HomeOpinionesEl país que exige tanto al maestro, ¿qué le está enseñando?

El país que exige tanto al maestro, ¿qué le está enseñando?

Hay una forma cómoda de celebrar el Día del Maestro en Honduras: regalar una flor, pronunciar un discurso y volver mañana a tratar la educación como un asunto que puede esperar. La ceremonia dura una mañana. Las consecuencias de esa indiferencia duran generaciones.

Hoy vale la pena interrumpir el aplauso para hacernos una pregunta incómoda: ¿con qué autoridad exigimos que los maestros formen un país mejor si tantas veces les pedimos trabajar entre las contradicciones del país que nosotros mismos sostenemos?

Les pedimos que enseñen honestidad mientras los adultos buscamos atajos. Que formen ciudadanos respetuosos mientras convertimos la humillación en entretenimiento. Que inculquen el valor del esfuerzo mientras celebramos el éxito sin preguntar cómo se consiguió. Después miramos hacia el aula y preguntamos por qué se están perdiendo los valores.

Quizá antes de revisar el cuaderno del alumno deberíamos revisar el ejemplo de los mayores.

Un maestro vive en esa frontera difícil entre lo que una sociedad dice que quiere y lo que está dispuesta a hacer para conseguirlo. Recibe a los niños con sus preguntas, sus talentos y también con cargas que no escogieron. Hay silencios que llegan desde la casa. Hay conductas detrás de las cuales se esconde una necesidad de atención. Enseñar exige conocer una materia, pero también aprender a mirar a quien intenta comprenderla.

Por eso, el legado de un buen docente rara vez cabe en un diploma.
Permanece en el adulto que recuerda quién le enseñó a leer sin avergonzarlo por su lentitud. En la mujer que se atrevió a estudiar porque alguien reconoció su capacidad. En el joven que estuvo a punto de abandonar sus sueños y encontró una voz que le dijo: intentémoslo otra vez.

A veces, una frase pronunciada frente a un pupitre acompaña a una persona durante toda la vida. Esa es la dimensión del oficio. También su responsabilidad.

Porque honrar al magisterio exige hablar con honestidad. El aula puede abrir caminos, pero también puede dejar heridas. Quien enseña tiene el deber de prepararse, escuchar, evaluar con justicia y corregir sin destruir la dignidad. La vocación merece reconocimiento; el abandono de esa responsabilidad merece ser señalado.

Defender la educación implica exigir calidad y ofrecer las condiciones para alcanzarla.
Lo que resulta insostenible es utilizar la vocación como sustituto de todo lo demás. Como si amar la enseñanza resolviera las carencias. Como si el compromiso personal pudiera reemplazar indefinidamente una política educativa seria.

La palabra «héroe» puede convertirse en una excusa cuando sirve para pedir sacrificios sin asumir obligaciones.

Honduras necesita respetar al maestro más allá de la fecha. Ese respeto debe verse en las prioridades públicas, en el acompañamiento de las familias y en la disposición de los propios docentes a seguir aprendiendo. Educar requiere una responsabilidad compartida. Ningún salón puede sostener, por sí solo, todo lo que se desatiende afuera.

Hoy pensemos en ese maestro cuyo nombre todavía recordamos. En su paciencia, en su firmeza, en aquella oportunidad que nos dio cuando quizá ni nosotros creíamos merecerla. Recordemos también que detrás del oficio hay una persona: alguien que se cansa, que tiene preocupaciones y que necesita sentirse escuchado.

Agradecerle de verdad nos compromete.
Nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo con lo que nos enseñó. Si aprendimos a leer, pero seguimos sin comprender al otro. Si aprendimos a sumar, pero nunca a compartir. Si memorizamos la palabra respeto y todavía no sabemos practicarla.

El homenaje más difícil al maestro comienza cuando termina el discurso: vivir de una manera que honre sus lecciones.

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