Si hoy los niños pudieran ponernos una calificación, más de un adulto escondería la libreta. Reprobados en compartir. Recuperación en decir la verdad. Matrícula pendiente en pedir perdón. Y, sin embargo, ahí estaremos, muy solemnes, explicándoles cómo deben comportarse para convertirse en “personas de bien”.
El Día del Niño tiene esa dulce ironía: celebramos la inocencia de quienes todavía necesitan nuestra protección mientras les enseñamos, con demasiados ejemplos, las maneras de perderla.
Hoy habrá espacio para los regalos, los juegos y los confites. Ojalá también lo haya para una pregunta que incomoda más que cualquier discurso: ¿qué clase de mundo estamos poniendo en sus manos?
Nos gusta decirles que deben compartir sus juguetes. Después nos ven disputar hasta el último centímetro de una acera. Les exigimos respeto, pero escuchan cómo humillamos a quien piensa distinto. Les enseñamos que mentir está mal y, cuando suena el teléfono, les pedimos que contesten que no estamos. La educación con el ejemplo tiene esos pequeños problemas de conexión.
Tal vez convendría que este día cambiáramos de pupitre.
Que los niños nos explicaran cómo se hace un amigo sin preguntarle primero por su apellido. Cómo se organiza un partido con una pelota gastada y dos piedras como portería. Cómo una invitación a jugar puede resolver una distancia que los adultos habríamos convertido en enemistad permanente.
Claro que los niños se enojan, se equivocan y necesitan aprender. También nosotros. La diferencia es que ellos todavía tienen permiso para admitirlo. A cierta edad, en cambio, algunos confundimos la madurez con la obligación de tener siempre la razón.
Jesucristo dijo: “Dejad que los niños vengan a mí”. Hemos repetido esa invitación durante generaciones. Hace falta preguntarnos cuánto espacio les dejamos de verdad: en nuestras conversaciones, en nuestras decisiones, en nuestras prioridades.
Porque escucharlos exige algo más difícil que comprarles un regalo: detenernos.
Detener el teléfono mientras cuentan una historia que para nosotros parece pequeña y para ellos ocupa el mundo entero. Preguntarles por qué llegaron callados. Tomar en serio sus miedos. Entender que, cuando un niño dice “mírame”, muchas veces está preguntando si tiene un lugar en nuestra vida.
También hay una tarea fuera de casa. La infancia merece barrios donde jugar, escuelas que la reciban con dignidad y adultos que respondan cuando necesita ayuda. Sería saludable que nuestra eficiencia para organizar celebraciones durara hasta mañana. Incluso podríamos intentar una innovación administrativa extraordinaria: atender a un niño aunque no haya una cámara encendida.
La piñata dura una tarde. El techo de la escuela debe resistir todo el invierno. Ambas cosas pueden importarnos; el problema aparece cuando nos alcanza el entusiasmo para la fotografía y se nos termina antes de cumplir la responsabilidad.
Detrás de la palabra “niñez” hay personas concretas. El alumno al que siempre dejan fuera del equipo. La niña que teme equivocarse porque en casa cada error termina en un grito. El pequeño que guarda algo de su merienda para compartirlo. Todos están aprendiendo de nosotros, incluso cuando creemos que no nos observan.
Y también nos están enseñando.
Una sociedad más justa comienza cuando el dolor ajeno deja de parecernos un asunto distante; cuando cumplir una promesa importa; cuando el más fuerte aprende a cuidar. Son lecciones sencillas. Lo difícil, al parecer, ha sido conseguir que los adultos hagamos la tarea.
Celebremos hoy a nuestros niños. Abracémoslos, juguemos con ellos, dejemos que nos llenen la tarde de preguntas. Y cuando se apaguen las luces de la fiesta, conservemos al menos una.
Que ningún niño tenga que dejar de ser niño para sobrevivir al mundo que nosotros construimos.

