Olanchito, Yoro / Barcelona, España. – Lo conocí hace unos meses en el Restaurante El Corralito, apoyando a su mamá entre mesas y pedidos. No lo sabía entonces, pero estaba mirando el final de una historia que comenzó con tamales, pan casero y la convicción de una madre que decidió que su hijo llegaría lejos, aunque eso le costara madrugar todos los días de su vida.
Eduardo vendía tamales y pan a los estudiantes y maestros de la Universidad Agrícola en Catacamas. Su madre ademas laboraba en el restaurante de la amiga Regina Murillo, levantándose antes del amanecer para tener todo listo, mandando a su hijo Eduardo cuando regresaba a Catacamas con los recipientes y las bolsas a vender en los pasillos de la universidad. Él vendía. Ella producía.
Los dos estudiaban, cada uno a su manera, la misma lección: que nada que valga la pena llega sin costo.
Hoy, el ingeniero Eduardo Díaz trabaja en Barcelona.
No en cualquier empresa. En Corporación Guissona, uno de los grupos agroalimentarios más grandes e influyentes de España, reconocido en toda Europa por sus estándares de producción, su integración vertical y su capacidad de competir en los mercados más exigentes del continente.
Eduardo Díaz es egresado de la Universidad Nacional de Agricultura de Honduras, la UNAG, con sede en Catacamas, Olancho. Una institución que pocos mencionan cuando se habla de talento hondureño con proyección internacional, pero que este joven convierte hoy en referente con su trayectoria.

Su trabajo en Guissona se enfoca en la producción alimentaria moderna: inocuidad de los alimentos con los máximos estándares de seguridad sanitaria exigidos por la Unión Europea, trazabilidad total del producto desde su origen hasta el consumidor final, sistemas avanzados de empaque y conservación, y controles de calidad de nivel global que representan algunos de los procedimientos más rigurosos que existen en la industria cárnica internacional.
No va a aprender desde cero. Va a aplicar una formación que la UNAG le enseñó durante años y que las circunstancias de su vida, crecer con el ejemplo de una madre que nunca se rindió, convirtieron en algo más que conocimiento técnico: en carácter.
Detrás de cada hondureño que sale adelante hay en varios de ellos una historia que los títulos universitarios no alcanzan a contar. En el caso de Eduardo, esa historia tiene el olor de los tamales que Elsa preparaba de madrugada y la imagen de un joven universitario vendiendo el pan entre clase y clase para que los números cuadraran.

Elsa Ruiz no aparecerá en el historial académico de su hijo. No tiene diploma ni certificado que acredite lo que hizo. Pero sin ella, Eduardo no estaría en Barcelona. Estaría en otra parte, con otra historia, o quizás sin ninguna historia que valga la pena contar.
Ese reconocimiento es el primero que merece hacerse antes que cualquier otro.
El logro de Eduardo Díaz se suma a una lista de jóvenes hondureños que en los últimos años han demostrado que la formación profesional en las universidades del país, muchas veces subestimadas frente a las instituciones de las grandes ciudades, produce talento capaz de competir en los escenarios más exigentes del mundo.
La Corporación Guissona no contrata ingenieros por compromiso ni por cuotas de diversidad. Contrata por competencia. Que un egresado de Catacamas, Olancho, haya pasado ese filtro dice algo sobre él. Y dice algo sobre su universidad. Y dice algo sobre su madre.
En algún lugar de Barcelona, Eduardo Díaz está aprendiendo al ritmo de una industria que no perdona errores. Y en algún lugar de Olanchito, Elsa Ruiz está haciendo lo que ha hecho toda su vida: trabajando, sin hacer bulla, sabiendo que el fruto ya está dado.

