OLANCHITO, YORO.— Si pudiera caminar hoy por el Olanchito de 1943, probablemente me costaría reconocerlo. No encontraría la ciudad que conozco, ni el movimiento comercial de nuestros días. Pero si tuviera la fortuna de llegar a la Escuela Modesto Chacón la tarde del 28 de febrero de 1943, encontraría un salón repleto de padres de familia y sería testigo, sin saberlo todavía, del instante en que comenzó a escribirse una de las páginas más importantes de la educación de la ciudad civica.
La crónica oficial sitúa allí el comienzo.
Se clausuraba el año escolar de la Escuela Modesto Chacón. Padres y madres llenaban el salón cuando el doctor Octavio Bennet hizo una sugerencia al profesor Francisco Murillo Soto: organizar a los padres de familia y emprender las gestiones para crear un instituto de segunda enseñanza.
Aquella propuesta pudo quedarse simplemente en palabras.
No ocurrió.
De aquella reunión nació una organización y, de aquella organización, un sueño que cumpliría en 2026 83 años de historia.
La Sociedad de Padres de Familia quedó presidida por el profesor Francisco Murillo Soto. El doctor Octavio Bennet fue vicepresidente; Efraín Ponce Tejeda, secretario; Dionisio Romero Narváez, prosecretario; Francisco Núñez Oseguera, tesorero; y Alejandro Galo, fiscal.
Como vocales participaron Enrique Torres, Andrés Alvarado Puerto, Salomón Sosa Navarro, Félix Soto Puerto y Carlos Chavarría, entre otros ciudadanos.
Pero tener una directiva era apenas el principio.
Hacía falta dinero.
Y entonces ocurrió uno de esos episodios que explican mucho mejor la historia de una ciudad que cualquier placa conmemorativa.
Me imagino aquellas calles de tierra, aquellas viviendas del Olanchito de los años cuarenta y a los integrantes de la junta explicando una y otra vez la misma idea: queremos abrir un colegio para nuestros hijos.
Y el pueblo respondió.
Contribuyeron profesionales y comerciantes, pero también amas de casa y lavanderas. Hubo aportaciones de apenas 50 centavos de lempira y otras que alcanzaron los 10 lempiras.
No todos podían entregar lo mismo.
Pero cada moneda decía exactamente lo mismo: Olanchito quería educación.
Ya había dinero.
Faltaba algo quizás todavía más difícil: el permiso del Gobierno.
Honduras estaba bajo el periodo del general Tiburcio Carías Andino.
La Sociedad de Padres de Familia solicitó al diputado Mauricio Ramírez que realizara las gestiones correspondientes para conseguir la autorización gubernamental.
Los primeros intentos fracasaron.
La respuesta pudo haber terminado allí.
Pero aquellos padres decidieron que, si la puerta no se abría desde abajo, intentarían tocarla más arriba.
Y tomaron una decisión extraordinaria para las posibilidades de la época: viajar expresamente en avión hasta la ciudad de Yoro.
El objetivo era entrevistarse con el abogado Plutarco Muñoz P., entonces presidente del Congreso Nacional.
Muñoz escuchó la petición de Olanchito, se interesó en el proyecto y se comprometió a intervenir personalmente ante el Gobierno.
La espera terminó semanas después.
El 15 de abril de 1943, Plutarco Muñoz envió un telegrama a la Sociedad de Padres de Familia.
Traía las noticias que durante semanas habían esperado.
El acuerdo para autorizar la creación del colegio de segunda enseñanza sería emitido el 17 de abril de 1943.
Y así ocurrió.
Olanchito tendría finalmente su instituto.
La noticia provocó entusiasmo en la ciudad. Un telegrama atribuido a un corresponsal de La Voz de Olanchito, fechado el día 18, dejó constancia de aquel momento y anunciaba que el nuevo centro educativo comenzaría a funcionar el 1 de junio.
Habían transcurrido menos de dos meses desde aquella reunión en la Escuela Modesto Chacón.
Lo que comenzó como una moción ya tenía autorización oficial.
Ahora faltaba ponerle nombre.
El nombre escogido no fue casual.
El instituto honraría a Francisco Javier Mejía, nacido el 3 de diciembre de 1869, un Olanchito que desarrolló una extraordinaria carrera en el periodismo, la educación y la política hondureña.
Su trayectoria intelectual tuvo una estrecha relación con La Ceiba. Allí fundó los periódicos “Patria” y “Pueblo”.
En 1891 fue redactor de “Combate”, publicación que defendía la candidatura presidencial del general Ponciano Leiva, y desempeñó labores similares en “Eco Popular”.
Entre 1900 y 1901 fue alcalde de La Ceiba. Durante su gestión impulsó iniciativas educativas y se le atribuye la fundación de las escuelas de varones Francisco Morazán y de niñas Guadalupe Quesada. También fundó la librería La Estrella, considerada una de las más importantes de aquella ciudad.
Su historia continuó entre imprentas, periódicos y política.
En febrero de 1902, junto al abogado Juan Bustillo Rivera, participó en una campaña en favor del general Manuel Bonilla desde el semanario El Iniciador. Posteriormente colaboró con Diario de Honduras.
En 1903 adquirió la imprenta La Estrella, fortaleciendo todavía más su relación con el periodismo escrito, y años después colaboró con El Comercio.
En 1911 representó a Honduras en un Congreso de Periodistas Centroamericanos celebrado en Guatemala.
Pero su ascenso político lo llevaría mucho más lejos.
Ocupó en diferentes administraciones las secretarías de Guerra y Marina, Hacienda y Crédito Público, y Gobernación y Justicia, además de figurar como primer designado a la Presidencia de la República.
Su nombre llegó incluso a considerarse dentro de la sucesión presidencial.
Francisco J. Mejía murió en enero de 1919, después de haber figurado como candidato presidencial.
Veinticuatro años después de su muerte, su nombre regresaría definitivamente a Olanchito.
Esta vez sobre la puerta de un colegio.
La creación del instituto resolvía un problema que las familias de Olanchito que padecían desde hacía años.
Desde 1924, cuando dejó de funcionar el colegio Pedro Nufio, fundado por el profesor Joaquín Reyes Tejeda, Olanchito había quedado sin una alternativa local estable de educación secundaria.
Quienes deseaban que sus hijos continuaran estudiando y podían costearlo tenían que enviarlos principalmente a La Ceiba, Juticalpa o Tegucigalpa.
Para muchas familias aquello simplemente no era posible.
Por eso la fundación del Francisco J. Mejía significó mucho más que abrir unas aulas.
Significó acercar la educación secundaria a los hijos de una ciudad que hasta entonces veía cómo continuar estudiando dependía, demasiadas veces, de la capacidad económica para marcharse.
El Francisco J. Mejía que conocemos hoy no comenzó en su actual edificio.
Según la crónica histórica, sus primeras clases fueron impartidas en un inmueble contiguo al sitio donde posteriormente funcionaría la Imprenta Fortuna.
Después se trasladó al local ocupado por la Biblioteca Pública.
La matrícula continuó creciendo y la institución necesitó más espacio. Funcionó también en un edificio anexo y en el inmueble conocido como Casa Blanca, frente al antiguo Mercado Municipal de Olanchito.
Allí se distribuyeron oficinas administrativas, biblioteca y aulas.
El colegio iba creciendo junto con la ciudad.
Hasta que llegó el momento de construir una casa definitiva.
En 1973 comenzó la construcción de un nuevo edificio.
Los terrenos fueron donados por doña Caridad Posas de Ponce, propiedad de los herederos Ponce Posas.
Finalmente, en 1974, estudiantes y maestros se trasladaron al nuevo y moderno edificio propio.
Treinta y un años habían transcurrido desde aquella reunión de padres de familia en la Escuela Modesto Chacón.
El instituto que había comenzado con monedas recogidas casa por casa tenía ahora su propio hogar.
El Francisco J. Mejía nació bajo la modalidad de colegio semioficial.
Eso significaba que los alumnos debían pagar una cuota destinada al mantenimiento de la institución.
Con el paso de los años comenzó otra lucha.
Esta vez sus protagonistas serían estudiantes, docentes y padres de familia, quienes se movilizaron persistentemente para exigir su oficialización.
La presión rindió frutos.
En abril de 1981, el Instituto Francisco J. Mejía fue finalmente oficializado.
La cuota desapareció y el decano de los centros de segunda enseñanza de Olanchito inició una nueva etapa.
Resultaría imposible contar la historia del Mejía únicamente desde sus edificios.
Una institución educativa está hecha fundamentalmente de personas.
Su primer director fue precisamente el hombre que había presidido aquella Sociedad de Padres de Familia en 1943: Francisco Murillo Soto.
Después ocuparon la dirección Julio C. Benítez, Jesús Medina Nolasco, nuevamente Francisco Murillo Soto, José Antonio Murillo Soto, Eliseo Sánchez Aplicano, Saúl Ponce Díaz, Vidalina Caballero ad honorem, Santiago Guillén Carbajal, Concepción Manuel Martínez, Donaldo Bonilla Alvarado, Luis Roberto Munguía Bulnes y Catalino Peña Leiva, Lorena Salgado y su actual Director el Master Carlos Eduardo Espinoza.
En tiempos más recientes asumió la dirección Lorena Salgado, entre 2022 y 2023, y desde 2023 la institución es dirigida por el máster Carlos Eduardo Espinoza.
En la subdirección dejaron también su aporte Vidalina Caballero, Max Sorto Batres, Ofelia Posas Núñez, Danilo Longino Martínez, Esmeralda Benegas y Martina Cruz Núñez.
Pero detrás de esos nombres existe una lista mucho más extensa.
Son decenas y decenas de maestros.
Algunos permanecen en la memoria de antiguos estudiantes por una clase inolvidable; otros por su disciplina, sus consejos, su carácter o una anécdota que todavía provoca risas cuando las promociones vuelven a encontrarse.
Por sus aulas pasaron educadores como Alicia Ramos de Orellana, Ramón Durán Hernández, Modesto Herrera Munguía, J. Joaquín Mayorga Amador, Vidalina Caballero, Renán Núñez, Antonio Espinal, Wilfredo Medina, Raimunda de Valerio, Cristelia Margarita Soto Sevilla, Julio C. Benítez, Jesús Medina Nolasco, José Antonio Murillo Soto, Saúl Ponce Díaz, Santiago Guillén Carbajal, Donaldo Bonilla Alvarado, Adalberto Paz Arita, Max Sorto Batres, Santiago Saybe Mejía, Marel Medina Bardales y muchos otros.
Luego vendrían nuevas generaciones de docentes, licenciados, técnicos y personal administrativo que prolongaron aquella misión iniciada en 1943.
Cada generación fue entregándole el colegio a la siguiente.
He intentado imaginar muchas veces qué dirían las paredes del Francisco J. Mejía si pudieran contar lo que han visto.
Probablemente hablarían menos de fechas y más de personas.
Contarían del muchacho que llegó nervioso el primer día de clases y años después salió convertido en bachiller.
De la maestra que explicó una lección cientos de veces hasta verla comprendida.
De los recreos.
De los exámenes.
De los primeros amores.
De las discusiones estudiantiles.
De los actos cívicos, los desfiles, los deportes, las graduaciones y los abrazos de despedida.
Hablarían también de alumnos que posteriormente se convirtieron en maestros, profesionales, comerciantes, empresarios, funcionarios, agricultores, padres y madres de familia.
Y seguramente recordarían a quienes ya no están.
Porque después de 83 años, la historia del Francisco J. Mejía dejó de pertenecer exclusivamente a una institución.
Pasó a formar parte de la memoria de Olanchito.
Todo comenzó con 50 centavos
Quizás por eso, cuando regreso al comienzo de esta historia, no pienso primero en el edificio actual.
Pienso en aquellas monedas.
En una lavandera entregando lo que podía.
En una ama de casa buscando unos centavos.
En un comerciante aportando algunos lempiras.
En aquellos padres subiéndose a un avión rumbo a Yoro porque se negaban a aceptar un no como respuesta.
Y pienso en algo todavía más poderoso: probablemente muchos de ellos nunca imaginaron cuántos miles de jóvenes atravesarían después las aulas del colegio que estaban ayudando a crear.
Ellos no construyeron solamente un instituto. Construyeron oportunidades para generaciones que todavía no habían nacido.
Hoy el Francisco J. Mejía es el decano de la educación secundaria de Olanchito, una institución que ha sobrevivido transformaciones políticas, económicas y sociales, cambios de edificios, reformas educativas y generaciones completas de estudiantes y maestros.
Pero hay algo que 83 años no han cambiado.
Su origen.
Porque antes de los pupitres, antes del edificio propio, antes de los títulos y antes de las promociones, hubo una tarde del 28 de febrero de 1943 en la que un grupo de padres decidió que Olanchito necesitaba un colegio.
Después tocaron puertas.
El pueblo abrió esas puertas y colaboró.
El Gobierno terminó autorizándolo.
Y el 1 de junio de 1943, aquel sueño comenzó a recibir estudiantes.
Ochenta y tres años después, cada vez que un joven cruza las puertas del Instituto Francisco J. Mejía, de alguna manera sigue entrando por aquella primera puerta que Olanchito abrió con monedas de 50 centavos, voluntad y una extraordinaria fe en la educación.

