Hoy es nuestro día. Y sin embargo, pocos oficios en Honduras tienen menos razones para celebrar y más razones para exigir.
El 25 de mayo conmemora la fundación del Colegio de Periodistas de Honduras en 1979. Cuarenta y siete años después, la pregunta que todo periodista honesto debería hacerse esta mañana no es cuánto hemos avanzado, sino cuánto seguimos aguantando para poder seguir contando.
Porque eso es lo que hacemos. Aguantamos. Y contamos.
Existe una contradicción que este país arrastra sin resolverla: Honduras necesita del periodismo para funcionar como sociedad, pero no ha construido las condiciones mínimas para que el periodismo funcione con dignidad.
Los comunicadores hondureños salen cada mañana a documentar masacres, a registrar el dolor de las familias, a escuchar a los funcionarios que mienten con elegancia y a los ciudadanos que gritan sin que nadie los escuche. Lo hacen con equipos prestados o propios, con salarios que en muchas comunidades del interior del país no superan los cuatro o cinco mil lempiras al mes, sin contratos formales, sin seguro médico, sin protección jurídica real y, en demasiados casos, sin nadie que los respalde si algo sale mal.
Un periodista en Olanchito, en Tocoa, en Santa Bárbara, en cualquier municipio alejado de las grandes ciudades, es frecuentemente una persona sola frente a una realidad que lo supera en recursos, en poder y en violencia. Sale con su teléfono o su cámara, cubre la nota que nadie más cubrirá, la publica en sus redes porque a veces ni siquiera tiene un medio formal que lo respalde, y al final del mes cobra lo que alcanza, que casi nunca alcanza.
Esa es la realidad del periodismo hondureño que los discursos oficiales de hoy no mencionarán.
Honduras está entre los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. No es una hipérbole. Es un dato documentado por organizaciones internacionales que llevan décadas contando los nombres que este país acumula con una normalidad que debería avergonzarnos.
Periodistas asesinados por cubrir el narcotráfico. Comunicadores amenazados por documentar la corrupción municipal. Reporteros que renunciaron porque el miedo ganó. Voces que se apagaron no porque quisieran callar, sino porque alguien decidió que era más conveniente que callaran.
Cada nombre en esa lista es también una historia que Honduras nunca terminó de escuchar. Una investigación que quedó a medias. Una fuente que se quedó sin quien la protegiera. Una comunidad que perdió al único periodista dispuesto a contar lo que pasaba en sus calles.
La impunidad en los crímenes contra periodistas hondureños es casi total. Los asesinos de comunicadores rara vez son procesados, y cuando lo son, las condenas llegan tarde y con una frialdad institucional que confirma lo que muchos ya sospechaban: que en Honduras, matar a un periodista tiene un costo muy bajo.
Eso no es un accidente. Es una política tácita de abandono que ningún gobierno ha tenido la valentía real de revertir.
Quiero hablar de algo que los grandes medios nacionales rara vez mencionan: el periodista del municipio.
El comunicador que cubre Trujillo, que informa desde Jocon, que es la única voz periodística en un municipio de Yoro o de Sulaco. Ese periodista que conoce a todos en su comunidad, que no puede darse el lujo de ser anónimo, que cuando publica una nota incómoda sabe que al día siguiente se va a encontrar en el mercado con el alcalde al que cuestionó o con el familiar del empresario al que señaló.
Ese periodista gana, en muchos casos, menos que un obrero de construcción. Trabaja sin horario, sin vacaciones pagadas, sin prestaciones, sin un abogado que lo defienda si lo demandan y sin un protocolo de seguridad si lo amenazan. Y aun así, sale. Todos los días.
Porque alguien tiene que hacerlo y él decidió hace años que ese alguien sería él.
Ese periodista no aparecerá en los discursos de hoy. No recibirá reconocimiento institucional ni portada en los diarios nacionales. Pero es él quien sostiene la democracia informativa en los lugares donde el Estado llega tarde o no llega.
Honrarlo de verdad no es aplaudirlo una vez al año. Es pagarle un salario justo. Es darle acceso a la información pública sin trabas. Es processar a quienes lo amenazan. Es construir un mecanismo de protección que funcione antes de que lo maten, no después.
Esta semana cubrimos desde este periódico algunas de las noticias más duras que Honduras ha generado en lo que va del año. Una masacre con veinte muertos en una galera de palma africana. Cinco policías de élite secuestrados, desmembrados y quemados en una montaña fronteriza. Un enfrentamiento armado que dejó nueve muertos en Corinto. Un agente asesinado en Chamelecón.
Detrás de cada una de esas noticias hay periodistas que fueron al lugar. Que vieron lo que la mayoría de hondureños no quiere ver. Que lo documentaron con la objetividad que el oficio exige aunque por dentro estuvieran sacudidos. Que regresaron a sus casas, o a sus oficinas, o a su teléfono con señal intermitente, y escribieron la nota.
Eso es lo que hacemos. Eso es lo que vale.
El periodismo no es glamoroso en Honduras. No es bien pagado. No es seguro. Pero es absolutamente necesario. Sin periodistas que salgan a documentar la realidad, el poder no rinde cuentas ante nadie, la corrupción se instala sin testigos, y las víctimas de la violencia se convierten en estadísticas sin nombre ni historia.
Nosotros les ponemos el nombre. Nosotros contamos la historia.
.Pero que pedimos en Honduras? No pedimos aplausos. Pedimos condiciones.
Pedimos que las instituciones del Estado traten la información pública como lo que es: un derecho ciudadano y no un favor discrecional. Pedimos que los crímenes contra periodistas se investiguen con la misma urgencia que cualquier otro crimen.
Pedimos salarios dignos para los comunicadores del interior que sostienen la información local con recursos de subsistencia. Pedimos un mecanismo de protección que funcione antes del funeral, no durante el velorio.
Y pedimos que cada hondureño que hoy lee una noticia, escucha un noticiero o ve un reportaje en redes, recuerde que esa información no llegó sola. Que alguien salió a buscarla, a veces con miedo, casi siempre con poco dinero, y siempre con la convicción de que informar es una forma de servir.
Hoy es el Día del Periodista en Honduras.
Para quienes lo celebran: gracias por seguir saliendo.
Para quienes ya no pueden hacerlo: su nombre debería estar en un memorial que este país aún no ha tenido la dignidad de construir.
Y para quienes toman las decisiones: el periodismo no necesita homenajes de un día. Necesita garantías de todos los días.

