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¿QUÉ NOS ESTÁ PASANDO EN OLANCHITO?

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Yo, un foráneo en sus tierras, puedo ver cosas que tal vez ustedes ya no ven. Y no se chimen: si les arde, es porque quemadura tienen. Mi responsabilidad es hablarles con la verdad.

Por. JOSE DAVID GALINDO VILLATORO

Tuve la bendición de ser acogido en el seno de una familia conservadora de esta ciudad, arraigada a los valores y creencias que formaron este lugar. Son valores muy parecidos a los que marcaron mi propia formación en la zona sur del país, en una aldea remota de las costas del Pacífico. Me sentí en casa desde el primer momento, y desde entonces decidí sembrar aquí mi semilla, con la esperanza de ver crecer un árbol próspero y fecundo. Por eso los intereses de los Come Jamos son para mí una prioridad: compartimos un futuro en común. Y por todo lo anterior, es de mi incumbencia opinar y meter mi cuchara.

Empezaré por lo obvio y llegaré a lo sublime. Mientras lee este artículo de opinión y crítica social, úselo como un ejercicio de reflexión.

Lo primero es la naturaleza. Crecí en un pueblo desértico, donde apenas caen unos milímetros de lluvia al año y no existen los caudalosos ríos que bañan estas fértiles praderas. Por eso no me costó apreciar lo afortunados que son quienes nacieron aquí. La primera vez que traje a mi madre, vio las cumbres verdes y frondosas de las montañas de Yoro y se atrevió a blasfemar: «Dios no nos quiere, ¿por qué nos fue a parir en aquel árido desierto?».

Es sencillo comprender por qué tantas personas de raíces tan diversas han migrado a este lugar. Vino el alcalde, descendiente de un respetado linaje sureño, igual que su servidor. Vinieron los turcos, como con cariño los llaman los locales, que han llegado a tener roles tan preponderantes en esta sociedad. Llegaron porque este valle, rodeado por la Cordillera Nombre de Dios y la Sierra de La Esperanza, es un lugar de oportunidades. Tierra fértil y ubicación privilegiada: la combinación predilecta de la civilización.

Así lo aprovecharon los pueblos originarios con sus asentamientos prehispánicos. Así también los pobladores de San Jorge de Olancho, la villa fundada por Diego de Alvarado en 1530. En 1611 huyeron del desbordamiento del río Olancho y vinieron a asentarse en el Valle del Aguán, en un sitio que llamaron Ciudad Vieja, a orillas del río. Después, como aquel gringo que quedó encantado con el banano de los Buendía en Macondo, al más puro estilo de Cien años de soledad, llegaron los gringos. Levantaron en estas tierras las yardas que darían forma al enclave bananero, que tanto progreso y desarrollo nos trajo. Tanto así que hasta mi abuelo, un indio mestizo del sur, se vio favorecido por estas maravillas: estudió y llegó a ser Chief Engineer (primer oficial de máquinas) en un barco de una de las bananeras. Pero ese es un cuento para otro día.

A lo largo de la historia, tantas personas han visto aquí muchas posibilidades y han llegado tan lejos. Y quienes menos miran ese potencial y esa bendición son los habitantes de hoy, en pleno 2026. Lo digo con el mayor de los respetos y la más profunda admiración por un pueblo tan próspero, cuna de personajes que han alcanzado lo inimaginable(como mi amada esposa): lastimosamente, hoy yace dormido. Duerme el sueño de los justos, esperando que el gobierno central al fin le regale la pavimentación completa del tramo que lo conecte con la capital de la República.

¿Se han preguntado cómo será su vida cuando eso suceda? ¿Qué cambiará en su actitud, en su espíritu colectivo? Tantos se han ido y han dejado sus raíces botadas con esa excusa. Otros no se rinden ante la impertinencia y la negligencia de un gobierno central que les niega el derecho a la libre locomoción. Por rutas casi salvajes buscan atajos para reunirse con sus familias.

¿Qué pasará cuando las cien millas que separan Tegucigalpa de Olanchito estén completas? ¿Tendrán un futuro por el cual luchar los miles de jóvenes que deambulan sin rumbo por calles y veredas en esas motos, arriesgando la vida? ¿Tendrán los herederos de las grandes extensiones de tierra los incentivos para hacerlas producir a su máximo esplendor?

Cuando los comerciantes tengan rutas directas, ¿qué productos van a ofrecer? ¿A qué países van a exportar? ¿Qué compañías van a capacitar a nuestro bono demográfico y a crear empleo? ¿Todos estamos esperanzados solo en eso, o qué?
¿Cuándo dejamos de apoyarnos los unos a los otros? La ley del desierto es siempre ayudar al necesitado. ¿No fue así como los pioneros de este valle lograron sobrevivir? ¿Cómo nos unimos como sociedad para cooperar por el bien común?

Es curioso ver que hay gente que sí se cree que vive en una ciudad y edifica sus propiedades como tal. Otros, tristemente, aún no superan la etapa de los potreros y la yunta de bueyes. ¿Cuándo les va a caer el veinte de que Olanchito puede ser el Singapur hondureño, el Nueva York chiquito?

Y aquí llego a lo sublime que les prometí.
Mi abuelo, allá en la sala de máquinas de aquel barco bananero, aprendió algo que nunca se le olvidó. Un barco no avanza porque alguien en tierra se lo ordene. Avanza porque alguien abajo, sudando, mantiene viva la caldera. Olanchito lleva demasiado tiempo esperando órdenes de tierra firme: que Tegucigalpa decida, qué Tegucigalpa pavimente, que Tegucigalpa se acuerde. Y mientras tanto, la caldera se enfría.

Singapur no se hizo grande porque le regalaran una carretera. Era una isla pantanosa, sin recursos naturales, que hasta el agua tenía que comprársela a sus vecinos. Ustedes tienen todo lo que a ellos les faltó: ríos, montañas y una tierra que pare lo que se le siembre. Lo único que les falta es lo que ellos sí tenían: la decisión de levantarse.

Yo vengo de una tierra donde la naturaleza nos negó casi todo. Allá aprendimos que nadie viene a salvarte, que el agua se busca, que el pozo se cava a mano y que el vecino es el único seguro que existe. Ustedes, que lo tienen todo, ¿qué excusa tienen?

La carretera llegará, tarde o temprano, completa o a pedazos. Pero el futuro no se pavimenta desde la capital: se construye desde aquí. Se construye con empresas, con cooperativas, con tierras produciendo, con jóvenes que tengan algo mejor que hacer que jugarse la vida en una moto. Que cuando por fin estén listas esas cien millas no nos encuentren dormidos, sino listos para recorrerlas en ambas direcciones. Que no sirvan solo para ir a buscar fortuna a la capital, sino para que la capital venga a buscarla aquí.

Macondo no tuvo una segunda oportunidad sobre la tierra. Olanchito todavía la tiene.
Despierta, Ciudad Cívica. El que tenga oídos, que oiga. Y al que le arda… ya sabe por qué.

José David Galindo Villatoro es un abogado hondureño, originario de la zona sur del país, que ha construido un vínculo familiar y personal con Olanchito, ciudad desde la cual comparte esta reflexión.

Graduado de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), es fundador de GO Servicios Legales, firma con presencia en Honduras y El Salvador, orientada a la atención de migrantes, mujeres y microempresas.

Actualmente estudia Economía en CEUTEC y ha complementado su formación con programas de economía y políticas públicas en Chile y Colombia. También se ha desempeñado como articulista y analista en Eslibertad y ha participado como conferencista en Costa Rica, abordando temas relacionados con el Pacto Mundial para la Migración de las Naciones Unidas.

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