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PARTE II – EL MODELO QUE OLANCHITO NECESITA YA EXISTE: TRES LECCIONES DE AMÉRICA LATINA PARA UNA CIUDAD QUE YA SUPO PRODUCIR Y OLVIDÓ CÓMO HACERLO

OLANCHITO, Yoro — Hay una historia que Olanchito prefiere no contar con demasiado detalle. No la del plátano que se exportó, ni la de la calabaza que llegó a mercados internacionales, ni la de la sandía que hoy sale hacia Guatemala. Sino la otra: la de la planta procesadora de lácteos que los propios ganaderos construyeron y que terminó en quiebra. La de la empacadora de carne que también cerró. La de las tierras del Alto Aguán que hoy permanecen incultas mientras el mundo demanda más alimentos.

Esa historia doble, la del potencial demostrado y la del fracaso, es el punto de partida más honesto para la segunda entrega de esta serie investigativa. Porque Olanchito no es una ciudad que nunca ha intentado desarrollarse. Es una ciudad que lo ha intentado, que en algunos casos lo ha logrado parcialmente, y que ha fracasado cuando las condiciones institucionales, financieras o políticas no estuvieron a la altura de sus propios recursos.

La pregunta que esta entrega intenta responder no es si Olanchito puede convertirse en un polo agroindustrial. La historia reciente demuestra que puede. La pregunta es qué faltó antes, qué tienen en común los modelos exitosos de otras latitudes, y qué condiciones concretas necesitaría esta ciudad para no repetir los fracasos del pasado.

Antes de mirar hacia afuera, es necesario documentar lo que ya ocurrió aquí. Olanchito tiene una historia productiva más rica de lo que su situación actual sugiere.

Fachada de la antigua planta procesadora de lácteos de Olanchito, un proyecto impulsado por productores locales que alguna vez representó la apuesta más ambiciosa de industrialización ganadera en la región, pero que terminó en quiebra y hoy permanece como símbolo de un potencial productivo que no logró consolidarse.

El plátano de exportación fue una realidad. En un período relativamente reciente, productores de la región lograron colocar fruta en mercados internacionales, demostrando que la calidad del suelo y las condiciones climáticas del Valle del Aguán son compatibles con los estándares de exportación. La calabaza siguió el mismo camino. Y hoy, la sandía que sale hacia Guatemala confirma que la capacidad productiva no ha desaparecido: sigue ahí, esperando una escala mayor y una estrategia de mercado más ambiciosa.

Pero el capítulo más revelador no es el de los éxitos parciales sino el de los fracasos. La planta procesadora de lácteos, construida por los propios ganaderos de la región en un ejercicio de asociatividad que en teoría tenía todos los ingredientes para funcionar, terminó en quiebra. La empacadora de carne corrió la misma suerte.

¿Qué falló? Los actores locales que vivieron esos procesos señalan, en conversaciones privadas, una combinación de factores que se repite en casi todos los fracasos agroindustriales de municipios latinoamericanos de tamaño similar: gestión empresarial deficiente, ausencia de mercados asegurados antes de la inversión, falta de capital de trabajo suficiente para sobrevivir los primeros años de operación, y ningún acompañamiento institucional sostenido por parte del Estado o la municipalidad. No fue un problema de materia prima. Fue un problema de todo lo que rodea a la materia prima.

Esa distinción es crucial, porque los modelos exitosos que América Latina ofrece han resuelto exactamente esos problemas.

Tres modelos que funcionaron
Caso 1 — Cartago, Costa Rica: la capital hortícola de Centroamérica

A 1,400 metros sobre el nivel del mar, en el Valle Central de Costa Rica, Cartago produce hoy el 60 por ciento de las hortalizas que consume todo el país y exporta a mercados tan exigentes como Estados Unidos y la Unión Europea. Papa, zanahoria, repollo, lechuga, cebolla: cultivos que requieren precisión técnica, cadena de frío, trazabilidad y certificaciones internacionales de calidad.

Cultivos hortícolas de Cartago, Costa Rica, una de las regiones agrícolas más productivas de Centroamérica, donde la combinación de tecnología, asistencia técnica y acceso a mercados internacionales convirtió la tierra en una cadena de valor exportadora sostenible.

Cartago no siempre fue esto. En los años setenta era una región agrícola tradicional con los mismos problemas que Olanchito enfrenta hoy: productores atomizados, sin acceso a mercados, sin financiamiento y sin tecnología. La transformación ocurrió a lo largo de tres décadas y combinó cuatro elementos que los especialistas en desarrollo rural identifican como los pilares del modelo cartaginés.

Primero, el Estado costarricense invirtió en infraestructura productiva específica: caminos de penetración hacia las zonas de cultivo, sistemas de riego, centros de acopio refrigerados financiados con fondos públicos pero operados por cooperativas privadas.

Segundo, el Consejo Nacional de Producción aseguró mercados mínimos garantizados para los productores durante los primeros años de transición, eliminando el riesgo que históricamente había impedido que los agricultores invirtieran en tecnología.

Tercero, el sistema de educación técnica costarricense formó, en las propias comunidades rurales de Cartago, a los técnicos agrícolas que las cooperativas necesitaban. Cuarto, y quizás lo más importante, los gobiernos locales de la región asumieron un rol activo como promotores de la inversión, facilitadores de trámites y articuladores entre productores locales y compradores internacionales.

El resultado cuatro décadas después es una región que ha convertido su ventaja natural, el clima y el suelo volcánico, en una cadena de valor exportadora que emplea a decenas de miles de personas con salarios muy por encima del promedio agrícola centroamericano.

La lección para Olanchito: el modelo Cartago no requirió condiciones naturales excepcionales. Requirió paciencia institucional, mercados asegurados antes de la inversión, y gobiernos locales que entendieron su rol como socios del desarrollo privado.


Caso 2 — Rionegro, Antioquia, Colombia: de municipio ganadero a hub de exportación agroindustrial

En los años noventa, Rionegro era un municipio colombiano conocido principalmente por su ganadería extensiva y su aeropuerto internacional, el José María Córdova, que servía a Medellín pero cuyo potencial logístico nadie había aprovechado sistemáticamente para el desarrollo local.

Cultivos de flores bajo invernadero en Rionegro, Antioquia, Colombia, una región que transformó su tradición ganadera en un clúster agroindustrial exportador, generando miles de empleos y posicionándose como uno de los motores agrícolas más dinámicos del país.

Hoy, Rionegro y el Oriente Antioqueño que lo rodea concentran la mayor producción de flores de exportación de Colombia después de la Sabana de Bogotá, albergan plantas procesadoras de frutas tropicales con mercado en Europa y América del Norte, y han desarrollado un clúster agroindustrial que emplea a más de 40,000 personas directamente.

La transformación fue deliberada y planificada. La Alcaldía de Rionegro, en alianza con la Gobernación de Antioquia y con el apoyo técnico de instituciones como Proantioquia y la Cámara de Comercio del Oriente Antioqueño, diseñó en los años dos mil una estrategia de desarrollo económico local que identificó tres ventajas comparativas del municipio: su clima de montaña tropical, su conectividad aérea a través del aeropuerto, y su disponibilidad de mano de obra con tradición agrícola.

Con esas tres ventajas como argumento, el municipio salió activamente a buscar inversión. No esperó que llegara. Creó condiciones: suelo industrial habilitado, incentivos tributarios para las primeras cinco empresas que instalaran plantas procesadoras, programas de formación técnica en alianza con el SENA colombiano para garantizar que la mano de obra local pudiera operar equipos modernos, y un sistema de acompañamiento a los productores primarios para que pudieran certificarse con los estándares internacionales exigidos por los compradores.

El fracaso inicial también existió. Varias de las primeras empresas que llegaron cerraron en los primeros tres años. La diferencia con el caso olanchitense es que el municipio no abandonó la estrategia: analizó por qué habían fallado, corrigió las condiciones que habían generado el fracaso, y siguió adelante.

La lección para Olanchito: el aeropuerto de Rionegro es equivalente a Puerto Castilla para Olanchito: una ventaja logística que por sí sola no produce nada pero que, bien articulada con una estrategia, se convierte en el argumento central para atraer inversión industrial. Y que el fracaso inicial no es una razón para abandonar, sino para aprender.

Caso 3 — Jalapa, Nicaragua: la zona franca agrícola que nadie esperaba

El caso más cercano geográficamente y quizás el más instructivo para Olanchito es el de Jalapa, en el norte de Nicaragua. Un municipio fronterizo, históricamente marginalizado, con una economía basada en el tabaco y la ganadería extensiva, y con los mismos problemas estructurales que caracterizan a buena parte de los municipios rurales centroamericanos.

Productor de tabaco en Jalapa, Nicaragua, una región que convirtió su tradición agrícola en una plataforma exportadora diversificada gracias a incentivos fiscales, asistencia técnica y una estrategia territorial que transformó el campo en motor económico.

En los años dos mil, Jalapa fue declarada zona especial de desarrollo agropecuario por el gobierno nicaragüense, lo que le permitió ofrecer a los inversionistas un régimen fiscal diferenciado, acceso prioritario a crédito del Banco Produzcamos, y acompañamiento técnico del Instituto Nicaragüense de Tecnología Agropecuaria.

Las empresas tabacaleras que ya operaban en la zona expandieron sus operaciones, llegaron nuevas empresas de procesamiento de lácteos y cacao, y el municipio desarrolló una oferta exportadora diversificada que hoy incluye productos que hace veinte años nadie en Jalapa sabía producir con estándares de calidad internacional.

Lo más relevante del modelo Jalapa para el análisis de Olanchito no es el tabaco ni el cacao. Es el mecanismo institucional que lo hizo posible: la declaratoria de zona especial creó un entorno diferenciado que redujo el riesgo percibido por los inversionistas, y ese entorno diferenciado fue el resultado de una decisión política deliberada, no de una ventaja natural que Jalapa tuviera y otros municipios no.

La lección para Olanchito: Honduras tiene el marco legal para crear zonas especiales de desarrollo. La Ley de Zonas de Empleo y Desarrollo Económico, aunque controversial en su diseño original, abrió un precedente sobre la posibilidad de crear entornos institucionales diferenciados para la inversión. Una zona agroindustrial en el área de influencia de Olanchito, con incentivos específicos y acompañamiento técnico sostenido, no es una utopía. Es una decisión política.

Lo que Olanchito necesitaría:
Los tres casos analizados permiten identificar con precisión qué faltó en los intentos anteriores de Olanchito y qué condiciones concretas necesitaría para que el próximo intento tenga un desenlace diferente.

Primero: mercados asegurados antes de la inversión. La planta láctea y la empacadora de carne fracasaron, entre otras razones, porque invirtieron en capacidad de procesamiento sin tener compradores comprometidos de antemano. Los modelos exitosos invierten el orden: primero se negocia el mercado, luego se construye la planta. La sandía que hoy sale hacia Guatemala es un ejemplo pequeño pero real de que eso es posible. El paso siguiente es formalizarlo, escalarlo y diversificarlo.

Segundo: gestión empresarial profesional, separada de la propiedad. Uno de los errores más comunes en las iniciativas agroindustriales de base cooperativa o gremial en Honduras es confundir la propiedad con la gestión. Los ganaderos que construyeron la planta láctea eran expertos en ganadería, no en procesamiento industrial ni en comercialización.

Los modelos exitosos separan claramente esas dos funciones: los productores son dueños, pero la operación la dirige un equipo gerencial profesional con experiencia en agroindustria.

Tercero: capital de trabajo suficiente para los primeros tres años. Toda empresa agroindustrial nueva enfrenta una curva de aprendizaje que genera pérdidas en sus primeros años de operación. Si no hay capital de trabajo suficiente para sobrevivir esa curva, el cierre es inevitable independientemente de la calidad del producto.

Estudiantes de la carrera de Agronomía del Instituto San Martín de Porres realizan labores prácticas de campo, fortaleciendo su formación técnica en producción agrícola, manejo de cultivos y trabajo de tierra, una base clave para el futuro agroindustrial de Olanchito.

El financiamiento de la banca de desarrollo hondureña, la cooperación internacional y los fondos de garantía del BCIE son instrumentos que existen y que Olanchito no ha utilizado sistemáticamente.

Cuarto: una alcaldía que salga a buscar, no a esperar. Este es el factor más crítico y el más ausente en la historia reciente del municipio. Ninguno de los tres casos latinoamericanos analizados ocurrió porque el inversionista llegó espontáneamente.

Ocurrió porque alguien salió a buscarlo con un portafolio claro, argumentos sólidos y condiciones atractivas. La alcaldía de Olanchito necesita una unidad de desarrollo económico local con personal dedicado, presupuesto propio y mandato explícito de atraer inversión productiva.

Quinto: tierra habilitada y con certeza jurídica. Las tierras incultas del Alto Aguán son uno de los activos más valiosos y más conflictivos de la región. No hay inversión agroindustrial seria posible sobre tierra con litigios pendientes o sin titulación clara. Resolver el problema de la tenencia de la tierra en el Alto Aguán no es solo un imperativo de justicia social, que lo es, sino también una condición económica indispensable para cualquier estrategia de desarrollo productivo.

Sexto: formación técnica alineada con la demanda. Como señaló la catedrática Gisela Figueroa en la primera entrega de esta serie, la UNAH-Yoro tiene carreras pertinentes que los jóvenes no están eligiendo. El modelo que funciona en Cartago, Rionegro y Jalapa no espera a que los jóvenes cambien solos de preferencia: crea la demanda de mercado primero, y esa demanda jala la oferta educativa.

Un pequeño productor de pepino de la comunidad 4 de Enero, en el Medio Aguán, aplica fertilizante a su cultivo mientras espera la cosecha que próximamente llevará al mercado local, reflejo del esfuerzo diario de quienes sostienen la producción agrícola de la región.

Cuando una empresa procesadora de lácteos anuncia que contratará a 120 técnicos agroindustriales con salarios competitivos, los jóvenes empiezan a inscribirse en esas carreras. El mercado laboral educa las aspiraciones mejor que cualquier campaña de orientación vocacional.

Lo que debería pasar en los próximos 24 meses

Con base en el análisis de los tres modelos y el diagnóstico de las condiciones actuales de Olanchito, esta investigación propone una agenda mínima de acciones que los actores locales, públicos y privados, deberían considerar como punto de partida:

Que la Alcaldía Municipal declare formalmente a Olanchito municipio de vocación agroindustrial y cree dentro de su estructura una Unidad de Promoción de Inversión Productiva con presupuesto y personal dedicados. Que esa unidad elabore, en los próximos seis meses, un portafolio de oportunidades de inversión basado en las ventajas comparativas reales del municipio: cadena láctea, frutas tropicales, sandía, calabaza, energía renovable. Que ese portafolio sea presentado formalmente ante la ANDI, el COHEP, la cooperación internacional, el BCIE y las embajadas con presencia comercial activa en Honduras.

Que los ganaderos y productores agrícolas de la región constituyan, con acompañamiento técnico del SAG y de la cooperación internacional, al menos una nueva iniciativa agroindustrial que incorpore desde el diseño los cinco elementos que faltaron en los intentos anteriores: mercado asegurado, gestión profesional, capital de trabajo suficiente, acompañamiento institucional sostenido y certeza jurídica sobre la tierra.

Que la UNAH-Yoro y los institutos técnicos locales inicien un proceso de revisión curricular orientado a alinear su oferta con las necesidades productivas del territorio, con participación activa del sector privado local en la definición de los perfiles de egreso.

Y que esta conversación, que El Comejamo está intentando abrir con esta serie investigativa, se traslade de las páginas del periódico a las salas de cabildo, las aulas universitarias y las mesas de los productores.

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