OLANCHITO, YORO.— Hace 91 años, una idea nacida entre maestros necesitaba algo más que entusiasmo para convertirse en una tradición de ciudad: necesitaba que la autoridad creyera en ella. Francisco G. Ramírez lo hizo.
Este lunes 7 de septiembre, familiares, amigos y autoridades volvieron al costado noreste del Parque Central de Olanchito para colocar una corona de laurel ante su busto y recordar al hombre que, desde el gobierno local, respaldó aquella iniciativa que terminaría convirtiéndose en uno de los mayores símbolos de identidad de los Olanchitos.
El homenaje forma parte de las celebraciones patrias que durante septiembre vuelven a colocar a Olanchito frente a su propia historia. Ramírez, exalcalde y exdiputado, permanece representado en ese monumento como testimonio de una época en la que la naciente Semana Cívica comenzó a pasar de las conversaciones entre educadores a las calles de la ciudad.
La documentación histórica conservada sobre aquellos acontecimientos sitúa a Francisco Caracciolo Murillo Soto como el impulsor de la iniciativa. El 25 de mayo de 1935, el gremio docente había comenzado a reunirse y, posteriormente, Murillo Soto planteó a Francisco G. Ramírez, entonces jefe del Distrito Local, un proyecto que involucraría a los maestros de las escuelas Modesto Chacón y José Cecilio del Valle.
El papel de Ramírez resulta particularmente importante porque la Semana Cívica no nació como una celebración creada desde el gobierno municipal. Surgió de la iniciativa de Murillo Soto y de aquella generación de educadores que buscaba transformar las fiestas de septiembre en jornadas capaces de enseñar civismo, reconocer a ciudadanos destacados y acercar la escuela a la comunidad.
Ramírez decidió acuerparla.
El 8 de septiembre de 1935, cuando comenzó formalmente aquella primera Semana Cívica, fue precisamente Francisco G. Ramírez quien declaró inauguradas las actividades. Durante los días siguientes, estudiantes y maestros recorrieron el pequeño Olanchito de entonces para homenajear a exalcaldes y ciudadanos que habían contribuido al desarrollo de la educación.
El 14 de septiembre, Ramírez volvió a estar presente en un momento decisivo: declaró oficialmente clausurada aquella primera Semana Cívica, después de siete jornadas de homenajes, poesías, cantos patrióticos y encuentros entre las escuelas y las familias de la ciudad.

Lo que posiblemente nadie podía anticipar entonces era que aquella iniciativa sobreviviría a sus protagonistas y llegaría hasta nuestros días convertida en una tradición de más de nueve décadas.
Hay otro episodio de 1935 que ayuda a entender la relación de Francisco G. Ramírez con aquella generación de educadores.
El 17 de septiembre, Día del Maestro, Ramírez hizo gestiones para pagar anticipadamente los salarios de los docentes y, según la crónica histórica basada en los escritos de Murillo Soto, llegó incluso a pedir dinero prestado para poder cumplir con ese pago.
Es un detalle pequeño frente a 91 años de historia, pero revelador de la relación que se había construido entre la autoridad local y los maestros que impulsaban aquel movimiento cívico.
Entre quienes participaron este lunes en el homenaje estuvo su Hija Ida Maria su nieta, la abogada Ada Amalia Puerto, para quien la figura que hoy pertenece a la historia de Olanchito tiene también una dimensión íntima y familiar.

Puerto recordó el legado de su abuelo y el significado que representa para su familia que, nueve décadas después, los olanchitenses continúen reconociendo su contribución a una tradición que forma parte de la identidad de la ciudad.
“Como familia nos llena de orgullo que después de tantos años se siga recordando a nuestro abuelo Francisco G. Ramírez. Su apoyo a la Semana Cívica nos recuerda que cuando una autoridad escucha y respalda las buenas iniciativas de los ciudadanos puede contribuir a construir algo que trascienda generaciones. Hoy no solamente honramos su memoria como familia, sino el legado que dejó para Olanchito”, expresó la abogada Ada Amalia Puerto.
Desde el costado noreste del Parque Central, el busto de Francisco G. Ramírez recuerda una lección que conserva vigencia para quienes ocupan un cargo público: las grandes iniciativas de una ciudad no siempre nacen detrás del escritorio de un alcalde. A veces nacen entre maestros, vecinos, jóvenes o ciudadanos que simplemente tienen una buena idea.
La responsabilidad de la autoridad puede ser escucharlos y ayudar a convertirla en realidad.
Eso ocurrió en 1935.
Francisco Murillo Soto y sus compañeros imaginaron una celebración diferente. Francisco G. Ramírez, desde la autoridad local, decidió respaldarlos. El 8 de septiembre de aquel año inauguró la primera Semana Cívica.

