SONAGUERA, Colón.— Cada 14 y 15 de agosto ocurre algo especial en Sonaguera. Las calles reciben peregrinos, el Santuario de la Virgen de los Remedios queda pequeño y miles de personas llegan para agradecer, pedir un favor o simplemente continuar una tradición heredada de padres y abuelos. Pero para entender a este municipio no basta con mirar hacia su iglesia: hay que observar también sus extensos naranjales y una cultura cooperativista que ayudó a transformar su economía.
Fe, citricultura y cooperativismo forman parte de una misma historia. Son tres elementos que durante décadas han moldeado la identidad de Sonaguera y le han permitido ocupar un lugar particular dentro del departamento de Colón y del Valle del Aguán.
La devoción a la Virgen de los Remedios constituye una de las expresiones religiosas más arraigadas del municipio. Sonaguera alberga uno de los principales santuarios marianos de Honduras y cada agosto recibe a fieles procedentes de diferentes municipios de Colón, otras regiones del país e incluso visitantes centroamericanos.
Muchos llegan caminando. Otros entran de rodillas. Algunos llevan años regresando para cumplir una promesa.
Detrás de cada peregrino existe una historia diferente: una enfermedad superada, una petición familiar, un agradecimiento o simplemente la fe transmitida durante generaciones.
La advocación de Nuestra Señora de los Remedios tiene una antigua tradición vinculada al mundo hispánico y su devoción se extendió por América durante la época colonial. En Sonaguera encontró un territorio donde esa tradición terminaría profundamente incorporada a la vida de la comunidad.

Para sus devotos, la Virgen representa la figura de María como intercesora ante Jesús, evocando el relato bíblico de las bodas de Caná y aquella frase que permanece como una de las expresiones centrales de la devoción mariana: “Hagan lo que Él les diga”.
Pero la influencia de la Iglesia en la historia de Sonaguera no quedó limitada a lo espiritual.
La Parroquia Virgen de los Remedios también estuvo vinculada a iniciativas comunitarias que contribuyeron al desarrollo productivo y social del municipio. Con el paso de los años, la citricultura se convirtió en una de las principales actividades económicas de la zona.
Los naranjales transformaron el paisaje.
Hoy hablar de Sonaguera inevitablemente conduce a hablar de naranja. Su producción ha abastecido mercados hondureños y centroamericanos y convirtió al municipio en un referente de la actividad, hasta ganarse popularmente el reconocimiento de Capital de la Citricultura de Honduras.
Durante las temporadas de producción, miles de frutos salen de las fincas de la zona hacia diferentes mercados, mientras alrededor de la actividad se movilizan productores, recolectores, transportistas, comerciantes y familias que dependen directa o indirectamente de la agricultura.
La otra gran transformación surgió del esfuerzo colectivo.
El sacerdote Thomas J. Halloran es recordado como uno de los promotores del movimiento cooperativista local, una iniciativa que permitió a numerosas familias acceder al ahorro, crédito y oportunidades financieras mediante un modelo construido alrededor de la organización comunitaria.
De aquella visión surgió una tradición cooperativista que con los años se convirtió en otro de los símbolos económicos y sociales de Sonaguera.
Así, religión y desarrollo terminaron recorriendo caminos paralelos: la misma comunidad que se reunía alrededor de su parroquia aprendió también a organizarse para producir, ahorrar y construir oportunidades de manera colectiva.
Por eso Sonaguera resulta difícil de explicar únicamente desde sus estadísticas o desde un mapa.
Hay que verla durante agosto, cuando los peregrinos vuelven al Santuario. Hay que recorrer sus carreteras entre plantaciones de naranja y conversar con generaciones que crecieron escuchando historias sobre cooperativismo, agricultura y fe.

