Olanchito, Yoro – Esperaba una visita frente al Centro Penitenciario de Olanchito, pero no era una visita como las demás. Mi familia venía junta. Traía a mi hija en una carroza fúnebre para que pudiera despedirme de ella.
Mientras esperaba, estaba inquieto y triste. Me sudaban las manos. Sabía que me habían concedido una hora, y que al terminar tendría que volver a entrar al presidio mientras mi familia se marchaba con el féretro.
Cuando la carroza llegó, salí a encontrarme con ellos. Habían recorrido el camino hasta allí para darme la oportunidad de verla por última vez. Mi hija estaba frente a mí, pero ya no podía hablarle y esperar que me respondiera.
Llevo cuatro meses privado de libertad por un caso relacionado con una motocicleta que vendí y que, según mi familia, no llegué a traspasar legalmente.
El vehículo seguía registrado a mi nombre cuando la Policía detuvo con presunta marihuana a la persona que lo tenía.
Mi familia sostiene que no tengo relación con esa droga y espera que mi situación se esclarezca.
Pasé aquella hora junto al féretro y con los míos. Después, la carroza continuó su camino. Yo regresé al centro penitenciario.

