Corozal, Atlántida. – El mar avanza y la playa retrocede. Lo que durante generaciones fue el escenario natural donde la comunidad garífuna de Corozal construyó su identidad, su economía y su forma de vida, se achica semana a semana ante la mirada preocupada de sus habitantes.
Este fin de semana, hartos de esperar soluciones que no llegan, los vecinos tomaron palas y plantas en mano y salieron a plantar árboles en la orilla: uvas de mar, icacos, cocos, almendras y nonis, especies que durante siglos funcionaron como barrera natural contra la erosión y que el tiempo, el descuido y el cambio climático fueron borrando del paisaje costero.
El fuerte oleaje registrado en las últimas horas en el litoral Caribe ha provocado procesos de erosión costera en la comunidad de Corozal, generando preocupación entre los pobladores, quienes reportan daños en zonas cercanas de la comunidad garífuna. Habitantes del sector señalan que el incremento del oleaje ha comenzado a afectar áreas vulnerables de la costa, lo que mantiene en alerta a las familias que residen en primera línea de playa.
Las autoridades confirmaron que por el momento las afectaciones se concentran únicamente en Corozal, sin registros de daños en viviendas ni en calles. Lo que se pierde, silenciosamente, es la playa misma.
Corozal es una aldea garífuna ubicada a 11 kilómetros de La Ceiba, con una extensión de 5 kilómetros cuadrados y una población aproximada de 3,500 habitantes, la mayoría pertenecientes a la etnia garífuna.
Sus habitantes mantienen vivas tradiciones y costumbres ancestrales: el idioma, el baile, la música, las ceremonias y una gastronomía basada en pescado, mariscos, leche de coco, plátano, yuca y guineo. A lo largo de la playa, los restaurantes que atienden a turistas nacionales y extranjeros son el motor económico de la comunidad. Sin playa, no hay turismo. Sin turismo, no hay sustento.
La jornada de este fin de semana reunió a niños, jóvenes y adultos que trabajaron de manera coordinada para sembrar la vegetación costera que actúa como escudo natural contra la erosión. No es la primera vez que esta comunidad enfrenta sola lo que debería ser una responsabilidad compartida con el Estado.

La pérdida acelerada de las playas del Caribe hondureño, como consecuencia del incremento de la erosión costera y el cambio climático, ha colocado en peligro a buena parte de las comunidades garífunas. El avance de la línea más alta de las mareas y la ausencia de las barreras naturales de protección ponen en riesgo aquellas comunidades localizadas en cordones litorales y deltas.
La desaparición del cocotero en la gran mayoría del litoral Caribe, como consecuencia de la enfermedad viral conocida como amarillamiento letal del coco, es una de las mayores problemáticas que ha sufrido el pueblo garífuna, sin que se haya logrado concretar un plan de recuperación.
Esa pérdida de la cobertura vegetal costera es, precisamente, lo que los vecinos de Corozal intentan revertir con sus propias manos.
Edgardo Amaya, del Comité de Emergencia Municipal (CODEM), estuvo presente en la jornada junto al departamento de Planeamiento Urbano y Catastro de la Alcaldía de La Ceiba, cuya presencia sirvió para constatar oficialmente los daños. Amaya informó que la municipalidad analiza la construcción de espigones como medida de mitigación, pero fue cuidadoso en no adelantar plazos: antes de ejecutar cualquier obra, advirtió, es indispensable realizar un estudio de batimetría que permita comprender la morfología del fondo marino y el comportamiento de las corrientes en la zona. Sin ese diagnóstico técnico, cualquier intervención podría resultar ineficaz o incluso contraproducente.
Las autoridades confirmaron que se mantiene un monitoreo constante del comportamiento del oleaje para salvaguardar a los habitantes de la comunidad.

La Comisión Permanente de Contingencias (Copeco) mantiene la Alerta Verde para la línea costera del litoral Caribe y el departamento de Islas de la Bahía debido a la alteración del oleaje, que continúa generando condiciones de riesgo en zonas costeras.
Lo que hoy preocupa a Corozal no es un fenómeno nuevo ni localizado. Es la expresión más reciente de un proceso que lleva décadas destruyendo el litoral de Atlántida. Por no haber implementado un ordenamiento territorial costero en el pasado,
La Ceiba ha perdido el 80 por ciento de sus playas. Un paisaje de piedras es lo que muestran hoy las costas de la Novia de Honduras, que hace más de treinta años presumía extensas orillas de arena.
Las colonias Dios con Nosotros, barrio Inglés, Los Maestros, La Isla y la propia aldea de Corozal son los sectores que más han recibido el impacto del aumento del mar, con viviendas destruidas y familias desplazadas. “Este es un tema complejo. Es algo que está pasando a nivel mundial. El mar ha tomado la playa, dejando inhabitadas varias viviendas en Corozal, La Ceiba y todo el litoral Atlántico”, advirtió Mario Rodríguez, jefe regional de Copeco.
La buena noticia es que donde se ha actuado con obras concretas, los resultados existen. En el barrio Inglés, la construcción de espigones artesanales logró recuperar los primeros metros de playa en una zona que llevaba más de veinte años sin verla.
“Teníamos más de 20 años que no mirábamos playa en este sector”, expresó Jorge Romero, presidente del patronato del barrio. Ese precedente es, quizás, la mejor evidencia de que la solución técnica existe. Lo que falta es la voluntad política y los recursos para ejecutarla a tiempo.

