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Analyda Melara de Stol: una vida que llevó las enseñanzas de Olanchito a la educación de Honduras

La economista olanchitense, nieta del profesor Francisco Murillo Soto, construyó una trayectoria vinculada al servicio público, la conservación ambiental y el aprendizaje. Durante 18 años estuvo al frente de Chiminike.

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OLANCHITO, YORO.— Antes de dirigir un museo donde los niños aprenden jugando, Analyda Melara Murillo de Stol recibió en su propia familia las enseñanzas que acompañarían su vida. La muerte temprana de su padre dejó a su madre al frente del hogar y convirtió a su abuelo, el profesor Francisco Murillo Soto, en una presencia decisiva durante su infancia. Allí, en Olanchito, comenzó una historia que más tarde la llevaría a trabajar por la educación, la ciencia y el desarrollo de Honduras.

Nacida el 24 de octubre de 1957, Analyda creció en una familia ligada a la enseñanza y a la vida cultural de la ciudad. Su padre, el profesor y periodista José Abel Melara, murió trágicamente cuando ella y su hermano, José Enrique, todavía eran pequeños. Su madre, Olga Celina Murillo Escobar, perito mercantil, contadora pública y profesora, asumió el cuidado y la formación de ambos.

La responsabilidad y la perseverancia tuvieron para los hermanos un ejemplo cercano. Olga Celina sostuvo su educación y les inculcó principios cívicos, morales y éticos que ocuparían un lugar importante en su formación.

En la semblanza familiar de Analyda, su madre aparece como una mujer firme ante la adversidad, capaz de orientar a sus hijos mientras enfrentaba las exigencias de criarlos sin su esposo.

A su lado estuvo Francisco Murillo Soto, reconocido como fundador de la Semana Cívica de Olanchito. Para la ciudad fue un educador y promotor del civismo; para Analyda, además, fue el abuelo que le ofreció afecto, cuidado y una guía casi paterna. Su legado pertenece, por tanto, a dos ámbitos de su historia: el de la memoria pública de Olanchito y el de los vínculos íntimos que marcaron su crecimiento.

Los primeros años de estudio transcurrieron en la escuela mixta San Jorge. Después cursó el ciclo común en el Instituto Francisco J. Mejía y obtuvo el título de perito mercantil y contador público en el Instituto Guillermo Moore. Aquella formación inicial en su ciudad abrió el camino hacia la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, donde se graduó en Ciencias Económicas.

Su preparación continuó fuera del país, con especialidades en Desarrollo Sostenible, en la Universidad de Hiroshima, Japón, y en Gestión de Proyectos, en la Universidad de Tennessee, Estados Unidos. Esos estudios ampliaron una trayectoria profesional en la que se encontrarían la planificación, el medioambiente y la educación.

Uno de los capítulos más prolongados de esa trayectoria fue su labor como directora ejecutiva del Museo Interactivo de Enseñanza Chiminike, cargo que desempeñó durante 18 años. Al frente de la institución, trabajó para acercar a niños y jóvenes a una forma de aprendizaje basada en la curiosidad, la creatividad y el juego.

La propuesta educativa de un centro de esta naturaleza parte de una experiencia sencilla: permitir que el niño pregunte, explore y participe. Ese fue el ámbito al que Analyda dedicó casi dos décadas de su vida profesional, en una institución concebida para despertar el interés por aprender mediante la interacción.

Su relación con Chiminike también estuvo vinculada a su paso por el servicio público. Durante el gobierno de Carlos Flores Facussé fue ministra de la Secretaría de Ciencia y Tecnología. Durante su gestión se impulsó la construcción del centro interactivo y se desarrolló la iniciativa de la primera aldea solar en La Hicaca, en Olanchito.

La educación y el acceso a la tecnología formaron parte de esas responsabilidades, junto con una preocupación más amplia por las oportunidades de desarrollo de las comunidades.

En el campo ambiental, dirigió la Fundación de Parques Nacionales. Durante esa etapa participó en el rescate del Parque Naciones Unidas, conocido como El Picacho, y en el desarrollo de su Plan Maestro de Restauración. Su trabajo estuvo relacionado con la recuperación de un espacio de encuentro y esparcimiento para las familias y los visitantes de la capital.

También coordinó planes de desarrollo urbano para distintas municipalidades hondureñas. Desde esa función aportó recomendaciones financieras y sociales orientadas a la planificación del crecimiento de las ciudades, un terreno en el que su formación económica encontró una aplicación directa en la vida municipal.

A la par de sus responsabilidades profesionales, Analyda formó su propia familia. Con su primer esposo, Wilfredo Fanconi Ramos, quien falleció en 2001, tuvo a Alberto y Fernando Fanconi Melara. Alberto se graduó en Administración Industrial y de Negocios; Fernando, en Ingeniería Civil.

En 2009 contrajo matrimonio con Clarence Leo Stol, de origen canadiense. Su historia familiar incluye también a sus nietos: Annabella, Antonella, Lucas y Enzo. La maternidad y los lazos familiares han acompañado una vida que, desde fuera, suele contarse a través de cargos e instituciones, pero que también está hecha de pérdidas, nuevas etapas y afectos.

La reseña de su trayectoria recoge, además, actividades de voluntariado en la Fundación Hondureña para el Ambiente y Desarrollo VIDA, Voces Vitales de Honduras, el Comité de Centros Culturales de Tegucigalpa y la Fundación María. Son espacios vinculados a causas diversas: la protección ambiental, el desarrollo empresarial de las mujeres, la cultura y la atención pediátrica.

Ese interés por compartir conocimientos se extiende a la mentoría, una labor que forma parte de sus actividades y de su confianza en las capacidades de otras personas. Su experiencia en proyectos de desarrollo y organizaciones sin fines de lucro también ha dado paso al ejercicio de la consultoría independiente.

La escritura ocupa otro lugar en su recorrido. Entre sus contribuciones se menciona su participación como coautora en una publicación en inglés sobre tecnologías para la educación, con un capítulo dedicado a comunidades aisladas de Honduras. El tema enlaza dos preocupaciones presentes en su carrera: el aprendizaje y las posibilidades de acercarlo a quienes enfrentan mayores barreras de acceso.

Su formación y sus viajes por América, Europa y Asia le han permitido conocer otras culturas. Sin embargo, para comprender su historia hay que volver a Olanchito: a las escuelas donde estudió, a la fortaleza de su madre y al abuelo que acompañó su infancia.

Reconocer a Analyda Melara de Stol como una hija distinguida de esta ciudad es mirar más allá de sus responsabilidades públicas. Es reconocer también el recorrido de una niña cuya educación fue sostenida por su familia y que, con los años, dedicaría buena parte de su trabajo a crear oportunidades de aprendizaje para otros.

www.elcomejamo.com reconoce en Analyda Melara de Stol a una Olanchito ejemplar, cuya trayectoria honra a su ciudad y demuestra cuánto puede aportar una vida dedicada a la educación y al servicio de los demás. Su historia es motivo de orgullo para Olanchito y una inspiración para las nuevas generaciones, llamadas a encontrar en sus raíces la fortaleza para construir su propio camino y contribuir al desarrollo de Honduras.

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