HomeOpiniones¿Cómo vender civismo a una generación que vive detrás de una pantalla?

¿Cómo vender civismo a una generación que vive detrás de una pantalla?

El desafío no es rescatar el pasado, sino lograr que los jóvenes quieran ser parte de él

Ya se escuchan los tambores. Las bandas de guerra ensayan nuevamente y ese sonido que durante generaciones ha anunciado la llegada de septiembre comienza a recorrer escuelas, barrios y calles de Olanchito. Vuelve el mes patrio y con él una vieja aspiración: hablar de civismo, valores, cultura e identidad.

Pero este septiembre deberíamos hacernos una pregunta incómoda: ¿cómo se le vende civismo a una generación que tiene el mundo entero dentro de un teléfono?

No es una crítica contra los jóvenes. Sería demasiado fácil responsabilizarlos porque pasan horas en TikTok, Instagram, YouTube o cualquier plataforma que mañana sustituya a las que hoy están de moda. Ellos simplemente están creciendo en el mundo que nosotros mismos construimos.

El verdadero problema es otro.

Seguimos intentando enseñar los valores del siglo XXI utilizando, muchas veces, las herramientas del siglo pasado.

Durante la Semana Cívica de Olanchito queremos hablar de trabajo, honradez, disciplina, solidaridad y amor al prójimo.

Queremos promover el cuidado del medioambiente, la salud, la alfabetización, el folclore, la inclusión social, el deporte y la agricultura.

Todo eso sigue teniendo enorme valor.

Pero competimos por la atención de un muchacho que puede deslizar su dedo sobre una pantalla y, en apenas 30 segundos, pasar de un video musical a un partido de fútbol, de ahí a un influencer y luego a una transmisión desde cualquier lugar del planeta.

Y nuestra respuesta no puede ser simplemente pedirle que guarde el teléfono y escuche.

Tenemos que conseguir que quiera escuchar.
Ahí está quizás el verdadero reto de nuestra Semana Cívica.

No debemos convertir septiembre únicamente en una sucesión de discursos, desfiles y actos protocolarios que los adultos organizamos mientras los jóvenes esperan que terminen.

Tenemos que permitirles apropiarse de la celebración.

Si queremos hablar de agricultura, llevemos a los jóvenes al campo y permitámosles contar mediante sus teléfonos la historia de quien produce nuestros alimentos. Si queremos promover el medioambiente, hagamos que documenten nuestros ríos, montañas y especies. Si queremos preservar el folclore, pongámoslo frente a las nuevas expresiones culturales en lugar de encerrarlo en una vitrina.

Si queremos hablar de deporte, inclusión, alfabetización o solidaridad, convirtamos esos valores en experiencias y no solamente en discursos.

Y utilicemos precisamente aquello que algunas veces señalamos como enemigo: la tecnología.

¿Por qué una banda de guerra de Olanchito no puede convertirse en un contenido espectacular para redes sociales? ¿Por qué nuestros jóvenes no pueden producir videos sobre personajes de nuestra historia? ¿Por qué no hacer concursos de fotografía, reels, documentales cortos, música, arte digital o historias sobre aquello que significa sentirse orgulloso de esta ciudad?

El civismo tampoco debería reducirse a conocer de memoria fechas, próceres o símbolos.

Civismo es también no tirar basura. Es respetar al vecino. Es ayudar a quien lo necesita. Es cuidar un árbol. Es estudiar. Es trabajar honradamente. Es respetar las diferencias. Es practicar un deporte. Es producir la tierra. Es sentirse responsable por el lugar donde vivimos.

Quizás hemos cometido el error de pensar que los jóvenes están perdiendo los valores cuando, en realidad, muchas veces somos nosotros quienes no hemos encontrado una manera atractiva de transmitírselos.

Las redes sociales pueden distorsionar valores, ciertamente. Premian muchas veces lo inmediato, lo escandaloso y lo superficial. Pero también pueden educar, conectar, inspirar y preservar nuestra identidad.

La batalla, entonces, no es contra la pantalla.
La batalla es por lo que colocamos dentro de ella.

Cuando los tambores comiencen a sonar este septiembre en Olanchito, no deberíamos pedirle a una nueva generación que vuelva al mundo en el que crecimos nosotros.

Deberíamos hacer algo mucho más difícil y también más emocionante:
llevar nuestros valores al mundo en el que ellos están creciendo.

Porque las formas cambian. La tecnología cambia. Los gustos cambian.
Pero la honradez, la solidaridad, el respeto, el trabajo, la cultura y el amor por nuestra tierra nunca deberían pasar de moda.

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