Olanchito, Yoro. – Antes de empuñar la batuta y dirigir a generaciones de jóvenes músicos, Rosser Villoney Carías Grijalva recorría los pasillos del Instituto Francisco J. Mejía cumpliendo labores de conserje. Años después regresaría a esas mismas instalaciones convertido en licenciado en Música, maestro y director de una de las agrupaciones estudiantiles más representativas de Olanchito.
Su historia es la de un hombre que comenzó desde abajo, persiguió una vocación y terminó haciendo de la música su legado.
Villoney Carías nació en Olanchito, Yoro, el 18 de enero de 1969. Es hijo de Leonardo Carías y Cándida Grijalva, y creció junto a siete hermanos en una familia que marcó los primeros capítulos de su vida.
Su relación con la música fue creciendo hasta convertirse en una vocación definitiva. Decidido a prepararse profesionalmente, viajó a Tegucigalpa para estudiar en la Universidad Pedagógica Nacional, donde obtuvo la Licenciatura en Música con orientación en guitarra clásica.
Su formación no se limitó a un solo instrumento. A lo largo de su carrera aprendió a interpretar piano, trompeta, saxofón, trombón, marimba, batería, requinto, clarinete y flauta, conocimientos que posteriormente compartiría con centenares de estudiantes.
En 1995 regresó graduado a Olanchito. Su primera oportunidad como profesional de la enseñanza musical llegó en el Instituto San Martín. Tiempo después volvió al Instituto Francisco J. Mejía, pero ya no como aquel trabajador encargado del cuidado y mantenimiento de sus instalaciones, sino como maestro dispuesto a transformar la vida de los jóvenes mediante la música.
Desde finales de la década de los 90 asumió la dirección musical de la banda marcial del Mejía. Bajo su conducción, los ensayos dejaron de ser únicamente espacios para aprender notas, marchas y movimientos: se convirtieron en jornadas de disciplina, compañerismo y formación personal.
Detrás de cada presentación pública existen horas de trabajo que pocas veces observa el público. Está la repetición incansable de una melodía, la corrección de una nota, el estudiante que comienza sin experiencia y el maestro que permanece a su lado hasta ayudarlo a dominar el instrumento.
Esa paciencia ha convertido a Villoney Carías en una figura inseparable de la historia musical del instituto. Por sus manos han pasado generaciones de estudiantes que encontraron en la banda y la orquesta una oportunidad para desarrollar su talento y representar con orgullo a su centro educativo.
Fuera de las aulas y los ensayos, su vida está acompañada por su esposa, Liliana Hernández, a quien conoció hace más de 30 años. Juntos formaron una familia integrada por sus cuatro hijos: Cristofer, Emanuel, Rosselin y Cristian Carías.
La trayectoria del maestro Villoney Carías no comenzó frente a una orquesta ni debajo de los aplausos. Comenzó desde el trabajo sencillo y silencioso de un conserje que se atrevió a soñar con algo más grande.
Hoy, cada vez que la banda marcial del Instituto Francisco J. Mejía recorre las calles de Olanchito y sus instrumentos rompen el silencio, también se escucha una parte de su historia: la del hombre que regresó a su antigua escuela con un título en las manos, música en el corazón y la determinación de abrirles camino a nuevas generaciones.

