Basta con revisar unos minutos las redes sociales de Olanchito para encontrar el mismo patrón repetido en unas pocas publicaciones: reclamos por la vagancia de animales en el centro de la ciudad, exigencias de calles pavimentadas y más anchas, quejas porque los espacios recreativos existentes no alcanzan, demandas de más apoyo a las escuelas y a los patronatos de las aldeas. Y, casi siempre, vienen de la misma persona que rechaza de plano la actualización de una tasa municipal que no se revisaba desde hace veinte años y todo lo que se haga desde que LIBRE dejo el poder en Olanchito.
Ese contraste, más que una opinión aislada, es un síntoma. Y este medio no va a suavizarlo: exigir todo lo que cuesta dinero mientras se rechaza cualquier fuente de ese dinero no es una postura política. Es una contradicción que no resiste el análisis más elemental.
Olanchito de 2026 no es el Olanchito de los años noventa, aunque una parte de su discurso público siga pensando y exigiendo como si lo fuera. Hoy el municipio se sostiene sobre más de 800 emprendimientos grandes, medianos y pequeños, varios de los cuales ni siquiera están clasificados dentro de un Plan de Arbitrios que sigue vigente con categorías pensadas para una economía local que ya no existe.
Ese desfase no es un detalle técnico menor: significa que la estructura tributaria del municipio quedó atrás mientras la ciudad seguía creciendo, y que buena parte de esa actividad económica nueva opera hoy fuera de cualquier marco tarifario actualizado.
Pavimentar una calle cuesta dinero. Ensancharla cuesta más. Sostener un departamento de Ingeniería Municipal capaz de llegar a una aldea de montaña a la que hace años solo se accedía a lomo de bestia, cuesta dinero de forma constante, no de una sola vez. Poner orden con la vagancia de animales en el casco urbano requiere personal, transporte y un programa sostenido, no una queja de Facebook. Cada una de las exigencias que hoy estan en los perfiles de algunos cuantos en las redes sociales de Olanchito tiene, detrás, una misma pregunta que casi nadie se hace en voz alta: ¿de dónde se supone que sale el dinero para todo eso, si al mismo tiempo se rechaza la única fuente legítima que tiene una municipalidad para financiarlo?
Este medio entiende la desconfianza hacia cualquier alza de impuestos; es una reacción legítima en un país donde el manejo de fondos públicos no siempre ha estado a la altura de la confianza depositada. Pero desconfiar del manejo de un fondo es un argumento distinto a negar que ese fondo deba existir.
Exigir servicios de primer nivel con una estructura tributaria de hace dos décadas no es prudencia fiscal: es, en el mejor de los casos, una falta de análisis, y en el peor, una ambición de tener todo sin ceder nada, sin que nadie más que la municipalidad y por extensión, los proyectos que la misma gente exige cargue con el costo.
Y cuando ese análisis falta, lo que suele aparecer en su lugar es el insulto. Este medio ha sido testigo, en espacios públicos y digitales, de cómo algunos críticos de la actual gestión municipal recurren a llamar “mongos” a quienes gobiernan localmente, en referencia directa y despectiva al síndrome de Down. Vale decirlo sin rodeos: ese lenguaje no es una crítica política, es un insulto capacitista que no aporta absolutamente nada al debate sobre tasas municipales, y que además ofende gratuitamente a un grupo de personas las que viven con síndrome de Down y sus familias que no tienen nada que ver con esta discusión.
Quien recurre a ese tipo de comparación no está descalificando a un funcionario con un argumento; está revelando que no tiene uno. Es, literalmente, el reemplazo del análisis por el insulto: cuando no se puede rebatir una cifra, una proyección fiscal o un dato de ejecución presupuestaria, algunos optan por atacar una condición humana que no eligieron ni las personas que la viven ni, mucho menos, los funcionarios a quienes pretenden insultar con ella. Es una forma de discurso que este medio no va a normalizar ni a repetir sin señalarla, venga de donde venga políticamente.
Al final, la pregunta que Olanchito tiene pendiente no es si le gusta o no una tasa municipal. Es si quiere seguir creciendo con la infraestructura, el orden urbano y el respaldo municipal que ya exige tener, o si prefiere seguir reclamando por redes sociales servicios que, sin una base tributaria actualizada, la municipalidad simplemente no puede seguir sosteniendo.
No se puede pedir un pueblo del tamaño y las exigencias de 2026 y financiarlo con las reglas de 2006.

