EL PARAÍSO, COPÁN.— La espera terminó cuando el helicóptero descendió. En tierra aguardaban centenares de personas, algunas con globos blancos, familiares y vecinos que habían llegado para presenciar el regreso de Alexander Ardón Soriano, exalcalde de este municipio y una de las figuras que se convirtió en testigo clave de la Fiscalía estadounidense en los grandes juicios por narcotráfico que involucraron a políticos hondureños.
Cuando finalmente puso los pies en tierra hondureña, Ardón hizo uno de sus primeros gestos frente a la multitud: se persignó.
Después comenzaron los abrazos.
Personas de distintas edades se acercaron al exalcalde. Familiares lo rodearon y otros pobladores celebraron su regreso antes de movilizarse hacia una iglesia, donde estaba prevista una misa de acción de gracias por su libertad.
La imagen era poderosa por el contraste: un pueblo celebrando el retorno de quien alguna vez fue su máxima autoridad municipal, mientras sobre su historia pesan confesiones realizadas por él mismo ante la justicia estadounidense sobre algunos de los capítulos más oscuros del narcotráfico hondureño.
El regreso a El Paraíso ocurrió después de que la justicia hondureña absolviera a Ardón en el proceso que enfrentaba por lavado de activos.
El fallo no significa que un tribunal hondureño haya juzgado y descartado las confesiones de narcotráfico y asesinatos hechas por Ardón en Estados Unidos. La causa resuelta en Honduras estaba circunscrita al delito de lavado de activos y, según la información disponible sobre el proceso, la acusación presentada por el Ministerio Público no logró acreditar suficientemente su responsabilidad penal.

La debilidad de la acusación había sido advertida durante el desarrollo del juicio oral, haciendo previsible un desenlace favorable para el exalcalde.
Pero mientras ese expediente llegaba a su final en Honduras, existe otro Alexander Ardón registrado en cientos de páginas y horas de testimonios ante tribunales estadounidenses.
Años antes de los abrazos de este martes, Ardón se había sentado frente a jueces y fiscales estadounidenses para contar cómo funcionó parte de la estructura del narcotráfico que durante años utilizó Honduras como corredor de cocaína hacia Estados Unidos.
Sus relatos fueron extraordinariamente detallados.
Ardón reconoció haber traficado enormes cantidades de cocaína y haber participado en actividades criminales desde comienzos de la década del 2000. Según sus propias declaraciones judiciales, llegó a movilizar unas 250 toneladas de cocaína hacia Estados Unidos.
También habló de dinero, política y protección.
En sus testimonios sostuvo haber realizado contribuciones económicas relacionadas con campañas políticas y mencionó al entonces dirigente y posteriormente presidente Juan Orlando Hernández, además de describir relaciones entre narcotraficantes y sectores del poder hondureño.
Ardón terminó convirtiéndose en uno de los testigos de la Fiscalía estadounidense en los procesos contra Juan Antonio “Tony” Hernández y posteriormente contra su hermano, el expresidente Juan Orlando Hernández.
Uno de los episodios más llamativos relatados por Ardón involucró al mexicano Joaquín “El Chapo” Guzmán.
El exalcalde aseguró ante la justicia estadounidense que el antiguo jefe del cartel de Sinaloa visitó su hacienda en el occidente hondureño en distintas oportunidades entre 2007 y 2010.
También declaró sobre sobornos millonarios y las relaciones que, según su testimonio, permitieron que grandes cargamentos de droga atravesaran territorio hondureño.
Pero sus confesiones fueron mucho más allá del narcotráfico.
Durante sus comparecencias, Ardón admitió responsabilidad o participación en 56 asesinatos, según lo expuesto en los procesos estadounidenses.
Contó incluso cómo comenzó su historial violento.
Dijo que tenía 19 años cuando cometió su primer asesinato, contra un hombre identificado como Pedro, a quien responsabilizaba de haber matado a su tío Pablo Ardón.

Después vendría otro.
Ardón relató que mató a un hombre conocido como “Compita”, quien supuestamente pretendía robar ganado perteneciente a su padre y atentar contra su vida.
Con el paso de los años, según su propia confesión, los asesinatos terminarían mezclándose con el negocio del narcotráfico.
Otro momento particularmente grave de sus declaraciones ocurrió cuando habló del asesinato del general antidrogas Julián Arístides González, ocurrido el 8 de diciembre de 2009.
Durante el juicio celebrado en Nueva York en febrero de 2024, Ardón reconoció haber conspirado para asesinarlo junto con otros narcotraficantes.
También declaró haber aportado dinero a Wilter Blanco, señalado durante años como uno de los principales narcotraficantes del Caribe hondureño, para organizar el crimen.
Sus declaraciones incluyeron además confesiones sobre torturas y otros actos violentos cometidos en Honduras.
La cooperación de Ardón terminó siendo determinante para su situación judicial en Estados Unidos.
Después de declararse culpable de delitos relacionados con el narcotráfico, colaboró extensamente con los fiscales estadounidenses.
Sus testimonios fueron utilizados en algunos de los procesos por narcotráfico de mayor impacto político para Honduras.
En enero de 2025, la justicia estadounidense le impuso una sentencia de “tiempo servido”, tomando en consideración el período que ya había permanecido detenido y su cooperación con las autoridades.
Eso abrió el camino para su posterior deportación a Honduras.
Aquí todavía lo esperaba el proceso por lavado de activos.
Este martes, esa causa terminó con una absolución.
Y entonces Ardón emprendió el viaje hacia casa.
El helicóptero descendió en El Paraíso y la historia judicial quedó, al menos por unas horas, detrás de los globos blancos.
Los habitantes se acercaron. Hubo abrazos, saludos y muestras de afecto. Ardón caminó nuevamente entre personas del municipio que gobernó durante varios períodos.
La escena dejó frente a frente dos historias difíciles de separar.
Para quienes llegaron a recibirlo, era el regreso del exalcalde y vecino después de años lejos de su pueblo. Para los expedientes judiciales estadounidenses, era el retorno de un narcotraficante confeso que colaboró con la justicia después de reconocer una extensa trayectoria criminal.

