Honduras se aproxima a las elecciones con una mezcla de ansiedad, hartazgo y, últimamente, con casco en mano. No porque estemos listos para votar, sino porque parece que para sobrevivir al proceso electoral hay que esquivar piedras, gritos, motocicletas y, de paso, a los colectivos de Libre, ese ejército no oficial que responde más rápido que la Policía, pero con menos respeto por la ley.

Los colectivos, ese brazo informal y musculoso del partido en el poder, han dejado de ser un rumor de pasillo para convertirse en protagonistas de la escena política. Ya no son aquellos entusiastas militantes que ondeaban banderas en marchas pacíficas; ahora son comandos disfrazados de bases populares que toman instituciones, golpean a opositores, presionan a funcionarios y deciden, sin elección alguna, quién entra y quién sale del gobierno.
¿El último show? La irrupción violenta en el Congreso Nacional, donde las consejeras del CNE salieron casi como si escaparan de una zona de guerra. No fue un mitin. No fue una protesta. Fue una toma, una emboscada, un acto de intimidación que pasaría con honores en cualquier manual de sabotaje institucional.
Y como si fuera poco, para el 1 de agosto ya están alistando maletas (y probablemente palos) para rodear el CNE. ¡Nada como un abrazo colectivo con olor a gasolina y consignas gritadas a 120 decibeles para cuidar la transparencia electoral!
Los analistas no dudan: detrás de cada colectivo se escucha el eco de una sola voz. Mel. El eterno estratega. El que nunca se fue. El que habla bajito pero manda alto. Porque, seamos francos, aquí nadie organiza un operativo masivo de toma de instituciones sin una estructura, sin logística y, sobre todo, sin permiso.
Y si esa estructura responde directamente a quien dirige el partido oficialista y duerme en Casa Presidencial, entonces estamos hablando de algo más que “movilización ciudadana”. Estamos hablando de una fuerza paraestatal en pleno siglo XXI.
A esto le llaman “resistencia popular”. Pero cuando esa resistencia amenaza con reventar los cimientos del sistema electoral, más bien parece una insurrección administrada desde el gobierno.
Honduras no solo enfrenta una crisis democrática, sino una redefinición del poder: ya no gana quien más votos tenga, sino quien más colectivos movilice. Y no colectivos de pensamiento, sino de presión. No de base, sino de choque. La democracia ya no es la voluntad del pueblo, sino el rugido de una motorizada bien aceitada con recursos del Estado.
Y mientras tanto, el CNE intenta cuadrar un calendario electoral con miedo, los analistas piden intervención del Ministerio Público (que duerme plácidamente), y la ciudadanía observa todo con una mezcla de indignación y resignación. Porque aquí no hay imparcialidad, ni límites, ni vergüenza.
Que no nos tomen por ingenuos. Lo que estamos viendo es la versión hondureña del manual chavista: crear colectivos, financiarlos con fondos estatales, usarlos para reprimir, silenciar, presionar. Ya ocurrió en Venezuela, ya ocurrió en Nicaragua, y ahora el libreto tiene acento catracho.
¿Será que el próximo paso es armar a estos colectivos? ¿Uniformarlos? ¿Llamarlos “guardianes de la soberanía popular”? Porque cuando se normaliza la violencia en política, lo siguiente es institucionalizarla.
El partido Libre prometió refundar el país, pero lo que está refundando —con furia y torpeza— es la desconfianza ciudadana. Porque un gobierno que necesita de colectivos para imponer decisiones, es un gobierno que ha perdido autoridad moral. La ley ya no manda: manda el miedo. Y donde manda el miedo, no hay democracia, hay tiranía en proceso.
Lo dijeron los analistas, lo denunció la academia, lo gritó la sociedad civil: Honduras no puede permitirse que el proceso electoral se convierta en una puesta en escena con guión escrito desde la Casa de Gobierno y ejecutado por colectivos con pasamontañas y celulares en línea directa con el poder.
La verdadera pregunta es: ¿Vamos a permitirlo?
Porque si seguimos normalizando que se gobierne con garrote en mano, pronto las urnas serán de utilería y el pueblo, un espectador silenciado.
Y cuando eso pase, será tarde para recordar que alguna vez fuimos una república.