Confieso que últimamente me da cierto miedo entrar a Facebook o TikTok. No porque tema que me roben la cuenta, sino porque después de escuchar durante media hora a algunos mal llamados influencers, uno corre el riesgo de salir sabiendo menos de lo que sabía cuando entró.
Y el Censo Nacional de Población y Vivienda nos acaba de regalar una extraordinaria demostración.
El INE comenzó un operativo nacional que pretende hacer algo bastante revolucionario: contar a los hondureños y conocer cómo viven. Sí, contar personas, viviendas, servicios, educación, empleo y otras condiciones básicas. Algo que los países realizan desde hace décadas para saber qué tienen, qué necesitan y hacia dónde deben dirigir sus recursos.
Pero entonces apareció la universidad contemporánea de la desinformación: TikTok y Facebook.
Y allí comenzó la cátedra.
“No abran la puerta”.
“Córranlos”.
“Eso es para controlar a la gente”.
“Van tomando fotografías”.
“Quieren saber por quién van a votar”.
Y una de mis favoritas: “están revisando los contadores porque quieren poner medidores de energía prepago”.
Todo pronunciado, por supuesto, con esa seguridad extraordinaria que solamente proporciona no tener la menor duda sobre aquello que tampoco se ha investigado.
Aquí está el verdadero problema.
Durante años creímos que las redes sociales democratizarían la información. Y en buena medida lo hicieron. Permitieron denunciar abusos, mostrar acontecimientos en tiempo real y darle voz a personas que antes difícilmente podían acceder a los medios.
Pero también ocurrió algo que quizás no calculamos suficientemente:
democratizamos el micrófono, no el conocimiento.
Hoy tener 50,000 seguidores puede hacer creer a alguien que posee 50,000 certificados universitarios.
No funciona así.
Ser popular no convierte automáticamente a una persona en periodista, economista, abogado, médico, ingeniero ni experto en políticas públicas.
Un creador de contenido puede entretener, hacer reír y hasta aportar enormemente a una comunidad. El problema comienza cuando la cantidad de seguidores sustituye a las fuentes y una sospecha personal comienza a presentarse como un hecho.
Y allí deja de ser entretenimiento.
Se convierte en desinformación.
Resulta curioso observar la conspiración construida alrededor de algo tan elemental.
Los Estados necesitan saber cuántas personas viven en su territorio, dónde están y bajo qué condiciones.
¿Cómo se decide dónde construir una escuela si desconocemos cuántos niños viven allí?
¿Cómo planificamos hospitales sin conocer la población?
¿Cómo sabemos dónde falta agua potable, saneamiento, electricidad o vivienda?
¿Cómo puede un municipio defender ante el Gobierno o un organismo internacional la necesidad de inversión si carece de información actualizada sobre su población?
Un país que desconoce esos datos se parece a una empresa cuyo dueño ignora cuántos empleados tiene, cuánto produce, qué necesita y cuánto debe.
Pero aquí hemos conseguido convertir incluso contar habitantes en una conspiración internacional.
Eso sí requiere talento.
Otra teoría asegura que el censista anda detrás del contador de energía eléctrica.
Supongamos por un instante que alguien quisiera conocer información sobre su servicio eléctrico.
Hay un pequeño detalle: esa información ya existe en los registros de la empresa que presta el servicio. No necesitarían desplegar miles de censistas por Honduras para descubrir que una vivienda tiene electricidad.
Y resulta todavía más curioso el terror repentino a un recibo de energía.
Cuando el banco solicita un recibo para acreditar domicilio, aparece.
Cuando una empresa lo solicita para realizar un trámite, aparece.
Cuando necesitamos demostrar dónde vivimos, aparece.
Pero llega un censista y aparentemente aquel contador se transforma en material clasificado de seguridad nacional.
La coherencia también debería entrar algún día en nuestras casas.
Tampoco estoy diciendo que el ciudadano deba confiar ciegamente en cualquiera que toque su puerta.
Todo lo contrario.
Desconfiar razonablemente es saludable.
Verifique la identificación del censista. Revise su gafete. Confirme que corresponda al operativo oficial. Pregunte si tiene dudas. Y si algo le parece irregular, comuníquese con las autoridades correspondientes.
Eso es ciudadanía responsable.
Lo irresponsable es agarrar un teléfono, grabarse durante tres minutos y decirle a miles de personas que expulsen a los censistas porque alguien “escuchó por ahí” que vienen a instalar medidores prepago.
La diferencia entre cuestionar y desinformar es sencilla:
quien cuestiona busca respuestas; quien desinforma ya inventó una.
Y allí está quizá el problema que más debería preocuparnos.
Antes, una tontería pronunciada en una esquina era escuchada por cuatro personas.
Hoy puede recibir 100,000 reproducciones antes del almuerzo.
El algoritmo no pregunta si algo es verdadero. Pregunta si logra mantenernos mirando la pantalla.
Una mentira escandalosa puede viajar mucho más rápido que una explicación seria porque la primera provoca miedo, indignación y comentarios; la segunda exige algo que las redes parecen valorar cada vez menos: atención.
Por eso debemos dejar de medir la credibilidad por seguidores.
Hay personas con pocos seguidores que investigan antes de hablar y personas con multitudes detrás que pueden repetir una falsedad con extraordinaria convicción.
La fama digital mide atención.
No mide inteligencia.
Después de tantos años sin un censo completo, Honduras necesita saber cómo cambió.
Cuántos somos.
Dónde vivimos.
Cuántos emigraron.
Dónde faltan escuelas.
Qué comunidades crecieron.
Dónde hacen falta servicios públicos.
Cuántas viviendas existen y cuáles son sus condiciones.
Esa información no resolverá mágicamente nuestros problemas. Un censo mal utilizado termina convertido simplemente en estadísticas archivadas.
Pero sin información confiable, planificar se vuelve todavía más difícil.
Por eso podemos y debemos vigilar al Estado, exigir transparencia, preguntar cómo se protegerán los datos y reclamar que posteriormente las estadísticas se conviertan en decisiones públicas.
Lo que no podemos hacer es sustituir esa vigilancia por paranoia fabricada para conseguir reproducciones.
Porque el problema nunca fue TikTok.
Tampoco Facebook.
Las plataformas son herramientas.
El verdadero problema comienza cuando dejamos de preguntarnos si lo que estamos escuchando tiene evidencia simplemente porque quien lo dice habla fuerte, mira fijamente a la cámara y tiene muchos seguidores.
Así que no, estimado influencer: el censista probablemente no viene por su contador, no está interesado en descubrir su voto y tampoco necesita conocer la teoría que usted escuchó ayer mientras hacía un live.
Viene a contar habitantes.
Déjelo trabajar.
Y si todavía tiene dudas, investigue, consulte fuentes y después opine.
Porque opinar es un derecho.
Pero convertir la ignorancia en contenido y después repartirla entre miles de personas no debería parecernos una virtud.

