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Honduras necesita influencers que construyan, no que degraden

En Honduras abundan quienes opinan de política, fútbol, economía o ingeniería sin preparación alguna; hablan fuerte, hacen ruido y creen influir, pero muchas veces “lo único que saben es hacer sonar una lata” mientras degradan el debate público para ganar likes y atención en redes sociales.

Las redes sociales democratizaron la voz pública. Hoy cualquiera con un teléfono puede opinar, criticar, informar o influir sobre miles de personas en cuestión de minutos. El problema no es que existan influencers; el problema es que Honduras comenzó a confundir popularidad con inteligencia, likes con credibilidad y ruido con liderazgo.

Cada día aparecen nuevos personajes que creen que influir es hablar fuerte, burlarse de todo, atacar a cualquiera o emitir opiniones sin el más mínimo conocimiento del tema que están discutiendo. Y lo más grave no es lo que dicen ellos, sino la cantidad de personas que terminan consumiendo y repitiendo ese mismo nivel de ignorancia disfrazado de “contenido”.

Un verdadero influencer no es quien hace más escándalo. Es quien logra generar impacto positivo en la sociedad. Es quien educa, inspira, orienta o motiva. La influencia debería medirse por el valor que aporta, no por la cantidad de reproducciones que consigue humillando, insultando o desprestigiando a otros.

El reciente debate alrededor del Club Deportivo Victoria y su nuevo propietario dejó en evidencia una enfermedad social que Honduras arrastra desde hace años: la cultura de destruir cualquier intento de progreso antes de darle oportunidad de crecer.

Mientras un empresario decide invertir dinero, tiempo y esfuerzo en rescatar un equipo histórico del fútbol hondureño, algunos mal llamados influencers salen inmediatamente a ridiculizar el proyecto, asegurando que “pierde su tiempo” o “pierde dinero”. Y lo más triste es que esas críticas muchas veces vienen de hondureños que deberían sentirse orgullosos de que alguien aún apueste por el deporte nacional en medio de tantas crisis.

En Honduras pareciera que a algunos les molesta más ver a alguien intentar construir que ver al país estancado.

El fenómeno no se limita al fútbol. Hoy abundan quienes opinan de economía sin entender finanzas, de ingeniería sin haber estudiado jamás una estructura, de política sin conocer leyes y de periodismo sin haber pisado una sala de redacción. Vivimos en la era donde muchos creen que tener internet equivale automáticamente a tener conocimiento.

Pero una sociedad que reemplaza el análisis por el espectáculo termina debilitando su capacidad de pensar críticamente.

Por eso vale la pena preguntarse: ¿qué tipo de personas deberían influir en nuestra juventud?
Existen ejemplos positivos. Personas como Shin Fujiyama han utilizado su alcance para construir escuelas y movilizar ayuda social. Otros creadores generan contenido educativo, humor sano o iniciativas que aportan algo útil a la población. Ellos demuestran que sí es posible tener audiencia sin caer en la vulgaridad, el odio o la desinformación.

Porque influir no debería consistir en destruir reputaciones para ganar likes, ni en atacar proyectos únicamente por simpatías políticas, resentimientos personales o simple necesidad de atención.

Honduras ya enfrenta suficientes desafíos: pobreza, desempleo, crisis educativa y violencia. Lo último que necesita es una generación convencida de que el éxito consiste en hacer ruido en redes sociales mientras se desprecia el estudio, el trabajo y la preparación.

No todo creador de contenido es dañino. El problema aparece cuando la vulgaridad comienza a presentarse como liderazgo y cuando la ignorancia se vuelve tendencia.

El país necesita voces críticas, sí, pero críticas con argumentos. Necesita influencers que inspiren a leer, emprender, estudiar, trabajar y construir comunidad. Necesita personas capaces de elevar el debate público, no de degradarlo.

Porque al final, toda sociedad termina pareciéndose a las voces que decide escuchar.

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