TRUJILLO, Colón.— El Valle del Aguán volvió a despertar este jueves bajo el sonido de las ráfagas y el miedo. Al menos Trece personas fueron asesinadas dentro de una finca de palma africana en la comunidad de Rigores, municipio de Trujillo, en una de las peores masacres registradas en la región en los últimos años y que vuelve a colocar el conflicto agrario y la violencia armada en el centro de la tragedia hondureña.
La matanza ocurrió en la finca Paso Aguán, donde las víctimas campesinos y trabajadores agrícolas se encontraban reunidas en una galera utilizada como punto de encuentro antes de iniciar la jornada laboral.
Según testimonios preliminares de pobladores, hombres armados vestidos con indumentaria similar a la policial irrumpieron en el lugar y abrieron fuego indiscriminadamente contra quienes se encontraban allí.
Cuando los primeros medios locales llegaron a la escena, los cuerpos ya nonestanan sobre el suelo de tierra, rodeados de sillas verdes plásticas, mochilas, gorras y cajas vacías de proyectiles de armas de fuego. Varias de las víctimas aún portaban botas de trabajo, evidencia de que se dirigían a sus labores en las plantaciones de palma africana cuando fueron sorprendidas por el ataque.

De acuerdo con información preliminar, entre las personas asesinadas habría tres mujeres que serían hermanas, aunque las autoridades aún no habían oficializado la identidad de todas las víctimas hasta avanzada la mañana.
Versiones de vecinos sostienen que los trabajadores estaban siendo llamados y registrados antes de salir a las labores del día cuando los atacantes ingresaron a la galera y comenzaron a disparar. El ataque habría ocurrido en cuestión de minutos.
La magnitud de la escena ha elevado el temor entre los pobladores del sector, especialmente porque existen sospechas de que podrían hallarse más personas fallecidas dentro de las extensas plantaciones de palma cercanas al lugar del crimen.

La masacre ocurre en uno de los territorios históricamente más golpeados por la conflictividad agraria, las disputas por la tierra y la presencia de grupos armados en el Bajo Aguán, una región marcada durante décadas por enfrentamientos, desplazamientos y asesinatos vinculados al control territorial y productivo de las plantaciones agrícolas.


