TRUJILLO, Colón.— Lorgia Jovina Álvarez tenía 74 años cuando cruzó el escenario de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán para recibir su título de Técnico en Educación Básica. No había nadie más emocionado en ese salón que ella. Y probablemente nadie con una historia más larga detrás de ese momento.
Setenta y cuatro años. Sesenta y seis de ellos cargando una vida que empezó dura y nunca se volvió fácil.
Huérfana a los ocho, madre a los dieciséis
Nació el 2 de marzo de 1947 en Trujillo, Colón, y quedó huérfana antes de cumplir los diez años. No hubo tiempo de llorar demasiado: los campos bananeros de la costa norte hondureña se convirtieron en su primera escuela, no de libros, sino de vida.
Aprendió a cargar responsabilidades que no eran suyas por edad pero sí por circunstancia — cuidó sobrinos, sostuvo lo que había que sostener, y entre todo eso, encontró un momento para ir a la escuela.
A los 16 años llegó la maternidad. Para muchas jovencitas de su generación, ese habría sido el punto final de cualquier sueño de superación. Para Lorgia fue apenas una curva en el camino.
La aguja, la lotería y los 37 años vendiendo esperanza ajena
Sin más herramienta que su determinación, aprendió a coser. Confeccionaba ropa, buscaba trabajo, viajaba. Estuvo en San Pedro Sula trabajando en la industria textil. Llegó a Tegucigalpa buscando oportunidades que no siempre se materializaron. Volvió a Trujillo. No se quedó quieta.

A los 25 años entró como vendedora de la Lotería Nacional. Durante 37 años — hasta el 2005 — recorrió calles vendiendo boletos de suerte, mientras en paralelo construía la propia.
En 1972 se formó como modista profesional en el INFOP. Rifas, ventas, confecciones: cualquier medio honrado era válido para mantener a su familia a flote.
La escuela que construyó con 38 lempiras
En 1975, siendo la primera presidenta de la Feria de San Martín en su comunidad, Lorgia hizo algo que la define mejor que cualquier título: construyó una escuela. Tenía 38 lempiras y una convicción que no cabía en ninguna cartera.
Junto a un patronato, gestionó, insistió, tocó puertas hasta que el proyecto fue aprobado. Ese centro educativo hoy lleva el nombre de Rafael Pineda Ponce y sigue de pie como el legado más tangible de su vida.
Cuando no había maestros para llenar los salones, ella misma enseñó de forma voluntaria. Fue en ese acto gratuito y generoso donde descubrió que su verdadera vocación no era coser ropa ni vender lotería: era educar.
Estudiar de noche mientras criaba de día
Retomó su educación desde la primaria — la completó en Guaticanola — y continuó en jornada nocturna en el Instituto Departamental Espíritu del Siglo, mientras criaba a sus hijos. Se graduó como secretaria taquimecanógrafa en la Escuela La Milagrosa. Desde 1982 comenzó a trabajar como facilitadora en programas de educación nocturna.
En 2003, a los 56 años, obtuvo su Bachillerato en Ciencias y Letras. En 2005, a los 58, se graduó como Maestra de Educación Primaria. En ese punto, cualquiera habría dicho que la historia estaba completa. Lorgia no pensó lo mismo.

74 años y un título universitario
Ingresó a la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. El 6 de enero de 2022, a los 74 años de edad, recibió su Técnico en Educación Básica. Hoy, con 79 años y buena salud, tiene la licenciatura prácticamente concluida.
Sigue dando clases. Cada mañana llega a la Escuela Elsi Esther Pérez, en la comunidad de Villa Hermosa, Santa Rosa de Aguán, Colón, y enfrenta a sus alumnos con la misma convicción de siempre. Es madre de seis hijos y figura materna de ocho más que crió como propios. Sus títulos son muchos; su legado más importante son las vidas que tocó.
El mensaje que deja
A la juventud hondureña, Lorgia le deja un mensaje que no necesita muchas palabras, para calar hondo: estudiar es el camino para romper cadenas invisibles. La pobreza más dura, dice ella, no es la material — es la ignorancia. Y el conocimiento, junto a la fe, son las herramientas para alejarse de los caminos que destruyen.
Hay vidas que no solo se cuentan. Se honran.

