Cecilio Enrique Díaz: un milagro en la copa de un árbol

Locales

Olanchito, Yoro – La esperanza, frágil pero persistente, se aferraba al corazón de los familiares y amigos de Cecilio Enrique Díaz, quien había desaparecido en las traicioneras aguas del río Aguán desde la mañana del viernes. En la aldea de Viejo Méndez, margen izquierda de Olanchito, Yoro, la noticia de su desaparición se convirtió en un llamado para iniciar una búsqueda que no cesó ni con la caída de la noche.

Fueron casi 24 Horas interminables de angustia que transcurrieron mientras el rugido del río, alimentado por la tormenta tropical Sara, se llevaba consigo no solo ganado y tierras, sino también la tranquilidad de quienes conocían a Cecilio.

La Vega del río Aguán, donde el joven había sido visto por última vez, se convirtió en el lugar de una desesperada movilización de amigos, familiares y vecinos.

Fue en la mañana de hoy sábado, cuando las primeras luces del día acariciaron el paisaje devastado, que surgió el milagro. Allí, en la copa de un árbol retorcido y desgastado por la fuerza del agua, estaba Cecilio Enrique Díaz.

Agotado, pero vivo, aferrado a las ramas como si de ellas dependiera no solo su cuerpo, sino también su espíritu.

El joven había sido llevado por la corriente, pero con una mezcla de fortaleza y desesperación logró trepar al árbol, “Lo encontramos, lo encontramos”, gritaron sus rescatistas, lágrimas de alivio mezclándose con las gotas de lluvia que aún caían.

La lancha inmóvil: símbolo de la inacción en medio de la tormenta

En el patio de las oficinas de COPECO en Olanchito, yace una lancha que parece más un monumento al abandono que una herramienta de rescate.

Su casco desgastado por el tiempo y la intemperie es un testimonio de la inacción, una paradoja cruel en medio de la emergencia que enfrenta la región por la tormenta tropical Sara.

Mientras las aguas del río Aguán y sus afluentes arrasan comunidades enteras, llevándose vidas, ganado y hogares, esa lancha permanece inmóvil, incapaz de cumplir su propósito.

Su existencia, lejos de ser un alivio para los afectados, se ha convertido en una bofetada para quienes luchan por sobrevivir.

Vecinos y voluntarios que arriesgan sus vidas en precarias balsas improvisadas o nadando contra la corriente, observan con desdén la inutilidad de un recurso que podría marcar la diferencia. La lancha que no navega, que no salva, que no rescata, es la representación tangible de una institución ausente.

Peor aún, en Arenal, las bodegas de COPECO están repletas de ayuda humanitaria, atrapadas por la crecida del río que bloquea las rutas de salida. Una cruel ironía: los recursos que podrían aliviar el sufrimiento de miles permanecen fuera de alcance porque no se tomaron medidas preventivas antes del desastre.

“Es un desperdicio, un reflejo de cómo se nos olvida lo importante cuando no estamos en crisis”, comenta un voluntario que, con sus propios medios, rescata familias atrapadas en las inundaciones.