande e influyente de Honduras, director de la Academia Hondureña de la Lengua, Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa, y la voz periodística más persistente que haya producido el Valle del Aguán.

Olanchito la Ciudad Cívica de Honduras, nombrada así por el profesor Max Sorto Batres, por ser cuna de escritores, dramaturgos y pintores. Juan Ramón Martínez nació en ese ambiente el 18 de mayo de 1941, en el seno de una familia humilde. Sus primeros años los vivió en Coyoles Central, en medio de los campos bananeros de la Standard Fruit Company donde su padre Juan Martínez Cruz trabajaba como peón.

La geografía de su infancia — el ferrocarril que llegaba y salía todos los días de la estación de la calle La Unión, las haciendas de la compañía bananera, el instituto Francisco J. Mejía donde cursó su secundaria — fue también su primera aula de periodismo y pensamiento crítico.

Antes de salir de Olanchito, ya escribía. Desde 1958, a los 17 años, publicaba crónicas y editoriales en el Semanario Patria, dirigido por Carlos Urcina — su primera trinchera periodística y el primer indicio de la vocación que lo definiría para siempre.

Años después, Max Sorto Batres, quien lo había escuchado como orador estudiantil de “indudables bríos y fuerza”, no podía creer que aquel joven de Olanchito hubiera logrado consolidarse como escritor nacional.

La beca para la Escuela Superior del Profesorado Francisco Morazán fue la llave que abrió el mundo para Juan Ramón Martínez. La obtuvo tras presentar examen en San Pedro Sula — allí conoció a Julio Escoto, quien sería uno de los grandes novelistas hondureños — y llegó a Tegucigalpa en febrero de 1963 sin más equipaje que el baúl metálico, los sesenta lempiras de su padre y la certeza de que no regresaría.

En la capital encontró un ambiente intelectual que lo absorbió y lo formó al mismo tiempo. Conoció a Horacio Reyes Núñez, a Darío Turcios, a Cecilio Dueñas Quezada. Años después, en la UNAH, obtendría su Licenciatura en Ciencias Jurídicas y Sociales, y también su Maestría en Ciencias Sociales en la Escuela Pedagógica Francisco Morazán.

El hijo del peón bananero de Coyoles Central se había convertido en abogado, en maestro y en periodista — todo al mismo tiempo.

La trayectoria pública de Juan Ramón Martínez es difícil de resumir porque abarca casi todos los espacios donde Honduras construye — o destruye — su destino. Fue columnista del diario La Tribuna desde 1976 — cincuenta años de columna continua, una marca sin precedentes en el periodismo hondureño — y coordinador de los suplementos Tribuna Cultural y Anales Históricos, espacios que durante décadas fueron la referencia del análisis histórico y cultural en la prensa nacional.

También mantuvo columna diaria en el Tiempo de San Pedro Sula y una semanal en la revista Hablemos Claro.

En el servicio público fue Ministro Director del Instituto Nacional Agrario (1990-1991) bajo la administración de Rafael Leonardo Callejas, y Presidente del Tribunal Nacional de Elecciones (1992-1993). Fue gerente de la Confederación Hondureña de Cooperativas, Director Ejecutivo Fundador del Instituto de Formación e Investigación Cooperativista, gerente nacional de Cáritas de Honduras, y presidente de FOPRIDEH — la Federación de Organizaciones Privadas de Honduras.

También se presentó como candidato presidencial, con la coherencia de quien nunca confundió la política con el poder personal.

La Academia Hondureña de la Lengua fue su destino institucional más duradero. Tomó posesión el 26 de junio de 2006 con el discurso “Porfirio Barba Jacob en Honduras”. Fue tesorero de 2006 a 2013, secretario desde 2013, y el 15 de enero de 2016 fue elegido Director — la máxima autoridad de la institución que vela por el idioma español en Honduras.

Juan Ramón Martínez es autor de una obra que cubre casi cada dimensión de la realidad hondureña. Su bibliografía incluye Historia del movimiento cooperativo (1975); Isletas: esperanzas y frustraciones (1981); Los grupos sociales hondureños como probables sujetos de reformas (1982); La pasión de Prudencia Garrido y otros relatos (1993); Una mujer ante el espejo, la biografía de Lucila Gamero de Medina, la primera novelista de Honduras (1993); Ramón Amaya-Amador. Biografía de un escritor (1995) — que convirtió a su paisano de Olanchito en figura documentada para la posteridad —; Honduras, las fuerzas del desacuerdo (1998); El asalto al cuartel San Francisco (2003); Oficio de caníbales (2006); Cuentos tardíos y Diario del retorno (2010).

Más de treinta obras que, tomadas en conjunto, forman el archivo intelectual más completo que un solo hondureño haya construido sobre su propio país en el siglo XX y lo que va del XXI.

Los reconocimientos llegaron de instituciones hondureñas y extranjeras: la Medalla Isabel Goías de López (1965); el Premio Paulino Valladares al mejor editorialista, otorgado por la Asociación de Prensa Hondureña (1986); el Premio Cultural Guillermo Castellanos Enamorado de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán (2003); el Premio Rosario Sagastume de Ferrari del Congreso Nacional (2004); el Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa (2016) — el más alto reconocimiento a las letras hondureñas — y el Premio Ohtli del Gobierno Mexicano (2017), otorgado a quienes han contribuido al bienestar de la comunidad mexicana en el exterior y al fortalecimiento de los vínculos culturales con México.

En 2024, fue despedido de La Tribuna tras publicar una columna que cuestionaba al gobierno. Tenía 83 años. Siguió escribiendo al día siguiente.

Quien conoce a Juan Ramón Martínez más allá de sus columnas encuentra a un hombre que, según quienes lo frecuentan, conserva las costumbres de los personajes de su tiempo: conversador, de lenguaje fluido, gran devorador de libros sin importar el género o el tema, amigo de la ironía y del chiste bien contado, pero capaz de analizar “seria y fríamente el acontecer nacional” cuando la gravedad lo requiere.

Está casado con Nora Isabel Midence Bones, con quien tuvo cinco hijos: Juan Ramón, José Ernesto, Elia Mercedes, Alejandra María y Juan Fernando. La pérdida de su hijo José Ernesto — poeta, diseñador gráfico, autor del libro El Idilio de las Flores — fue el golpe más duro de su vida personal, descrito en sus propias palabras con una mezcla de dolor y orgullo que solo los padres que han amado sin reservas pueden escribir.

Su origen es, para él, un dato de identidad, no de superación. Nunca renegó del peón de la Standard ni de las calles de tierra de Olanchito. “Tiene su origen en el seno de los sectores sociales más humildes de Honduras”, decía su perfil político — y él nunca lo desmintió con sus acciones.

Olanchito es el municipio con el mayor índice de alfabetización de todo el departamento de Yoro, con un 86.4%. Ese dato no es un accidente — es el resultado de generaciones de familias que apostaron por la educación como única palanca de movilidad en una ciudad sin grandes capitales ni apellidos de privilegio.

Juan Ramón Martínez es el ejemplo más documentado de ese modelo: hijo de un peón, becado por el mérito, formado en la capital, y devuelto a Honduras entera en forma de columnas, libros, discursos y análisis que durante seis décadas no han dejado de decir lo que muchos prefieren no escuchar.

El avión de 1963 despegó de un descampado árido a las afueras de Olanchito. El muchacho que se asomó a la ventanilla y vio desaparecer los techos de zinc de su ciudad natal no regresó como alcalde — como su amigo Darío Turcios le había advertido en broma que le pasaría si se quedaba. Regresó como el intelectual más persistente que esa ciudad ha producido.
Y eso, para Olanchito, vale más.

En el mes de su natalicio, en El Comejamo hacemos este humilde pero sincero reconocimiento a un personaje que inspira en el periodismo, en su vida y en su amor por Olanchito… Felicitaciones mi querido y predilecto paisano Juan Ramón Martínez.

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