OLANCHITO, Yoro,. — Cada vez que llueve en Olanchito, la ciudad pierde. Pierde calles recién reparadas que el siguiente aguacero convierte en zanjos y hoyos. Pierde viviendas en la zona sur que se inundan con una regularidad que los vecinos ya asumieron como destino inevitable. Y pierde dinero público invertido en infraestructura vial que el agua deshace en cuestión de horas.
Es el problema más viejo y más caro de la ciudad. Y hasta ahora, ninguna administración municipal lo había enfrentado de raíz.
El alcalde Juan Carlos Molina tiene un plan. Es ambicioso, es costoso y, si se ejecuta, cambiaría para siempre la relación de Olanchito con el agua.
Para entender el problema hay que entender la ciudad. Olanchito está construida sobre una pendiente que desciende de norte a sur. Cuando llueve, toda esa agua baja por calles y avenidas acumulando velocidad y volumen, arrastrando tierra, arena y escombros, hasta que llega a la zona sur convertida en una corriente que inunda viviendas y destruye el pavimento que la municipalidad acaba de reparar.
“Reparamos calles que en el siguiente mes ya están dañadas otra vez”, reconoció Molina en una conversación con El Comejamo. “Es un ciclo que nos consume recursos año tras año sin que podamos cortarlo.”

El resultado es una sangría presupuestaria permanente: cada temporada de lluvias reinicia el daño, y cada temporada seca obliga a invertir de nuevo en reparaciones que no atacan la causa.
La propuesta del alcalde consiste en construir dos canales de alivio que capturen las corrientes pluviales en puntos estratégicos, antes de que desciendan sobre la trama urbana.
El primero se ubicaría al norte de la ciudad, colindando con los límites de la Tribu de Sabanetas, y conduciría el flujo hacia la quebrada Andaluz y el zanjón en el sector oeste.
El segundo iría más abajo, en el corredor entre la Calle del Comercio y las colonias La Conquista, Murillo Soto y los barrios aledaños, interceptando el agua en un segundo punto antes de que alcance las zonas más vulnerables.
“La idea es interceptar el flujo en dos puntos estratégicos para que nunca llegue con todo su volumen a las calles centrales ni a las viviendas del sur”, explicó Molina.
La lógica no es nueva. Ciudades como Guadalajara, en México, y Bogotá, en Colombia, han construido canales y túneles de desvío para controlar exactamente este tipo de amenaza pluvial. Tokio tiene uno de los sistemas subterráneos de control de inundaciones más grandes del mundo, construido con el mismo principio.
“Es un proyecto costoso, no voy a engañar a nadie. Requiere estudios de ingeniería hidráulica, diseño, movimiento de tierra importante y estructuras de concreto que duren décadas. Estamos hablando de una inversión que la municipalidad sola no puede absorber. Necesitamos el acompañamiento del gobierno central, de la Secretaría de Infraestructura, del Fondo de Inversión Social, o de cooperación internacional. Lo que sí puedo decir es que el costo de no hacerlo también es enorme: cada vez que llueve dañamos calles, inundamos familias y gastamos en reparaciones que no resuelven el problema de fondo. En el largo plazo, construir los canales es más barato que seguir remendando.” nos comento.

¿Cuándo podría comenzar a materializarse este proyecto?
“Estamos en la fase de gestión. El primer paso es tener los estudios técnicos que demuestren la viabilidad de los dos corredores que hemos identificado y que cuantifiquen con precisión el costo total. Sin esos estudios no podemos tocar ninguna puerta a nivel nacional ni internacional con seriedad. Mi compromiso es que durante esta administración avancemos al menos hasta tener el perfil técnico completo, porque el proyecto que no está diseñado no existe para los financiadores.”
El proyecto que describe el alcalde Molina no tiene precedente en la historia municipal de Olanchito. Ninguna administración anterior había planteado una solución de ingeniería hidráulica a la escala de dos canales de alivio que intercepten las corrientes antes de que desciendan sobre la trama urbana.
La propuesta convierte un problema que los comejamos han normalizado durante décadas en un desafío de infraestructura con solución técnica conocida, financiamiento pendiente y, por primera vez, un gobernante local dispuesto a nombrarlo por su nombre.

