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“Xatruch – Catracho”: El apellido catalán que le dio nombre a todo un pueblo

Un inmigrante de Tarragona llegó a Honduras en 1802. Su hijo se convirtió en general, derrotó a un invasor estadounidense y, sin proponérselo, regaló a los hondureños la palabra con la que se identifican hasta hoy: catrachos. Serie Honduras Oculta

Cada vez que un hondureño dice “soy catracho” con el pecho inflado, está, sin saberlo, pronunciando el apellido deformado de un militar nacido hace más de dos siglos. La historia de cómo ese apellido se convirtió en identidad nacional involucra a un inmigrante catalán, a un aventurero estadounidense que quiso esclavizar Centroamérica y a cientos de soldados que pelearon en tierra extraña por una causa regional.

Todo comienza en Vilaseca, una pequeña población de la provincia de Tarragona, en Cataluña. En 1802, Ramón Xatruch tomó un barco rumbo al Nuevo Mundo y desembarcó en Honduras. Nueve años después, en 1811, nació su hijo Florencio Xatruch Villagra en San Antonio de Oriente, municipio del departamento de Francisco Morazán. El muchacho creció con un apellido que los centroamericanos encontraban difícil de pronunciar. Nadie imaginaba entonces que esa dificultad lingüística terminaría por bautizar a toda una nación.

“Ya desde la escuela nos enseñaron que a los soldados del comandante Florencio Xatruch se les llamaba los xatruches, luego catruches y eventualmente evolucionó hasta los catrachos.”

Florencio Xatruch Villagra, militar hondureño que comandó las fuerzas aliadas centroamericanas contra William Walker y cuyo apellido terminaría dando origen al término “catracho”.

Florencio no era un hombre de letras menores. Estudió derecho en la Universidad de León, Nicaragua, y al regresar a Honduras se unió a los ejércitos del general Francisco Morazán. El 14 de marzo de 1832, el propio Morazán lo ascendió a sargento. Con el tiempo acumuló rangos, victorias y enemigos en igual medida. En 1841 era ya capitán. En 1848, diputado al Congreso Nacional por Choluteca. En 1864, la Asamblea General lo declaró vicepresidente de la República.

Pero la historia que lo inmortalizaría no ocurriría en suelo hondureño, sino en Nicaragua, y no sería política, sino militar.

En 1855, un periodista y mercenario de Nashville, Tennessee, llamado William Walker desembarcó en Nicaragua al frente de una banda de soldados de fortuna. Walker tenía un plan que hoy parece salido de una novela: apoderarse de Centroamérica, introducir la esclavitud, declarar el inglés como idioma oficial y convertir la región en un estado vasallo de los Estados Confederados del Sur.

El 12 de julio de 1856 se autoproclamó presidente de Nicaragua, en unas elecciones que él mismo organizó y en las que obtuvo, convenientemente, cerca del 70 por ciento de los votos.

El gobierno de Walker fue reconocido como legítimo por el presidente estadounidense Franklin Pierce. Su régimen fue el único en la historia de Centroamérica dirigido por un ciudadano extranjero. Walker fue capturado y fusilado en Trujillo, Honduras, el 12 de septiembre de 1860.

La amenaza era tan evidente que los cinco países centroamericanos hicieron algo inusual: dejaron de lado sus guerras internas y se unieron. Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica formaron el Ejército Aliado Centroamericano. El presidente hondureño José Santos Guardiola envió a Nicaragua más de 300 soldados hondureños bajo el mando del general Florencio Xatruch.

En diciembre de 1856, cuando las tropas aliadas entraron a la ciudad de Granada, los comandantes de los cinco ejércitos tomaron una decisión que consolidaría para siempre la figura de Xatruch: lo nombraron generalísimo de las fuerzas armadas centroamericanas unidas.

Fotografía histórica del general Florencio Xatruch, héroe de la Campaña Nacional de 1856 y figura central en la identidad histórica de Honduras.

Era el jefe supremo de toda la coalición. Sus hombres pelearon con tal valentía en las batallas de Masaya y Granada que los propios nicaragüenses los reconocían de inmediato por su apellido.

El folclorista Jesús Muñoz Tábora documentó el proceso fonético con precisión. Los nicaragüenses, al no poder pronunciar correctamente “Xatruch”, comenzaron a llamar a los soldados hondureños “xatruches”. Cuando los combatientes regresaban victoriosos a los poblados, la gente salía a recibirlos con gritos de “ahí vienen los xatruches”.

Con el uso cotidiano, la palabra fue mutando. El historiador Noé Pineda Portillo lo reconstruye así en su libro Identidad y apodos colectivos en Centroamérica: primero “xatruches”, luego “catruches” y finalmente “catrachos”.

La Biblioteca Enrique Bolaños de Nicaragua confirma la misma versión: los hondureños comenzaron a ser llamados “xatruches” y, por deformación fonética progresiva, el término evolucionó hasta convertirse en “catrachos”. No fue un decreto, ni una decisión deliberada. Fue el folklore funcionando: la boca de la gente moldeando la historia sin que nadie se lo propusiera.

Xatruch regresó a Honduras como héroe. En 1871, con el apoyo del gobierno salvadoreño, invadió el país con trescientos hondureños y setecientos soldados vicentinos, derrocó al presidente José María Medina y se proclamó presidente provisional el 26 de marzo de ese año desde la ciudad de Nacaome.

Su presidencia duró menos de dos meses: el 23 de mayo fue derrocado por las mismas fuerzas de Medina que creyó haber vencido definitivamente, y se exilió en Nicaragua.

Murió en Managua el 15 de febrero de 1893. Nicaragua, el país donde había sido héroe cuatro décadas antes, le rindió honores. El Congreso nicaragüense ordenó colocar sobre su tumba una placa que rezaba: “Nicaragua al hondureño de origen y nicaragüense por adopción, General Don Florencio Xatruch, testimonio de admiración y gratitud por los servicios prestados a la Patria.”

La inscripción sobre la tumba de Florencio Xatruch agradece al militar hondureño “los servicios prestados a la patria”, reflejando el reconocimiento histórico que Nicaragua le otorgó tras su muerte en 1893.

Hoy el apellido Xatruch existe en Honduras de tres formas simultáneas. La primera es la más cotidiana: cada vez que alguien en cualquier parte del mundo dice “catracho”, está pronunciando, sin saberlo, una versión deformada de ese apellido catalán. La segunda es el Batallón Xatruch, nombre que Honduras le dio en 2003 al contingente de soldados que envió a Irak para colaborar en su reconstrucción, como si la historia se repitiera: tropas hondureñas marchando a tierra extraña bajo el nombre del general. La tercera forma en que el apellido sobrevive es la más inesperada, y viene de Barcelona.

El mejor restaurante del mundo en 2024 lleva en su cocina el mismo apellido que le dio nombre a todos los hondureños. Su chef no lo sabía hasta hace muy poco.

Eduard Xatruch, nacido en 1981 también en Vilaseca, Tarragona —el mismo pueblo del que partió Ramón Xatruch en 1802—, es copropietario del restaurante Disfrutar en Barcelona. En 2024, Disfrutar fue clasificado como el mejor restaurante del mundo por la lista The World’s 50 Best Restaurants, la distinción más importante de la gastronomía global. Un proveedor y una clienta le entregaron su árbol genealógico como regalo, y ahí encontró la conexión: un antepasado suyo, Josep Joan Pere Pascual Xeltruch Guardiola, era hermano del tatarabuelo de Florencio Xatruch Villagra. La misma sangre, el mismo apellido, la misma aldea de Tarragona.

Eduard nunca ha visitado Honduras. Pero ha dicho que le gustaría hacerlo. Y hay otro detalle que la historia guarda como un guiño final: el hijo de Esteve Guardiola, el hombre que viajó a Honduras junto con Ramón Xatruch en 1802, se llamaba José Santos Guardiola, y también llegó a ser presidente de Honduras, entre 1856 y 1862. El mismo año en que Florencio Xatruch combatía en Nicaragua y los nicaragüenses inventaban, sin querer, el gentilicio de toda una nación.

Monumento erigido en honor a Florencio Xatruch en Nicaragua, país que reconoció su papel decisivo en la guerra contra el filibustero William Walker.

En el pueblo de donde salió esa familia hace más de dos siglos, ningún niño sabe que el apellido que llevan se pronuncia diferente al otro lado del Atlántico. Allá se dice “Xatruch”. Acá, hace 170 años, alguien que no podía pronunciarlo lo convirtió en algo más grande: una identidad de millones.

Ser catracho no es solo un gentilicio. Es la historia de un apellido que cruzó un océano, ganó una guerra y sobrevivió en la boca de la gente mucho más tiempo que cualquier monumento.

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