Este viernes inicia la feria de la Tribu de Agalteca en honor a San Sebastián, una celebración que, en teoría, debería representar una oportunidad invaluable para que la comunidad se abra al turismo, muestre su historia y reafirme el orgullo de sus raíces tolupanas.

Sin embargo, la pregunta que surge —y que merece una reflexión seria— es si estas fiestas siguen siendo una expresión auténtica de la identidad ancestral o si han quedado reducidas a una repetición de modelos ajenos que poco tienen que ver con la memoria cultural del pueblo.
Agalteca no es un lugar cualquiera. Es una comunidad con una riqueza cultural profunda, marcada por tradiciones, saberes y prácticas que anteceden con creces a cualquier reinado, cabalgata o torneo deportivo.
Su historia no nació con tarimas ni con coronas; nació en la palabra oral, en la comida ancestral, en los rituales, en la música y en la relación espiritual con la tierra. Por eso, perder o diluir esa identidad sería un error histórico.
No se trata de oponerse a la fiesta ni de negar la alegría colectiva. La celebración también convoca, y es cierto que habrá asistencia: aficionados al fútbol, amantes de las cabalgatas, visitantes que llegan por curiosidad o por una cerveza.
Pero conviene preguntarse si ese público llega a Agalteca por lo que Agalteca es, o por lo que intenta imitar.

Olanchito y Honduras entera ya cuentan con suficientes ferias patronales que siguen un guion repetido: reinados, desfiles, toros, música comercial y caballos. Pensar que una feria más, bajo ese mismo esquema, logrará destacar por sí sola es subestimar el verdadero valor que posee Agalteca.
Su fortaleza no está en copiar modelos externos, sino en ofrecer lo que ningún otro pueblo puede replicar: su cultura tolupana viva.
Existe, por fortuna, otro público posible. El que llega buscando tamales de tiosinte, chicha, bebidas tradicionales, el que quiere escuchar los cuentos y relatos que antes se transmitían de generación en generación, el que desea comprender cómo se vivía, se pensaba y se celebraba en este territorio. Ese visitante no busca espectáculo vacío; busca experiencia cultural.
A los jóvenes miembros del comité organizador les corresponde una responsabilidad mayor que la simple logística de una feria.
La cultura no se comercializa, se comparte. Mostrar la riqueza cultural, las costumbres, la gastronomía, la memoria oral y los saberes ancestrales vende más —y deja más— que cualquier reinado o cabalgata. Vende identidad, respeto y permanencia.
Agalteca no puede darse el lujo de perder sus raíces, ni mucho menos de reemplazarlas por réplicas de otras culturas. Porque cuando un pueblo deja de reconocerse en sus propias fiestas, comienza, sin notarlo, a olvidarse de sí mismo.

