HomeSocialesA veinticuatro horas del Día del Periodista, la historia que ningún colega...

A veinticuatro horas del Día del Periodista, la historia que ningún colega me contó pero que yo nunca olvidé

El periodista ceibeño Carlos Molina ha narrado durante treinta años las tragedias de los demás. Hoy, a vísperas del Día del Periodista, es él quien merece que alguien cuente la suya.

LA CEIBA, Atlántida. – Hay historias que uno no busca. Que simplemente aparecen, se instalan en algún rincón de la memoria y se quedan ahí, calladas, esperando el momento exacto en que el mundo esté listo para escucharlas.
Esta es una de esas historias.

La primera vez que supe de Carlos Roberto Molina Santos fue a través de el proyecto de emisoras católicas de Honduras. Él conducía una emisora católica en la Novia de Honduras. Yo hacía lo mismo desde Olanchito. Dos comunicadores en dos radios católicas, separados por kilómetros de carretera, conectados por la misma vocación de llevar una voz hasta los hogares que nadie visitaba.

Casi no hablamos en aquellos años. Pero los que vivimos el periodismo desde adentro sabemos que hay colegas con quienes no hace falta hablar mucho. Basta con reconocerse.
Hoy, a veinticuatro horas de que Honduras celebre el Día del Periodista, me toca hacer lo que él lleva más de treinta años haciendo con las historias ajenas: contarla.

Corría el año 2012 cuando Carlos iba sentado en el fondo de una ambulancia, sobre la carretera CA-13 que une La Ceiba con Tela, con las manos temblorosas y el miedo instalándose de a poco en el pecho. A su lado, conectada a aparatos, estaba Blanca González. La mujer con la que había construido once años de vida, tres hijos y la clase de sueños sencillos que solo los felices se permiten soñar.

Blanca tenía 23 años. Acababa de dar a luz a José Augusto, el menor de los tres, de manera prematura. Pero ella seguía delicada. Los médicos decidieron trasladarla a San Pedro Sula para atención especializada. Carlos eligió ir con ella. Una cuñada se quedó con el recién nacido en incubadora.

Iban avanzando por la carretera cuando, cerca de Tela, el paramédico dijo que se estaba complicando.

La ingresaron de emergencia al hospital de esa ciudad. Carlos permaneció cerca. La miró. Intentó decirle algo. Casi no hablaron.
Y entonces Blanca sufrió un infarto.
El mismo día que nació su hijo menor, murió también su esposa.

Yo he cubierto noticias difíciles. He escrito sobre masacres, sobre agentes asesinados, sobre campesinos tirados en el piso de una galera. Pero hay un tipo de dolor que no aparece en ningún parte policial ni en ningún boletín de prensa: el de un hombre de treinta y pico de años que regresa de cubrir una escena de crimen, apaga la cámara, entra a su casa y tiene que bañar a tres niños que preguntan por su mamá.

Eso fue lo que Carlos vivió durante años.
Cubría asesinatos por la mañana. Hacía la tarea con sus hijos por la tarde. Dormía en una cama que antes compartía con Gloria. Y al día siguiente volvía a salir a las calles de La Ceiba a contar las tragedias de los demás mientras cargaba la suya en silencio.

“Lo más difícil ha sido lo moral, saber que falta la figura materna”, dijo cuando por fin alguien le preguntó.

Hubo veces en que veía el cuerpo de alguna mujer joven en una calle y algo dentro de él se detenía. “Mirar una mujer que deja hijos siempre me recuerda a eso”, contó. No lo decía con dramatismo. Lo decía como quien describe el clima: con la naturalidad de quien ya aprendió a vivir con una herida que nunca cierra del todo.

Aprendió a cocinar. Aprendió a ir a las entregas de notas. Aprendió a estar en los dos lugares al mismo tiempo, o en ninguno completamente.

“Hasta el sol de hoy les hago la comida”, dijo, y en esa frase corta caben catorce años de madrugadas, almuerzos recalentados y cumpleaños que él solo supo que estaban tristes aunque pusiera la cara de que todo estaba bien.

Tuve que detenerme un momento cuando leí sus palabras: “Siento que algo dentro de mí murió ese día. Antes le encontraba sentido a la vida, pero a partir de allí ya no le daba sentido, me daba igual todo, aunque por mis hijos seguí adelante.”

Así habla alguien que conoce el fondo. No el fondo dramático de las películas Holliwodenses. El fondo real, el de la vida cotidiana que continúa aunque uno no quiera, que exige presencia aunque uno esté roto, que pide que sigas grabando aunque tengas ganas de apagar la cámara para siempre.

Lo que lo sostuvo, lo que lo sigue sosteniendo, fue el periodismo.

“Me he refugiado en el trabajo y en la soledad”, confesó. Y yo, que también soy periodista, que también sé lo que es encontrar en la redacción el único lugar donde el dolor se transforma en algo útil, entiendo exactamente lo que quiso decir. El trabajo no cura. Pero ocupa el espacio que de otra manera quedaría demasiado vacío.

Carlos sigue saliendo a las calles de La Ceiba cuando el narcotráfico convirtió la costa atlántica en un escenario de guerra. Cubrió a Los Cachiros, a El Negro Lobo, a las estructuras que han sembrado de cadáveres la región que él ama. Lo intimidaron dos veces. Lo amenazaron. El periodista que lo precedió en esa fuente había renunciado por miedo.

Él se quedó.
“Sí me dio miedo llegar, pero no me quedaba de otra, era mi pasión y mi carrera, eso me motivó”, recordó.

Eso es lo que distingue a los periodistas de verdad de los que simplemente trabajan en periodismo: que cuando el miedo llega, lo reconocen, lo saludan, y siguen caminando de todas formas.

Roberto Carlos hoy trabaja y estudia. Andrea terminó el colegio y se prepara para entrar a la universidad. Y José Augusto, el niño que llegó al mundo el mismo día en que su madre se fue, cursa el décimo grado.

Los tres siguen visitando la tumba de su madre.
Los mayores heredaron los rasgos de Blanca. Augusto se parece más a su padre.
Cuando Carlos piensa en ella, piensa en las graduaciones que no vio, en los cumpleaños que se perdió, en la voz que sus hijos ya no recuerdan con claridad. Y también piensa que, donde sea que esté, probablemente estaría orgullosa.

“Si pudiera hablar con ella le diría gracias por haberme dado los hijos que tengo. No me arrepiento jamás de tener a Augusto, pese a que ella falleció.”

Esa frase me detuvo. Porque es la frase de un hombre que eligió el amor sobre el dolor. Que pudo haber guardado resentimiento hacia la vida y en cambio eligió gratitud. Que pudo haberse quebrado y en cambio decidió, todos los días, seguir haciéndoles la comida a sus hijos.

Mañana, 25 de mayo, Honduras celebra el Día del Periodista. Habrá discursos sobre la libertad de prensa, sobre el rol de los medios, sobre el valor del periodismo en democracia. Todo eso es verdad y merece ser dicho.

Pero lo que rara vez se dice es esto: detrás de cada periodista que sale a cubrir la realidad de los demás hay una realidad propia que nadie cubre. Hay un hombre o una mujer que regresa a casa después de grabar una masacre y tiene que ser también padre, madre, cocinero, contador, psicólogo de sus propios hijos y guardián de sus propios fantasmas.

Carlos Roberto Molina Santos lleva más de treinta años contando las historias de su ciudad. Conocí su voz antes que su cara, en esos años de radio católica cuando los dos éramos comunicadores jóvenes con la ilusión intacta. Él lleva cargando su historia desde 2012 sin hacer ruido, sin pedirle al mundo que lo mire, sin convertir su tragedia en capital sentimental.
Hoy me tocó a mí contarla.

Y lo hago con el mismo respeto con que él ha contado las de los demás: sin adornarla más de lo necesario, sin quitarle nada de lo que duele, y con la certeza de que las historias que más importan son exactamente las que nadie esperaba escuchar.

Feliz Día del Periodista, Carlos. Blanca estaría orgullosa. Yo también lo estoy. Mi aprecio esperó poder celebrar el próximo sabado y recordar anécdotas de la radio.

RELATED ARTICLES
- Advertisment -

Most Popular

Recent Comments