OLANCHITO, YORO.— Eran las 6:30 de la mañana y los primeros rayos del sol ya iluminaban el rostro de Francisco Caracciolo Murillo Soto. Su busto, erigido al costado este del Parque Central, parecía repetir una escena que ocurre cada amanecer: mirar hacia donde nace el día.
Pero este 1 de septiembre no era una mañana cualquiera. A sus pies comenzaron a reunirse hijos de su legado, nietos, bisnietos, familiares, autoridades y ciudadanos para recordar al maestro que, en 1935, ayudó a sembrar una tradición que terminaría dando a Olanchito uno de sus nombres más entrañables: la Ciudad Cívica de Honduras.
Noventa y un años separan aquella primera Semana Cívica de esta mañana. El pueblo ha cambiado, varias generaciones han pasado y aquellas escuelas de 1935 dieron paso a una ciudad mucho más grande. Sin embargo, frente al viejo busto de “Panchito Murillo”, una corona de laurel volvió a unir ambos tiempos: el Olanchito de los maestros que organizaron los primeros actos patrióticos y el de sus descendientes, que cada septiembre regresan para agradecerles haber convertido el amor por Honduras en parte de la identidad de la ciudad.
La ceremonia se desarrolló este martes, Día de la Bandera Nacional, como uno de los primeros actos de las celebraciones patrias. Representantes del Comité de la Semana Cívica de Olanchito (COSECIO), autoridades municipales y educativas acompañaron a la familia Murillo en el tradicional homenaje.
La colocación de la corona no representa únicamente un reconocimiento a un personaje histórico. Es también un recordatorio del origen de una celebración que comenzó de manera mucho más sencilla de lo que hoy podría imaginarse.
En 1935, Francisco Murillo Soto era parte de una generación de educadores convencidos de que la escuela debía enseñar algo más que las materias contenidas en los libros.
Registros históricos recopilados por El Comejamo señalan que Murillo propuso al entonces jefe del distrito local, Francisco G. Ramírez, desarrollar un proyecto cívico que involucrara al magisterio de Olanchito. Se sumaron profesores de las dos escuelas existentes entonces: la Escuela de Varones Modesto Chacón y la Escuela de Niñas José Cecilio del Valle.

El 25 de mayo de 1935, los maestros se reunieron para estrechar vínculos y organizar actividades educativas. El 15 de julio acordaron desarrollar una velada durante las fiestas patrias y, para el 19 de julio, los alumnos ya se preparaban para una denominada “revista cívica”.
Aunque aquel día era domingo, casi todo el alumnado respondió a la convocatoria. El primer acto se realizó frente a la residencia de Dolores Soto Posas, viuda de Quesada, para homenajear al exalcalde Norberto Quesada Sosa por su contribución a la educación pública.
Durante los días siguientes, alumnos y maestros recorrieron diferentes puntos de aquel pequeño Olanchito para rendir tributo a ciudadanos y exalcaldes que habían contribuido al desarrollo educativo.
Había poesías, cantos patrióticos y discursos. Las casas eran adornadas y las familias recibían a estudiantes y profesores con dulces y refrescos. La noche del 14 de septiembre, una velada cultural frente al antiguo cabildo municipal reunió a tal cantidad de vecinos que Murillo dejó constancia del ambiente extraordinario que vivía el pueblo.

Buena parte de lo que hoy se conoce de aquella primera celebración sobrevivió porque el propio Francisco Murillo Soto escribió los acontecimientos en su bitácora.
Allí quedaron registrados ensayos, reuniones, homenajes, desfiles y hasta pequeñas escenas cotidianas que permiten reconstruir cómo nació la Semana Cívica.
El 15 de septiembre de 1935, los estudiantes presentaron poesías y una revista militar. Al finalizar aquellas celebraciones, Murillo dejó escrita una reflexión que, nueve décadas después, resume el propósito de su iniciativa: que las fiestas patrias dejaran enseñanzas a alumnos, maestros y vecinos y fortalecieran “nuestro amor a Honduras”.
Con los años incorporó jornadas dedicadas al agricultor y ganadero, el ambiente, las artes, el deporte, el folclore, la paz, la niñez y otros sectores de la sociedad. En 1977 nació formalmente COSECIO, institución que asumió la organización y preservación de la tradición.
La Semana Cívica llegaría posteriormente a ser reconocida como Patrimonio Cultural de la Nación, consolidándose como uno de los elementos que explican por qué Olanchito es conocida como la Ciudad Cívica.

Entre quienes llegaron hasta el Parque Central estaban nietos, bisnietos y otros descendientes de Francisco Caracciolo Murillo Soto. Para ellos, el hombre inmortalizado en aquel busto no pertenece solamente a los libros y fotografías antiguas: pertenece también a su historia familiar.
Y para Olanchito representa algo todavía mayor.
La corona de laurel depositada a sus hombros simboliza el reconocimiento a un maestro y a aquella generación de educadores que entendió el civismo como una forma de enseñanza.
Desde aquel septiembre de 1935 han transcurrido 91 años. Los niños que participaron en aquellos primeros actos desaparecieron con el paso de las generaciones; las calles cambiaron y la ciudad creció. Pero cada septiembre, las bandas vuelven a sonar, los estudiantes regresan a las calles y el azul y blanco ocupa nuevamente balcones, escuelas y edificios.
Esta mañana ocurrió algo más sencillo.
El sol salió por el este.
Sus primeros rayos volvieron a encontrar el rostro de Panchito Murillo.
Y a sus pies, casi un siglo después, estaba nuevamente Olanchito diciéndole que aquella idea que comenzó entre maestros y alumnos en 1935 todavía vive.

